Por fin la vi

No la esperaba pero la vi, ahí delante de mí, tan hermosa como siempre. Hacía tiempo que no aparecía y por fin pude ver su rostro de nuevo. Fue como ver una luz en medio de un túnel largo y oscuro, como contemplar una estrella fugaz y ver cumplido tu deseo, fue una alegría inesperada que hizo latir más fuerte mi corazón.

―Qué guapa estás ―le dije acariciándole la mejilla.

Ella sonrió. Tenía una sonrisa que te calmaba el alma.

No tenía palabras para expresar lo que suponía ese reencuentro, sólo me quedé observándola, memorizando cada facción, cada gesto, cada movimiento. No quería perderme nada. Pero entonces me di cuenta. Una sensación de tristeza comenzó a recorrer cada parte de mi cuerpo haciendo que las lágrimas brotasen sin control por mis ojos.

¿Por qué? ¿Por qué te tienes que marchar? Quédate un rato más, por favor.

Inevitablemente su imagen se esfumó. En ese mismo instante desperté, sintiendo un fuerte dolor en el corazón, de esos que te destrozan más que cualquier dolencia física. Ella ya no estaba, y yo apenas la sentía ya.

Se había pasado a verme para que pudiese continuar un tiempo más sin ella, se había pasado a verme para que no se me olvidase su cara, se había pasado a verme porque nunca se ha ido de mi lado. Se mantiene ahí como un ángel de la guarda, aislada para que la nostalgia no se convierta en un dolor insoportable y permanente, para que el tiempo calme su ausencia y su presencia no duela sino cure.

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