El rey sombra

Acababa de volver del colegio. Había sido uno  de esos días en los que quería desaparecer. Los otros chicos eran crueles y él no encajaban en aquella nueva ciudad.

Corrió a su refugio, en una esquina de su dormitorio, que lo formaban unos cojines mal puestos. Era una especie de búnker, de castillo, de fortaleza. Aquellos cojines sujetaban una puerta hecha de cartón. Había dibujado con rotulador negro unas franjas que simulaban ser tablas de madera, también diferentes puntos en sus esquinas que eran los clavos con lo que se unían y un pomo que había rellenado con ceras de color ocre.

Había abierto esa puerta, que imaginaba enorme y robusta, sin preocuparse de cerrarla tras de sí. En otro momento, habría sido todo un error, pues podría haber ocasionado que los duendes negros hubiesen entrado sin resistencia. Pero en ese instante eso era secundario.

Buscaba con urgencia aquel trozo de tela, hecho específicamente de seda. Una desgastada por la que podías ver con cierta claridad lo que había al otro lado si mirabas por ella. Y eso era lo que necesitaba con tanta prisa. Quería tocarla y colocársela en la cabeza, tapándole los ojos. Aquella tela le hacía ver cosas que no existían, pero que a él le hacían más fuerte.

Cuando miraba a través de ella, en las paredes acolchadas de su refugio aparecía la sombra de un rey. Veía su corona, la capa ondeando al viento y su armadura brillar al levantar su espada. Era valiente, poderoso.

Encontró la tela en el cofre pirata. Allí guardaba un anillo que había sido de su madre que había perdido una de las tres piedras preciosas; también una bolsa de patatas fritas y un pequeño espejo redondo cuyo reverso estaba decorado con un paisaje de cuento de hadas.

Agarró el trozo cuadrado y se lo puso sobre la frente, casi como si fuera oxígeno y él se estuviera ahogando. Quizá lo estaba haciendo. Quizá moría en su realidad, como la emperatriz de La Historia Interminable. Puede que, como ella, necesitara que le salvaran. No podía saber si sería suficiente con cambiarle el nombre, él pensaba que también necesitaría cambiar el lugar donde vivía, la gente con la que vivía. Incluso si pudiese cambiarse el cuerpo con aquel rey que creía ver, lo haría.

Lo único que él no sabía es que aquella sombra, que se aparecía cuando sus ojos atravesaban aquel trozo de seda, no era la de un rey. Aquella capa y aquella corona, aquella armadura resplandeciente y aquella espada, las acababa de robar un muchacho cualquiera del tesoro de un dragón. Éste, siendo conocedor de cuándo tocaban algo suyo, había abierto los ojos y observaba a aquel joven dándole la espalda mientras se deleitaba tocando el resto de objetos preciosos, ajeno a su muerte.

Se empezaba a oír el crepitar del fuego en las fauces del dragón cuando, por arte de magia, el muchacho desapareció y, en su lugar, surgió una fortaleza hecha de cojines con una puerta hecha de cartón y un niño en su interior imaginando que su vida cambiaba drásticamente.

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El niño pájaro

La guerra nunca ha traído nada bueno. Destroza vidas, deconstruye personas, consume, transforma. Los niños que sobrevivieron jamás serían niños, todo eso explotó en una nube de humo. Esa etapa se perdería, la alegría se escondería cada vez más hondo en sus corazones. La infancia moriría.

Sin embargo, había algo que les hacía girar sus rostros por las calles arrasadas. Un instante en el que la comisura de sus labios se dilataban en una mueca parecida a una sonrisa. Y era al verle.

Le llamaban el niño pájaro.

Sus piernas huesudas parecían alambres, justo como las patas de un gorrión. Estaba tan delgado, que sus costillas sobresalían como si fueran la panza de un polluelo. Sus rasgos alargados, junto con su nariz prominente le daban la comicidad de parecer que tuviera un pico. Y esa capa hecha de plumas que solía llevar ondeando al viento mientras corría, le hacían parecer un pájaro de verdad. La había hecho con las plumas de todas las aves que habían perecido. Sus padres tenían una granja de gallinas negras que sucumbieron, al igual que sus progenitores.

De pronto un día, el último antes de la rendición, se quedó huérfano.

Algunos decían que aquello le trastocó la mente, que se convirtió en un animal por falta de unos ejemplos y de una educación. Que le volvió loco la hambruna que duró varios días hasta que se dio cuenta de que nadie iba a cuidar de él. Que algún gas tóxico le había dotado de doble personalidad, y que una de ellas era la de un mago. Unos creían ver en él perfectamente al pájaro que simulaba. Decían que le habían visto volar, que habían sido testigos de su transformación. Otros, no se creían una palabra y giraban el cuello cuando lo veían. Como si la ignorancia pudiera borrar aquella imagen, enterrarla en la tierra junto con su poca cordura.

Un día, se le dejó de volver a ver. Nunca se sabría qué pasó con él. Los más místicos dirían que abrió las alas y llegó volando hasta el cielo para reunirse con sus padres. Los más realistas dirían que caería por algún barranco o moriría de frío.

Los niños, sin embargo, si alguien se hubiera acercado a alguno, si alguien les hubiera preguntado, habrían esbozado una sonrisa o se les habría escapado una carcajada. Si le hubiesen preguntado a la niñita de pelo rizado y ojos tristes que pedía todos los días en la puerta de la pequeña parroquia, se habría cubierto la boca sin dientes. Sus ojos habrían brillado con la luz de la inocencia, aquella virtud perdida, y les habría mirado pidiéndoles que se acercaran, como si fuera a contarles un secreto. Entonces, ella habría susurrado que el niño pájaro había desaparecido conjurando su magia. Se había ido de la mano de otros niños pájaro a su verdadero hogar. Uno donde todos son aceptados, donde se les quiere, donde ríen, donde pueden ser, al fin, felices.

Para Fiyero

Sin buscarlo y sin pensarlo,
andando por este camino al que llamamos vida.
Sin razón y sin sentido,
llegué a ti siguiendo mis baldosas amarillas.

Y mi mundo pequeño,
plagado de matices y de estrambóticas fantasías
fue haciéndose más grande,
consistente, me descubriste nuevas maravillas.

Ya no hay magos que perturben mi mente,
esa que a veces se da la vuelta y se oscurece,
que cree ver leones cobardes y niñas en globo,
ahora estalla en colores si te mira a los ojos.

Ya no hay casas arrancadas por vientos violentos,
ni miedo ante los huracanes que el cielo traiga,
has desplegado tus alas como si fuera magia,
iluminando mi piel al estar cuerpo con cuerpo.

Ya no hay brujas verdes, ni malvadas hadas,
me has puesto los zapatos rojos para ahuyentarlas,
y este poema, como un conjuro, es un anhelo
porque a veces se queda corto decir un simple te quiero.

Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

Amoldar el corazón

Le dije que probara a introducir su pez en un vaso de agua, y después que lo volviese a meter en su pecera. El pez se estuvo quieto, resignado en su pequeño espacio, procurando acomodarse a ese recinto estrecho donde apenas podía moverse. Una vez regresó a lo que él reconocía como su hogar, comenzó a nadar y recorrió de nuevo todo aquel terreno conocido.

Le dije que imaginara si lo soltara en el mar. Qué de cosas podría hacer. Qué de espacio para moverse e interactuar. Entonces, cogí su mano y le atraje hacia mí dándole un cálido abrazo.

<<Ocurre lo mismo con el amor>>, le conté. Y él entonces volvió su rostro hacia mí, intrigado por mis palabras.

<<No lo entiendo, abuela>> admitió, esperando que me explicara.

<<Cuando una persona se da cuenta de que quiere a otra, siempre actúa de la misma forma. Intenta por todos los medios quedarse lo más cerca posible, atesorando cada momento, y vaya que es correspondido ese acercamiento. Pero si ese amor crece, muchas personas no saben que han de amoldarse, pues de otra forma, ese amor, como tu pez, acabará por empequeñecer, por quedarse quieto. ¿Entiendes ahora mejor?>>.

Él bajó la cabeza, pensativo. Se restregó la nariz con la manga de su jersey y luego volvió a alzar la cabeza para preguntar:

<<¿Crees que eso es lo que le pasó a mamá? ¿Que se marchó porque papá no dejó que creciera?>>.

Iba a decirle que sí. Y no solo eso, pues tenía muchos reproches más. Pero el niño ya había pasado un calvario con su separación. ¿No había sido suficiente castigo que se hubiesen deshecho de él y dejárselo a ella para que lo cuidara?

<<Hay muchas razones, mi tesoro. Tu madre siempre fue gaviota y tu padre agricultor. Una surca los cielos en libertad, mientras otro se queda en el mismo sitio viendo su fruto crecer. No son muy compatibles, ¿entiendes? Ninguno va a perder su naturaleza por estar con el otro. Tienen que encontrar a alguien que sea completamente igual>>.

El niño suspiró.

No iba a ser ella la encargada de matar el deseo de amar de aquel muchacho. Se daría cuenta cuando creciera de que las cosas no son como en los cuentos. Y, si tenía suerte, quizá sí que descubriera que los cuentos tienen más de verdad que la vida misma.

Cambio de estación

Levantó la mano y cayeron sobre su palma unas gotas de agua. A su derecha, el cristal estaba empañado. Al otro lado, el mundo se distorsionaba en formas ondulantes y colores como la nieve.

Posó su mano sobre el cristal, notando un frío impropio. Casi se le quedó pegada, semi congelada en aquel gran fragmento que bien podría ser de hielo. Porque no había abandonado su casa en unos segundos, ¿no? Seguía en el baño de su casa, arreglando el grifo que goteaba…

Apartó la mano y se irguió sobre sus piernas. Observó mejor a su alrededor. Continuaba en su bañera, pero era ilógico que se hubiese empañado la mampara. No había abierto el agua, y sin embargo caía de algún lugar. Dobló el cuello haciendo que sus ojos contemplaran el techo, si es que en aquel agujero cuadrado que se abría al cielo era donde debiera estar su techo.

Dejó escapar su aliento. Una voluta de vapor se formó delante de sus labios. Las gotas caían por su rostro muy lentamente, frías. Caían de aquel cielo, sin ninguna duda. Con la boca abierta, se decidió empujar el cristal, que con un crac, cedió.

¿Cuándo había ocurrido aquello? Un manto de nieve lo cubría todo, una niebla densa no dejaba ver más allá de un par de metros. ¿Qué magia había traído el invierno? ¿Qué magia le había sacado de su baño y le había dejado allí? ¿Qué magia existía capaz de obrar así?

<<La mía>>.

Escuchó una voz grave, autoritaria y con un eco que resonó por todo el lugar. Sobre el borde de la pared de su bañera, se erguía una silueta de mujer. De ojos pétreos y rostro de porcelana. Su melena blanca flotaba a su alrededor, formando un halo. Vestía diferentes pieles de osos polares y sus botas hechas de escamas de algún animal mitológico cubrían sus piernas finas hasta las rodillas. El cetro en su mano centelleaba furioso.

Él lo sentía, no debía estar allí. Y, por alguna razón, sabía que había sido llamado.

El niño que nunca crece

Era el único niño que vivía en esa pequeña isla. No había colegios porque no había más niños. No había guarderías ni salas de recreativos. No había tiendas de chucherías ni parques infantiles.

Se acercaba todas las mañanas a la pequeña biblioteca y buscaba libros sobre ciencia, matemáticas, lengua… Porque se negaba a ser un niño sin estudios. Él quería conocer. Sin embargo los pocos ejemplares que encontraba no eran suficientes. Se sabía de memoria los tipos de flores de la isla, las plantaciones y cómo mejorar su crecimiento, los mineralesy fósiles, cómo construir fuentes y casas… Pero sus inquietudes eran mucho mayores que su satisfacción.

Hasta que, un día, encontró un libro para niños de su edad. Las aventuras de Peter Pan. Y así, por primera vez, la imaginación que guardaba y que pensaba que nunca usaría, se expandió. Soñó que él era Peter y esa, su isla de niños perdidos. Soñó que volaba, que luchaba contra piratas, que nadaba con sirenas y que daba con unos niños que sabían contar más historias.

Nunca había sido más feliz. Nunca había sido más niño que en ese momento. Por eso se quedó a vivir allí, entre esas hojas, en Nunca Jamás.

Desastres por amor

Paseaba como cualquier día por el camino de baldosas amarillas. Iba sin un rumbo fijo, pero se había acostumbrado a salir sola a andar. Se acordaba de él, incluso después de tanto tiempo. No podía creer cómo había sido capaz de hacer crecer en ella unas raíces tan profundas. Cómo aún le dolía el pecho al pensarle. Cómo le amaba aunque él no volviese a amarla jamás.

Entonces sintió el viento en sus pies, levantando su falda y deteniendo sus pasos. El sombrero de punta saltó de su cabeza y salió volando. El moño se le deshizo y su larga melena se le pegó a la cara. De pronto el miedo se apoderó de ella al ver cómo las baldosas amarillas se iban levantando del camino y salían despedidas hacia el cielo. Así se dio cuenta del huracán que se le avecinaba y no pudo huir.

Sintió el golpe de una ráfaga de aire y sus pies se despegaron del suelo. Fue zarandeada y golpeada hasta que sintió que caía libremente. El sol se oscureció. Se desplomó en la hierba y aquella casa de madera cayó sobre ella. En ese último segundo de aliento, en el último segundo de vida, no pensó en sus zapatos rojos mágicos. Pensó en él. Era la misma sensación que le provocaba recordarle. No podía respirar, y una pata del sillón se le clavó en el corazón.

Laberinto interno

El monstruo ama su laberinto.
Y es un laberinto peculiar porque tiene espinas por las paredes y por el suelo, raíces y enredaderas muy retorcidas. Es de color rojo, y cuando llega el crepúsculo, los pasillos se tornan del mismo color y no se puede distinguir dónde empieza uno y acaba el otro.
El monstruo lo adora.
Le gusta recorrerlo una y otra vez sorprendiéndose con el paso de los años de las visitas sorpresa que recibe. Pobres almas perdidas. Al monstruo le gusta jugar con ellas hasta que sólo quedan sus huesos. Y éstos le gusta roerlos.
También le gusta cómo se cuela el viento sin llamarlo y arrastra olores del exterior. Olor a brasas, a leña, a metales, a humano. Porque cuando este último aroma roza su nariz se desenfrena y se pone a correr como loco.

Le gusta la paz. Sentarse en medio del laberinto, en su tocón, y centrarse en sus pensamientos. Siempre decide lo mismo. ¿Para qué salir? Aquí dentro es feliz. Aunque pensándolo mejor, no conoce otra vida diferente. Quizás, uno de esos días con el ánimo curioso, asome la cabeza por la abertura del inicio del laberinto y se ponga a observar. A lo mejor sale a merodear. ¿Quién sabe? A lo mejor no vuelve a mirar al exterior.

El peso en el pecho

Le llamaban el cuenta cuentos, aunque en realidad no sabía contar ninguno. Era un hombre mayor, más lleno de experiencia que de canas. Sus ojos grises eran profundos y turbios como la niebla. Andaba algo encorvado, aunque no necesitaba aún la ayuda de un bastón.

En la taberna, donde se reunían las gentes a escucharle, se formaba siempre un barullo después de que él hablara. Un día contó que un cañón le atravesó el pecho y que aquella esfera metálica jamás salió de su cuerpo. Decía que si intentaba nadar en el río, el peso le hundía hasta el fondo. Temía que alguna vez, de forma inesperada, no estuviese atento y se ahogase. Y entonces las voces de los pueblerinos se alzaban en discusiones sobre si lo que contaba aquel hombre era cierto o no.

Lo que no podían negar era que lo que narraba parecía hacerle mucho daño. Recordar cada detalle de su vida (inventada o no) le compungía. Se golpeaba la frente para que aquellas imágenes no cobraran vida delante de él. A veces se callaba en medio de una frase y cogía grandes bocanadas de aire. Parecía que al llegar a un punto, su mente le martilleaba por dentro para que no contase nada más.

Una vez le confesó a un niño que aún podía sentir el ardor abriéndose paso por su piel, la carga aplastándole el pecho. Era una noche fresca en la que se levantó al escuchar a alguien tras su puerta. Era el hijo del casero, que aún no se había ido a acostar porque quería saber más cuentos. El niño le preguntó que cómo había sabido que estaba en el pasillo. Aquel hombre le respondió que estaba despierto porque no podía dormir. Si se tumbaba, se asfixiaba. El niño le miró durante un buen rato, como queriendo saber cosas observando sus ojos grises. Con un conflicto, una pregunta en su mirada inquieta. Pero él mismo resolvió su duda en aquel silencio. Empezó a sentir en su pecho la carga de la desilusión. Se dio la vuelta y salió corriendo, pero antes le llamó mentiroso.