Injusticia

A veces el suelo cruje bajo nuestros pies, como si hubiésemos llegado de pronto a un invierno y el lago en el que flotábamos se hubiese congelado. Cruje como si la capa de hielo no fuese lo suficientemente gruesa. Ese eco que retumba al agrietarse nos sacude por dentro y despierta todas las palabras de ruego que conocemos. No queremos caer. No queremos que nuestro mundo se rompa. Pero, inevitablemente, a veces lo hace y nos lanza a la incertidumbre, a la desolación, al vacío.

Y pensamos que la vida no es justa. Que siempre está preparada para el golpe. Para dar. Para arrebatar y dañar.

Quizás sí que esté siempre preparada. Pero no solo para borrar un día del calendario, si no para regalar, a veces, uno más.

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Tritón

Él decía que yo era su Bailarina, pero él, aunque no lo sabía, era mi Tritón. Un ser mitológico capaz de aguantar la respiración por mí. Sé que ha tenido que cambiar para poder acercarse y protegerme, porque en mis vueltas me perdía y me encontraba en un entorno completamente ajeno. Y él, siempre, conseguía dar conmigo.

A veces hacía que no le veía. Le dejaba con la satisfacción de ver sin ser visto. Sabía que le gustaba cuando me sentía libre, porque pocas veces realmente lo sentía. Desplegaba mis pies en aquella colina bajo la luz de la luna y volaba. Me dejaba llevar por la brisa, la música que no sonaba, mi corazón que latía.

Quizá fuera egoísta al llegar el día, pues la magia escapaba de mis dedos, de mis pies. Me abandonaba en una realidad que me comía. Entonces corría hacia él como una ola letal, a sus brazos, a sus ojos, a sus manos siempre alerta para atraparme si caía. Y en mi impulso, sabía que a él también le arrastraba bajo el agua. Bajo las olas de lo que intentaba consumirme. Golpeándole con el vaivén terrible de mi tormenta.

Por eso mi hermano era mi tritón. Me mantenía a flote y me dejaba en ese montículo para verme bailar. Siempre unos pasos más atrás, oculto por unos árboles. Viendo sin ser visto.

Lo que él no sabía, era que su sonrisa iluminaba por entero el cielo nocturno. Y, así, mi noche era día y yo me recargaba con la energía que me proporcionaba ese pequeño sol.

Descenso

Otra vez he bajado las escaleras que me llevan a aquella piscina donde no hago más que ahogarme. Donde no hago pie, donde parece que en mis bolsillos solo cargue piedras.

Piedras, que son las palabras. Aquella que duelen aunque se digan sin maldad, aquellas que se dicen con condescendencia, las que se sueltan sin pensar. Las que te parten y te doblan y te extinguen un poquito más.

Sé que bajo el agua es imposible respirar y, aún así, mis pies siguen llevándome al mismo destino. Me sumerjo, me pierdo y duele verlo.

Creaciones a golpe de letra

No había visto jamás a otra criatura semejante, pero ahí estaba. Melena oscura por los hombros descubiertos, mirada curiosa e intensa, labios inconformistas y un cuello esbelto decorado con multitud de collares; así que no había sido extraño que se fijara en ella si cada vez que se daba la vuelta en aquel taburete frente a la barra se oía el golpeteo de las cuentas.

Y ahí estaba él. Con las gafas apretadas en el puente de la nariz, de olor penetrante a papel y tinta, con un traje claro que le quedaba algo grande. Había pedido una copa de vino mientras observaba agazapado en la esquina de la cafetería, libreta en mano y aguzando sus sentidos. En especial el de la vista y el oído.

Algo tuvo que llamar su atención poderosamente, porque cuando sus ojos se encontraron, ninguno fue capaz de despegarlos.

Ella le dedicó la más grandilocuente de las sonrisas, y se le acercó con una seguridad mal camuflada. Creía que, con aquella nueva blusa, podía conseguir lo que se propusiera, por eso se atrevió a hablarle. De otro modo, no habría podido sentarse en aquella mesa apartada y casi escondida del resto. Aunque, sin duda, proporcionaba la mejor de las vistas. Desde esa posición privilegiada, podías ver casi sin ser visto.

Por eso él estaba ahí, para verla a ella. A la que revivía cada vez que bajaba la vista y apuntaba en su hoja llena de garabatos, de letras juntas, tan prietas que parecía que no había espacios.

Lo que nunca dejaría era que ella echara un vistazo a su libreta, porque si lo hiciera, desaparecería. Él no podía permitir que algo como ella, no existiera, aunque en realidad, fuera cosa de su imaginación.

En ese momento, volvió su bolígrafo al papel y decidió que, la cafetería en la que estaban, sería un restaurante con música en directo y con mesas separadas por biombos. Ella, entonces, al ver su halo de misterio, su mirada deseosa de su cuerpo, su mente llena de preguntas sobre la suya, se lanzaría a besarle hasta llegar a su alma…

Se secó los ojos, húmedos como cada noche. Vaciándolos de fantasías, de historias que inventaba, de personajes que se preocupaban, de familia que no existía.

El rey sombra

Acababa de volver del colegio. Había sido uno  de esos días en los que quería desaparecer. Los otros chicos eran crueles y él no encajaban en aquella nueva ciudad.

Corrió a su refugio, en una esquina de su dormitorio, que lo formaban unos cojines mal puestos. Era una especie de búnker, de castillo, de fortaleza. Aquellos cojines sujetaban una puerta hecha de cartón. Había dibujado con rotulador negro unas franjas que simulaban ser tablas de madera, también diferentes puntos en sus esquinas que eran los clavos con lo que se unían y un pomo que había rellenado con ceras de color ocre.

Había abierto esa puerta, que imaginaba enorme y robusta, sin preocuparse de cerrarla tras de sí. En otro momento, habría sido todo un error, pues podría haber ocasionado que los duendes negros hubiesen entrado sin resistencia. Pero en ese instante eso era secundario.

Buscaba con urgencia aquel trozo de tela, hecho específicamente de seda. Una desgastada por la que podías ver con cierta claridad lo que había al otro lado si mirabas por ella. Y eso era lo que necesitaba con tanta prisa. Quería tocarla y colocársela en la cabeza, tapándole los ojos. Aquella tela le hacía ver cosas que no existían, pero que a él le hacían más fuerte.

Cuando miraba a través de ella, en las paredes acolchadas de su refugio aparecía la sombra de un rey. Veía su corona, la capa ondeando al viento y su armadura brillar al levantar su espada. Era valiente, poderoso.

Encontró la tela en el cofre pirata. Allí guardaba un anillo que había sido de su madre que había perdido una de las tres piedras preciosas; también una bolsa de patatas fritas y un pequeño espejo redondo cuyo reverso estaba decorado con un paisaje de cuento de hadas.

Agarró el trozo cuadrado y se lo puso sobre la frente, casi como si fuera oxígeno y él se estuviera ahogando. Quizá lo estaba haciendo. Quizá moría en su realidad, como la emperatriz de La Historia Interminable. Puede que, como ella, necesitara que le salvaran. No podía saber si sería suficiente con cambiarle el nombre, él pensaba que también necesitaría cambiar el lugar donde vivía, la gente con la que vivía. Incluso si pudiese cambiarse el cuerpo con aquel rey que creía ver, lo haría.

Lo único que él no sabía es que aquella sombra, que se aparecía cuando sus ojos atravesaban aquel trozo de seda, no era la de un rey. Aquella capa y aquella corona, aquella armadura resplandeciente y aquella espada, las acababa de robar un muchacho cualquiera del tesoro de un dragón. Éste, siendo conocedor de cuándo tocaban algo suyo, había abierto los ojos y observaba a aquel joven dándole la espalda mientras se deleitaba tocando el resto de objetos preciosos, ajeno a su muerte.

Se empezaba a oír el crepitar del fuego en las fauces del dragón cuando, por arte de magia, el muchacho desapareció y, en su lugar, surgió una fortaleza hecha de cojines con una puerta hecha de cartón y un niño en su interior imaginando que su vida cambiaba drásticamente.

Revoltijo

Has puesto mis palabras boca arriba
y boca abajo,
y las has mezclado,
y desordenado.
Has revuelto mi mente y mis sentidos,
los has despertado,
he sucumbido.

De mis labios han salido mis anhelos:
de tus ojos, de tus manos,
de tus besos,
de tu risa,
de todos tus te quiero.

Has tirado así de mi lengua,
como si con un hilo pudieras
sacar mi corazón y dejarlo en la mesa,
leerlo como si fuera un libro,
y a ciegas pintarle mariposas,
hasta hacerle sentir correspondido.

No quiero dejar que esto se vaya

No logro encontrar las palabras adecuadas, aquellas que se agolpan en mi mente y me oprimen por dentro. No soy capaz de formular una frase entera mientras te miro. Sería más fácil si no lo hiciera. Pero estás delante, contemplándome con tu rostro transformado en una mueca que denota impaciencia e incomprensión.

¿Es tan complicado decir que no quiero dejar que esto se vaya? Este sentimiento que me provocas cuando te veo o te pienso. Esta aceleración de mis latidos y de mi respiración. Esta sensación de ingravidez, de dolor y placer. De morir un poco más cada día por ti. Porque daría todo mi oxígeno para que se avivaran las llamas. Para que la ceniza en tu interior explotara y lograras sentir lo mismo por mí.

No quiero estar solo.
Eso es lo que quiero decirte.
No quiero estar eternamente solo.

Pero sé que tu respuesta desembocará en que deba responder a las preguntas de los demás, confesar que no hay esperanza. Y no me veo con fuerzas.

Preferiría que mi corazón se detuviera
a que muriera lo que me hace sentir tan vivo.

Porque tú dejarías que todo esto se fuera. Y yo no puedo permitir que me abandone. No lo soportaría.

Pero sigo sin encontrar las palabras para decirte que no quiero estar solo. Que lo único que he querido siempre has sido tú. Que me des la oportunidad.

Pero el miedo me amordaza y no consigo decir nada.

La valentía del desconocido

Tus ojos ascienden por mis tacones,
que repiquetean en el suelo anunciando mi llegada,
y recorres mis piernas deteniéndote,
imaginando qué llevo debajo de la falda.

Tardas en fijarte en mis palabras,
contemplando mi rostro y mi cuerpo por entero,
cuesta hacer que retengas mi nombre,
pues lo cambias a placer, de bombón a cielo.

Preguntas banales se escapan de tus labios,
como si no quisieses escuchar mis respuestas,
solo me observas, sopesando mis reservas,
convenciéndote de que no me haré la estrecha.

Te detengo cuando llegas demasiado lejos,
quizá debería haberte parado antes,
pero mi educación, pensé, que podría a tu ego,
ahora veo que para callarlo es muy tarde.

Tú te enfadas, yo decido marcharme,
tú me insultas y yo guardo silencio,
con esa actitud no irás a ninguna parte,
mi corazón se acelera en mi pecho.

Oigo tus pasos ir tras de mí, llamándome,
yo recuerdo la foto en tu escritorio,
de ese chico sonriente, de tu hijo, y solo pienso
en que ese niño pueda albergar tu mismo odio.

Tu mano en mi brazo hace que finalmente me gire,
me obligas a encararte para seguir menospreciándome,
y una voz, tan cerca que me hace estremecer
te aparta de mí con un: ¿no ves que le haces daño?

Un pequeño gesto de alguien que no me conoce,
una ayuda de quien cree que no soy menos,
con un poco de valor se puede hacer tanto,
se aleja sabiendo que ha hecho lo correcto.

Con el rostro colorado, te vuelves a tu despacho.
Yo procuro respirar, recuperar mi compostura,
con el estómago ardiendo de rabia y tristeza,
porque quizá a nadie más le importe, solo soy una.

El niño pájaro

La guerra nunca ha traído nada bueno. Destroza vidas, deconstruye personas, consume, transforma. Los niños que sobrevivieron jamás serían niños, todo eso explotó en una nube de humo. Esa etapa se perdería, la alegría se escondería cada vez más hondo en sus corazones. La infancia moriría.

Sin embargo, había algo que les hacía girar sus rostros por las calles arrasadas. Un instante en el que la comisura de sus labios se dilataban en una mueca parecida a una sonrisa. Y era al verle.

Le llamaban el niño pájaro.

Sus piernas huesudas parecían alambres, justo como las patas de un gorrión. Estaba tan delgado, que sus costillas sobresalían como si fueran la panza de un polluelo. Sus rasgos alargados, junto con su nariz prominente le daban la comicidad de parecer que tuviera un pico. Y esa capa hecha de plumas que solía llevar ondeando al viento mientras corría, le hacían parecer un pájaro de verdad. La había hecho con las plumas de todas las aves que habían perecido. Sus padres tenían una granja de gallinas negras que sucumbieron, al igual que sus progenitores.

De pronto un día, el último antes de la rendición, se quedó huérfano.

Algunos decían que aquello le trastocó la mente, que se convirtió en un animal por falta de unos ejemplos y de una educación. Que le volvió loco la hambruna que duró varios días hasta que se dio cuenta de que nadie iba a cuidar de él. Que algún gas tóxico le había dotado de doble personalidad, y que una de ellas era la de un mago. Unos creían ver en él perfectamente al pájaro que simulaba. Decían que le habían visto volar, que habían sido testigos de su transformación. Otros, no se creían una palabra y giraban el cuello cuando lo veían. Como si la ignorancia pudiera borrar aquella imagen, enterrarla en la tierra junto con su poca cordura.

Un día, se le dejó de volver a ver. Nunca se sabría qué pasó con él. Los más místicos dirían que abrió las alas y llegó volando hasta el cielo para reunirse con sus padres. Los más realistas dirían que caería por algún barranco o moriría de frío.

Los niños, sin embargo, si alguien se hubiera acercado a alguno, si alguien les hubiera preguntado, habrían esbozado una sonrisa o se les habría escapado una carcajada. Si le hubiesen preguntado a la niñita de pelo rizado y ojos tristes que pedía todos los días en la puerta de la pequeña parroquia, se habría cubierto la boca sin dientes. Sus ojos habrían brillado con la luz de la inocencia, aquella virtud perdida, y les habría mirado pidiéndoles que se acercaran, como si fuera a contarles un secreto. Entonces, ella habría susurrado que el niño pájaro había desaparecido conjurando su magia. Se había ido de la mano de otros niños pájaro a su verdadero hogar. Uno donde todos son aceptados, donde se les quiere, donde ríen, donde pueden ser, al fin, felices.