No es un adiós

Me suele pasar. Suelo quedarme sin palabras ante las despedidas. Siento que se quedan en mi garganta, forzando sus dimensiones para salir atropelladamente, pero atravesadas. De tal modo que no logro pronunciarlas.
Las lágrimas se amontonan en mis ojos para derramarse en amargos suspiros una vez me encuentre sola.
La despedida definitiva la ha sellado nuestro abrazo. Las frases del resto que me desean buena esperanza atraviesan mis oídos sin retenerlas porque mi mente se ha quedado en tus brazos encajada.

Un pesar en el pecho me dice que no puedo llorar, que eso es de débiles. Y es cierto. Siento debilidad por las bellas personas. Me duele perderlas. Me asusta que esta primavera de alegría se disipe tras la frialdad de una pantalla. Que la distancia sea el impedimento que quiebre nuestra amistad conforme pasen las semanas. La sierra que rompa los lazos de sonrisas que hemos ido uniendo con bromas, garabatos y conversaciones eternas. Que sea el fin de este mundo feliz.

Me duelen los ventrículos donde has escavado tu sitio. Me duele porque temo que lo abandones de pronto. Es tu lugar, tu espacio y siempre quedará para esperar tu regreso. Y te hablaré de más libros y más películas que debes ver. Y Susan y Tim crecerán, tus cosas y las mías quedarán en el recuerdo de este medio año maravilloso.

No te olvides de mi, así nunca tendremos que decir adiós. Ninguno lo tendrá que decir porque sé que nos encontraremos de nuevo. Gracias por entrar en mi vida y rellenarla de nuevos sueños.

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Mamem

Hemos cambiado la dirección de nuestros pensamientos y nos hemos convertido en estatuas. Frías, duras y con un tono gris. La gente, personas con vidas relativas, diferentes, que no sienten este mismo dolor, nos observan. Posan sus miradas curiosas en nuestra vestimenta y buscan la estrella de la fiesta. “¿Dónde está? ¿Cuando la veremos?”. Miro a la señora con indiferencia forzada. “La están preparando. Lleva su tiempo.” “¿Y no se sabe nada del testamento? ¿De las joyas?”. Mi estómago se contrae y reprimo sacudir a aquella mujer. Mi madre merece un poco de respeto. El respeto que nadie parece que le da. Ni siquiera sé quién les ha dejado entrar. No conozco a la gran mayoría.

En el otro lado de la sala está mi hermano menor. Hace años que no nos vemos. No muy a menudo, pero al menos una vez al mes, nos llamamos. Suele estar muy ocupado rodando sus películas y apenas podemos tener una conversación profunda. Al lado, abarcándola con su brazo musculado, presenta a su nueva conquista. Una chica flacucha que aparenta diez años menos que él. Quizás ni la relación sea legal.

Me vuelvo hacia la puerta. Tentador. Quiero escapar de ese escaparate donde no hay más que gente morbosa, deseosa de escuchar los trapos sucios y de destripar a improperios a otros. Pero no, debo de mantenerme serena. A mi madre le hubiera gustado que alguien tuviese la cabeza sobre los hombros en una situación así. Siempre nos decía que nos comportáramos como si nos estuviesen fotografiando. Guardando la compostura, fingiendo ser otro, sonriendo.

“Señora, ¿La van a incinerar, a convertir en diamante o la van a enterrar en el panteón familiar?”. “Nada de lo que ha dicho” le digo sin importancia. Me alejo de la señora. ¿Por qué no me dejan en paz?
“Disculpe, la Sra Montserrat está preparada.” “Bien, ahora llamo a la familia y entramos en la capilla”. El hombre encargado del funeral de mi madre nos está tratando muy bien. Me aseguró que ningún curioso podría acceder a la sala donde se leería el testamento después de la misa. Solo espero que en el momento de la firma de ese documento, mi madre fuera consciente de todo lo que podría desencadenar una mala repartición de sus bienes. Ya le dije que yo no querría nada. Solo que no muriera.

“Jorge, vamos a la capilla, ya va a comenzar”. Le digo a mi hermano pequeño en un susurro. Él asiente y empieza a ponerse serio. Al fin no soy la única, ya era hora.

Te echamos de menos

Sabina se ha despertado después de una larga noche escuchando solo su respiración. El sol parece querer entrar rasgando las cortinas. Uno de sus rayos se ha escapado y alumbra directamente sus ojos. Esa noche ha hecho más frío que de costumbre y se ha echado la manta de pelo por encima de las sábanas inmaculadas. Se sienta apoyando la espalda en la almohada y se frota los ojos. Después desliza sus manos hacia su nuca y se para en los huecos de detrás de las orejas. La fiesta de ayer fue lo más especial y maravilloso que le ha ocurrido nunca, pero se siente tan fatigada hoy… Desvía su atención hacia la mesilla. El móvil ha empezado a vibrar.

“¿Sí?… Hola mi sol, ¿cómo estás…? Yo bien, un poco cansada, pero ya sabíamos que esto pasaría… Sí, muchas emociones fuertes… Ya, soy consciente del paso que hemos dado… A mí también se me hace extraño pensar en que ahora soy tu mujer… Sí, la mujer más preciosísima del mundo [Jaime no hace más que decirme todos los días lo mucho que me quiere y lo guapa que soy. Supongo que nunca me cansaré de sus valoraciones]… ¿Hoy vas a venir a verme? Mi madre no me deja moverme de la cama, me ha subido la fiebre unas décimas… sí, claro que el médico lo sabe, ha sido el que me ha aconsejado tumbarme… ¿Pero vas a venir a verme hoy?… sí, sí, ya me acuerdo, ¿pero no puedes sacar unos minutos?… Vale, no pasa nada, yo también te quiero, adiós.”

Sabina pinta una media sonrisa triste y deja el móvil encima de la mesilla. Se vuelve a recostar y se da la vuelta para que el sol no le moleste. No parece que hoy vaya a ser un día productivo, ni siquiera feliz… Debería de sentirse dichosa. No muchos pueden cumplir tantas cosas en tan poco tiempo. En la tienda de ropa donde trabaja ha duplicado sus ventas, su novio le propuso matrimonio en el mismo parque donde se conocieron hacía apenas año y medio, y supo preparar en menos de quince días una boda con todo lujo de detalles. Flores blancas decorando los bancos de la Iglesia y el altar, banquete con primero, segundo, postre, champán y café para unas cincuenta personas, baile en una carpa cercana al lugar de la comida… Aunque ella después del banquete tuvo que marcharse por órdenes médicas. Había cogido un catarro y eso no le beneficiaba en su enfermedad.

Se acordaba en ese momento del día que se fue a por su vestido de boda. Lo quería blanco y ceñido al abdomen. Siempre se imaginó con uno de esos vestidos vaporosos, con una cola de seis metros y un velo que compitiese a su vez con el mismo. Sin embargo se enamoró de la más sencilla vestimenta. Sin cola, pero largo; ceñido a la cintura, pero dejando respirar y moverse con comodidad; en vez de blanco brillante, tiraba a un tono hueso, mate. Pero ella sabía que ese era el suyo. Y supo que acertó cuando entró por la puerta de la Iglesia y Jaime no consiguió quitar los ojos de ella ni un momento. Cuando llegó a su lado y en vez de decirle lo guapa que estaba, enmudeció.

Se revolvió entre las sábanas. Los pies se le habían quedado fríos. Oyó la puerta de su habitación abrirse. Una sombra se desplazó hacia su lado, le tocó la frente y se quedó un rato a su lado. Supuso que sería su madre, no hacía más que repetir la misma acción cada hora. “¿Mamá?””¿Te he despertado? Lo siento cariño, vuelve a dormirte, solo quería ver cómo iba la fiebre”. Sabina abrió los ojos y miró a su madre con ojos tiernos. “Para eso están las enfermeras, deberías irte a casa y descansar allí, sabes que aquí estoy bien. ¿Dónde mejor que aquí?”. Su madre bajó la mirada y un par de lágrimas recorrieron su rostro. Precipitadamente estampó su mano para frenarlas. “En casa, con tu marido, o con tu familia… ahí es donde deberías estar”. “Mamá, ya lo hemos hablado, no me apetece que carguéis conmigo”. Con las manos se irguió en la cama y volvió a apoyar la espalda en la almohada. Mientras su madre le colocaba las sábanas para mantenerla abrigada replicaba: “Este es un lugar frío. Para hacer lo que hacen las enfermeras, lo puedo hacer yo en casa…”. Sabina negó con la cabeza. Se sentía tan débil ahora que le costaba incluso hablar. A veces sentía que había olvidado como poner sus labios para producir sonidos. “Mamá…” murmuró “no me apetece que cada vez que entres a casa te acuerdes de mí y te pongas a llorar. Aquí estoy bien… pero por favor, ¿puedes taparme los pies con algo? Se me han quedado fríos”. Su madre se levantó mientras se sorbía la tristeza y le puso por encima una pequeña manta. Era con la que se arropaba ella cuando se quedaba a dormir allí. Había un sillón replegable al lado de la ventana.

Se sentó en el taburete de al lado de su cama y le cogió la mano. “¿Hoy no va a venir Jaime?” Le preguntó mientras besaba su frágil mano. “No, tiene que encargarse del pago del banquete, de arreglar cosas con la capilla y recoger las flores. Quería traerme todas las margaritas y ponerlas por toda la habitación. ¿Te imaginas? Qué locura.” Su madre sabía que era un buen chico, pero las últimas semanas parecía que intentaba evitar a su hija. Entendía que no era sencillo, que no era fácil. Y que todo sería mucho más doloroso después. Tanto que no quería ni imaginarlo. Sin embargo ahora estaba ahí, sujetando la mano de su hija, con esa ilusión en sus ojos de una chica feliz, al menos eso parecía. “Es un buen chico”. Es lo único que podía decir, lo que repetía una y otra vez. Un chico joven, tan joven como ella, sin apenas saber de la vida, sin haberla vivido aun. “Mamá, no te pongas triste, aún estoy aquí. Dime cosas, que no quiero que pasen estos días como si fueran una espera. Quiero que si me pilla, que sea por sorpresa. Que no note que se espera el final. Soy consciente de lo que pido y no me parece tan difícil fingir un poco, por parte de todos.” Su madre volvió a repetir la misma operación, más lágrimas y más secarse rápidamente las huellas del recorrido de estas.

Sabina veía que el dolor cada día se agudizaba más, el suyo propio y el de los demás. Y tenía tanto miedo, tantísimo pavor… ¿sufriría tanto como para pedirles a los médicos que la durmieran y que se esperara hasta que su cuerpo decidiera apagarse? ¿Sería lo suficientemente valiente de afrontar el paso con entereza? ¿Cómo sería, qué habría después? Ella no quería creer en el más allá como otro lugar parecido a este, porque si era así, también habría gente que lo pasaría mal, gente que como ella debería de afrontar el siguiente paso. Uno tan oscuro, tan inquietante, tan incomprensible.

Estabas preciosa, cariño” Le dijo su madre cuando se volvió a despertar de su sueño. “Ya han traído las fotos, y sales radiante. Mira, tu padre cuando pronunció el discurso. Qué orgulloso se sentía de ti. Sabes que no suele expresar lo que siente, pero yo sé que le habría encantado poder abrazarte delante de todos y ponerse a llorar allí mismo. Sé que le encantaría haberte dicho a gritos todo lo que sentía en ese momento en vez de soltar las cuatro palabras tan bien medidas que se preparó.” Sabina asintió. Mientras su madre le pasaba las fotos y las comentaba una a una, sonreía. Esa era ella, había podido cumplir su deseo. Se detuvo en la imagen en la que Jaime se disponía a ponerle el anillo. Su mirada nerviosa, su corazón desbocado, sus palabras temblorosas. Fue mágico, y la foto retrataba perfectamente el momento. “Me hubiese gustado tener un bebé” murmuró. Su madre detuvo sus manos y dejó el paquete de fotos encima de la cama. “Cielo, no tienes tanta fuerza…” “Lo que no tengo es tiempo.

Se quedó absorta imaginando una posible vida futura. Con Jaime, en su propia casa, con dos retoños correteando por el salón. Soplando las velas de sus cumpleaños, un año, dos años, tres… y viéndolos crecer, pasando las navidades con ellos, haciendo las compras de Reyes, la compra de la semana, teniendo riñas con los pequeños por algo que no les gustara comer, llevándolos al colegio… Recuesta la cabeza, parece que todo empieza a darle vueltas. “¿Te encuentras mal, cielo?” “Me mareo un poco, déjame un rato, estoy cansada.” Su madre asintió y le acomodó la almohada. Recogió las fotos y bajó la persiana. Llamó también a una enfermera, pero no le dio ninguna solución de qué hacer al respecto. “Déjela descansar” le dijo.

Llegó la noche y un par de visitas. Al parecer los que asistieron ayer a su enlace, habían hecho ya la buena acción de verla y despedirse, por lo que ya solo les quedaba esperar a que sonara el teléfono para comunicarles de la próxima visita sería a las 7 en el tanatorio. Solo te das cuenta de quienes son seres humanos y quienes no cuando se dan este tipo de circunstancias. La mayoría te abrirá los ojos con sus acciones y observarás que realmente no tienen corazón, si no corcho en su lugar.

La tía Belén y la prima Esther le han traído bombones, ya que flores le debían de sobrar ahora. Ellas esperaban encontrarse la habitación como dijo Jaime, llena de margaritas hasta los topes, sin embargo encontraron una muchacha blanquecina echada con su madre mordiéndose la tristeza. La hora que estuvieron con Sabina fue muy amena, pasó rápido. Al marcharse se hizo el silencio y aún más cuando su madre no pudo soportarlo más y decidió, al fin, irse a dormir a su casa.

La noche entera pasó de puntillas y amaneció a las siete. Sabina se despertó con esa sensación, esa que todos sienten al finalizar todo, la que se teme. Ella tragó saliva y levantó la mano para coger su móvil encima de la mesilla. Buscó con toda la rapidez que pudo el número de Jaime. Sonaron cuatro largos pitidos hasta que lo descolgaron. “¿Sabina? ¿Ocurre algo? Es muy temprano” Sabina abrió la boca pero no produjo ningún sonido. Había olvidado cómo pronunciar vocales y consonantes. “¿Sabina? ¿Estás ahí? ¿Qué ocurre amor? ¿Sabina?” Colgó. Al menos había oído su voz, y sabía que estaba bien. Había pasado la noche en casa de sus padres, en su cuarto, en su cama y había conciliado el sueño sin problemas. Más o menos como ella, omitiendo lo de su casa, aunque se había acostumbrado tanto a este lugar que ya lo sentía como suyo. Por eso tampoco había querido pasar estos últimos días en su casa, con sus padres. Supuso que cuando volviese a cruzar la puerta de entrada de ese sitio en el que había crecido, le resultaría tan extraño como le pareció el hospital cuando ingresó, y le dio miedo. Miedo a volver y no encontrar nada suyo, nada que le perteneciera ya. Que no corrieran recuerdos por su mente nada mas mirar una foto, un cuadro o su propio cuarto. Respiró hondo y se le escaparon las lágrimas que tanto había estado reprimiendo. Ahora, que sentía tanto miedo, el mismo que su madre había estado sintiendo estos días y ella había intentado ocultar. Ahora, que no sabía si podría volver a tomar otra bocanada de aire, estaba sola, muda. Ahora, que su cuerpo no era suyo, que ya no le obedecía, que hasta sus propios recuerdos no le parecían propios. Ahora, ahora era el momento. Ese, el decisivo, el que parecía prolongarse tantísimo… Qué miedo sentía.

Una enfermera cruzó la puerta de la habitación 137. Allí había una chica de dieciséis años, tumbada, sudorosa, con borbotones de lágrimas, pero serena. Descansando. Le costó reconocer, mientras le pasaba un pañuelo por la frente, que el alma de aquella chiquilla había volado lejos de esa habitación. Tan lejos que era imposible de alcanzar.

Al día siguiente fue el funeral y acudió la familia. Los únicos seres humanos que había, eran cinco. Jaime llenó la sala de margaritas blancas y le puso una a Sabina en el pelo cuando se acercó al ataúd. Besó sus ojos con dulzura y acarició su semblante gélido. Realmente en ese momento podía contemplar a la mujer más hermosa, que al fin, descansaba. Y se lo susurró y le pidió perdón por no habérselo podido decir en su boda. Había sentido miedo durante tanto tiempo… le pidió perdón por ser tan cobarde, por no haber ido a verla, por no querer abrir los ojos a lo que ocurría. Se acercó aún más a su cara y le prometió que se reuniría con ella dondequiera que estuviera. Que sería siempre lo que más había querido.
En algún lugar cercano, sin embargo, está surgiendo la vida. Una nueva, una diferente, pequeña, una tan especial como se quisiese ser. Y cuando su madre la mantiene entre sus manos, cuando la apoya en su pecho, ya sabe como se llama. Sabina.