El niño que nunca crece

Era el único niño que vivía en esa pequeña isla. No había colegios porque no había más niños. No había guarderías ni salas de recreativos. No había tiendas de chucherías ni parques infantiles.

Se acercaba todas las mañanas a la pequeña biblioteca y buscaba libros sobre ciencia, matemáticas, lengua… Porque se negaba a ser un niño sin estudios. Él quería conocer. Sin embargo los pocos ejemplares que encontraba no eran suficientes. Se sabía de memoria los tipos de flores de la isla, las plantaciones y cómo mejorar su crecimiento, los mineralesy fósiles, cómo construir fuentes y casas… Pero sus inquietudes eran mucho mayores que su satisfacción.

Hasta que, un día, encontró un libro para niños de su edad. Las aventuras de Peter Pan. Y así, por primera vez, la imaginación que guardaba y que pensaba que nunca usaría, se expandió. Soñó que él era Peter y esa, su isla de niños perdidos. Soñó que volaba, que luchaba contra piratas, que nadaba con sirenas y que daba con unos niños que sabían contar más historias.

Nunca había sido más feliz. Nunca había sido más niño que en ese momento. Por eso se quedó a vivir allí, entre esas hojas, en Nunca Jamás.

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La isla donde siempre llueve

Cuando alguien se queda como ausente, es porque sus ojos están fijos en mi isla. Cuando alguien parece tener la mirada perdida, es porque me contempla.
En mi pequeña isla siempre llueve. Y hace un frío glacial. Da igual cuántos abrigos te pongas, cuántos paraguas sujetes. Tiritarás empapado sin remedio. Es sólo un círculo de hielo, tan blanco y duro como unos dientes de leche.
No llevo mucho viviendo aquí, pero ya estoy hecha al clima. No siento el agua, ni siento el frío. Puedo estar de pie en su centro mientras me sacude la peor de las tormentas, y seguir inmutable. Me he vuelto insensible. No soy capaz de sentir nada más que esta pasividad. No tengo nada dentro.
Así que cuando tu mente se desconecta y miras hacia mi isla, lo que contemplas es la nada. El vacío que he creado.