Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

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Pisar hojas en otoño

De otoño sus pestañas volaban abrazando cada recuerdo,

cada paso dado y olvidado, desandaba, al inicio de nuevo,

las palabras ya dichas resonaban en aquellos labios, en un eco

el camino se manchaba de perfume, de tacto y anhelo.

 

Sus ojos, que eran calma y madera, que los llamaba casa,

la hoguera que eran sus manos, aún calientan mi alma

y cosen con el hilo de la magia las escenas ya vividas

restaurando una historia de amor y tristeza desmedida.