Este es Lanoso. Es un poco travieso, pero a todos los gatos que les gusta la mantequilla, se les coge cariño pronto. Quizás te mire fijamente y sientas que piensa como estrangularte, pero a mí nunca me ha hecho nada parecido. Se me ha perdido hace unos días. Si alguien lo encuentra, que no lo toque, es muy suyo con su pelaje. Tráiganlo a mi domicilio dejandole un rastro de sirope de fresa y bollitos de leche. Gracias por su colaboración. No se asusten por la foto, es la más reciente que tenía. Y no, el canario no sobrevivió.

Momo.

Huecos propios

Momo se volvió a levantar sobresaltada. De nuevo esa opresión en el pecho que le impedía respirar. Ella culpaba a Buh, pero sabía que él no tenía la culpa. No, no era suya la culpa. Momo desde pequeña había tenido un agujero, un vacío que se hacía más grande y más doloroso cuanto más sola se sentía. Los médicos le habían dicho que era algo psicológico, pero Momo se negaba a creer en eso. Ella lo sentía abrirse de forma intensa, como si desgarrase por dentro sus pulmones, su corazón y su estómago. Momo convivía con él tranquila. Nunca se hacia de notar. Siempre se olvidaba de su existencia hasta que decidía actuar. Suele hacerlo cuando está débil, con las defensas bajas, sin nadie a quien pueda avisar para sanarla. Es como un agujero negro. Todo lo que había alrededor lo absorvía. Daba igual lo que estuviese, oxígeno, sangre, miedo.
A veces, Momo se cogía del jersey a la altura del pecho y empezaba a respirar lento para que se cerrase ese agujero.
Pero es difícil controlarlo. Nunca se sabe cuando volverá a abrirse. A hacerse notar. A rasgar tus órganos internos y hacer que te duelan las costillas, como si te hubiesen golpeado con un bate.
Quizás no parezca una buena vida, pero Momo no se rinde. Es tan fuerte que incluso ha intentado hablar con él. Pero no entra en razones. Solo se abre, se expande y te agarra de la garganta. La agonía no se puede expresar chillando, porque realmente, no te deja. No, no es buena vida, pero no hay cura. Solo se convive como mejor se pueda.
Una vez cesó el dolor, Momo se volvió a tumbar empapada en sudor y lágrimas. Lanoso se subió a su regazo.
– Tranquilo, estoy bien. Ya pasó. ¿Tienes hambre? ¿Sueño? Ah, estas preocupado. No pasa nada. Ven aqui y duerme conmigo hoy. Pero no te vayas a acostumbrar ¿eh? Vamos, que apago la luz. Buenas noches mimosin.

El frio no mata

Momo dormía con sus calcetines y tapada con la gran colcha hasta la nariz. Lanoso y Tos estaban acostados en el sillón. Hacía mucho frío por eso se juntaban para darse calor. Llamaron a la puerta de madera. Momo no tiene timbre porque no le gustaba ninguna melodía. El dependiente era muy seco y no vendía duendes por lo que Momo se fue de la tienda y no probó de nuevo con otra.
Se levantó despacio de la cama y se puso su bata a rayas rojas y blancas. La eligió porque parecía la de los heladeros cuando van con su cochecito de cucuruchos repartiendo caries sanas. Abrió la puerta y encendió la luz de afuera.
– ¿Sí? ¿Le puedo ayudar en algo?
Una chica rondandole los años a Momo se amarraba los brazos tiritando. Era de madrugada y la noche hoy se comía a las sombras. No era recomendado transitar por el bosque sola. Momo vive apartada del pueblo. En una gran parcela con una casa diminuta en el centro. Alrededor hay árboles y manchas colores tierra que simulan tener vida.
– Si, por favor, ¿me podría decir si ha visto a esta chica?- le enseñó a Momo una foto de una niña sonriendo. – Hacce tres dias que la llevamos buscando y no damos con ella. Por favor, por favor, digame que la ha visto.
La voz ahogada y cansada de la chica revelaba las intensas horas de búsqueda. Momo entró en la casa y le sacó una gran manta. Se la puso por los hombros y tiró de ella hacia dentro.
Sirvió café. Lanoso se despertó. Olió la nieve y tomó té con ellas.
– Tu hermana pasó por aquí ayer y me dijo que se iba a ir a casa de vuestra tía… Annette creo que se llamaba. Le di una pulsera de la suerte. ¿Sabes que tiene un don?
– ¿Dakuna pasó por aquí? ¿Seguro que fué a esa casa?
-Sí, ya lo he dicho. Bebe, te sentará bien. Pasarás aquí la noche. Tu hermana se quedó a dormir. Partió hoy por la mañana. Estoy segura de que ya está con Annette y a salvo.
– ¿A salvo?
– Tienes suerte de haber sobrevivido ahí afuera sola.
– ¿Por el frío? No, estoy bien.
Momo sonrió.
– ¿Cómo te llamas?
– Nínive.
– Nínive, me voy a la cama. Esa es la tuya. Mañana vamos a ver a tu hermana si te parece. Mientras, descansa y no salgas por nada. Lo que puede acabar contigo no es el frío ahí afuera. Buenas noches.
Y se recostó en su cama continuando con el sueño de las virutas de madera. Nínive no sabía donde estaba. Ni cómo había llegado. Pero el olor del pelo de Momo le dejó asombrada. El calor de la estancia era increible. Juraría incluso que salía de los cajones. Había dado con un tesoro y un secreto que tenía que ver con los dones y la magia en la nariz de Lanoso. Cerró los ojos y se dejó caer mientras tomaba té con un gigante que tiraba azucar hacia la tierra.


Tres

En casa se está muy bien. Afuera el termómetro marcaría unos 20 grados bajo cero. Pero Momo no tiene termómetro, ni estufas. El calor lo guarda en los cajones. Cuando tiene frío, los abre. Lanoso se relame y juega con sus bigotes. Sabe que es la hora del dulce. Mientras, Momo se decide entre su comida de hoy. Abre el frigorífico. Seguramente elija las bombillas de colores con formas que huelen a corazones o unos cordones de zapatillas viejas de esas de chutar balones en el patio.
Le sirve mantequilla a Lanoso porque sabe que a le gusta. Hoy parece tener esa sonrisa de haber arañado puertas de madera. Tos se ha instalado al lado del armario de roble estrellado. Es tan pequeño que no puede soportar esas temperaturas. Deberia haber hecho como Lanoso y haberse quedado en casa.
Momo se sirve un buen plato. Ella tiene que comer hoy por tres. Mañana jugará con ella a que son cuatro. Mientras, espera que pase la tormenta de nieve de verano.

Diminuto

Tos correteaba alrededor de Momo. Nunca le habían dejado salir a ver la nieve ni disfrutar de tal fenómeno natural. Ahora que tenía una única dueña, le permitía hacer lo que quisiera. Podia acostarse tarde, beber zumo y comer chucherias. Momo le observaba y sonreía. Se podía ser feliz con muy poco. Volvió su mirada a su barriga y la rozó con un dedo. Estaba fría.
No le preocupaba este último factor, nevaba como nunca. Menos le preocupaba enrojecer aunque fuera en tirantes. Ella sonreía desde su pequeño rincón de alegría.
– ¿Ves? Esta es la maravilla de tu mundo.- Se acarició el vientre con cariño. – Pero aun eres pequeño para verlo, asi que duérmete y apaga tus energias. Anoche no me dejaste dormir.
Y tras decir esto, cogió la manta de lana de la abuela y la enroscó alrededor de su diminuto. Se levanto despacio para que Tos se diese cuenta de que se marchaban.

Observó sus pisadas en la nieve. El cachorro iba saltandolas como si de un juego se tratara. Lo miró y decidió que era lo suficientemente pequeño como para ir solo hasta casa. Lo cogió con ambas manos y le cubrió con la manta. Tos se lo agradeció con la mirada.
Pronto tendrían una visita muy esperada.

Nubes de azúcar.

Momo siente el cielo en sus talones. Ha decidido empezar de nuevo. Tumbada en la nieve observa caer los copos que, según ella, son fragmentos de un gran terrón de azúcar que algún gigante tiró hacia la tierra mientras tomaba té.
Está en tirantes, pero no le importa enrojecer por el frío. Se rie y siente que es hora de regresar. Sin embargo se queda hasta que el gigante juguetón le enseña a hacer pasteles de nubes.