Chapter IV

Galileo fue casi el último en irse. Un escalofrío le recorría todo el cuerpo, algo eléctrico, vida. La sonrisa en su cara era tan ancha y sus ojos destilaban tanta energía que parecía que era capaz de comenzar a dar vida a las montañas de chatarra de su alrededor. Alguien le seguía, miró por encima de su hombro. Era Scaramouche. Querría echarle otra vez la cháchara de que tiene ideas disparatadas, de que la música no es nada especial. Paró con media sonrisa.
– “Hola”.- Ella medio sonrió. No parecía traer la intención de regañar. Se sentía cohibida.
– “Ha sido genial, ¿verdad?”- Le dijo en bajito Galileo, consciente de que ya estaban afuera y no era seguro el lugar. – “Me he sentido tan cómodo, era como si siempre hubiese sabido hacerlo…”
– “Sí…” Contestó en bajito. Sonrió más. Anda, si sabía sonreir tambien.
– “Tienes una bonita sonrisa”- Le dijo Galileo. – “Deberías sonrerir más y no ir siempre pensando lo que puede pasar. La vida pierde su punto si pensamos en las consecuencias”
 – “Alguien tendrá que pensar en ello. Si quieres que no te pillen deberías de andarte con más cuidado Galileo.”- Ella se acercó más. Notaba el bulto de la pandereta en su cazadora. La rozó con los dedos. – “No deberías traer esto todos los días. Déjalo en casa bien escondido…”
– “¿Quieres quedártela tú? Por esta noche.”- Le preguntó Galileo desabrochándose la cazadora y sacando el instrumento. Ella se alarmó y empujó el chisme otra vez dentro de su chaqueta.
– “¡No lo saques!”- No controló su tono de voz y subió demasiado el volumen.
Una de las luces vigilantes los alumbró. Sus pulseras en los pies comenzaron a sonar con un estruendo que les dejaron sordos momentáneamente. Galileo se abrochó la cazadora y cogió a Scaramouche de la mano. Comenzó a correr rápido tirando de ella. La luz era rápida, pero ellos más. Doblaron varias veces a la derecha y menos a la izquierda. No podían ir al este porque ahí acababan las montañas de chatarra y los guardianes los cogerían al no poder esconderse. Por suerte Galileo conocía el sitio bien y sabía donde había un escondite.
Cuando llegó a una gran montaña, encontró el hueco y empujó a Scaramouche dentro. Era imposible que la encontraran allí, tenía una bañera que al girarla, hacía de doble pared. 
– “No salgas en un buen rato”- Le susurró. Y se marchó corriendo.
Las pulseras habían dejado de sonar hace un rato porque la luz había dejado de alumbrarles. Scaramouche no estaba muy apretada ahí dentro. Piensa que Si se hubiesen juntado mucho, Galileo también habría cupido. Se arrepiente de haberlo dejado solo. Está muy oscuro ahí dentro. Su respiración en entrecortada. Ella sola no habría conseguido correr tanto, ni siquiera habría reaccionado.
Escucha de repente la pulsera de Galileo sonar. Abre mucho los ojos. No para de sonar. Escucha perros, escucha voces y pisadas de más gente. Forcejeo, la pandereta cae al suelo. Hay gritos, ladridos, suena la alarma de la torreta. De repente no se escucha nada. Scaramouche respira muy rápido. Lo han cogido. Lo han cogido. ¿Por qué no le habrá dado a ella la pandereta? Podrían condenarlo a muerte por ello…

Chapter III

“No empecemos todavía” Dijo un murmullo.
“Es verdad, falta Galileo” Dijo otro.
“¿Creéis que la traerá?” Preguntó Bismillah, de unos 40 años. Pero una vitalidad tenía, y unas ganas de vivir, que tenía que esconderse en aquel sitio de reunión que era su casa. En su trabajo lo echaron por, precisamente, tomarse demasiado a broma su función(Le ponía el tapón a los dentríficos y le aburría tediosamente). Todos los miembros de Radio Ga Ga se reunían en su casa(oculta en el vertedero de metales bajo montañas de utensilios inservibles) y allí desataban sus lenguas y contaban sus sueños e incluso rompían las reglas del régimen componiéndo melodías simples y tocando las palmas.
“Ahí está” Señaló Bismillah. “Pensábamos que te había pasado algo, chico.”
Galileo estaba más emocionado que de costumbre. Todos estaban sentados en el suelo, ya que el techo era bajo y tenian que agacharse. Galileo se arrodilló y sacó efusivamente la pandereta.
“He compuesto algo” Dijo. “Me vais a ayudar con la percusión”
Sus ojos brillaban tanto y su boca sonreía tanto que los demás solo asintieron. Se quitó la chaqueta de cuero y la dejó a un lado. Estaba sudando de la emoción. Scaramouche estaba entre ellos y no aprobaba hacer ruido.
“Son dos golpes seguidos en los muslos y luego una palmada.” Él lo hizo primero y repitió el ritmo hasta que los demás lo hicieron como él.
Miró de reojo a Scaramouche, estaba cruzada de brazos y crispada porque el golpeteo resonaba alto. Pero a Galileo le daba igual, estaba tan exaltado que comenzó a cantar.
“Buddie, eres un chico haz un gran ruido
Jugando en la calle vas a ser un gran hombre algún día
Tienes barro en la cara
qué gran desgracia
Pateando latas por todo el lugar
Cantando: We will rock you”
Y la emoción era tanta que parecía que se iba a caer la casa encima del grupo Radio Ga Ga.

Chapter II

“¡Tú, para!” Le dijo Scaramouche a Galileo que se iba agachado por detrás de las montañas de metales viejos apiñados sin orden. Él levantó la cabeza y le hizo un gesto para que hablara más despacio.
“El toque de queda sonó hace dos horas” Le recordó. Ella lo ignoró y se acercó con esos mismos andares enfadados. Scaramouche era la racional del grupo. Parecía una mamá detrás de los niños sin cerebro y con demasiadas ideas locas.
“Tienes que devolver ese… instrumento” Le ordenó cruzándose de brazos.
Galileo alzó las cejas. Su pandereta seguía guardada en la cazadora. Se cogió del bolsillo y lo agitó para que sonara. La cara de Scaramouche cambió radicalmente. Parecía asustada.
“Ni se te ocurra volver a hacer eso. Sabes que es ilegal hasta casi hablar. Eres un temerario con un ladrillo como mente.”
Galileo seguía sonriendo y con ganas de provocarla volvió a agitar más fuerte su cazadora.
“¡Estate quieto!” Le susurró más fuerte Scaramouche estirando el brazo para atraparle.
Galileo empezó a correr dejando tras de sí un tintineo particular. Scaramouche le persiguió soltando improperios.
Le perdió la pista de repente. Giró sobre sus pies. Era de noche y las luces guardianas alumbraban ligeramente sus pies. No te podían dar las luces porque sonaba la alarma que cada humano tenía en el pie y te apresaban y no volvían a verte.
Una mano le agarró del hombro y un pié le hizo la zancadilla y cayó para atrás.
“Estas en medio.” Galileo la cogió por los brazos y la llevó arrastrando a un sitio más resguardado. Tenía razón había ido a parar en medio de un claro. Las montañas de utensilios sin uso acababan justo donde ella se había parado.
Ella se dió la vuelta, él estaba de cuclillas con la pandereta en la mano. “Debes devolverlo. Si se dan cuenta de que ha desaparecido…” Le susurró Scaramouche desde el suelo.
“Es mía” Le respondió Galileo. Se guardó de nuevo el utensilio hacedor de música y se marchó dedicándole una media sonrisa pilla.

Chapter I

En un mundo en el que la música ha desaparecido y está vetada. Triste y gris, donde los jóvenes tienen que esconderse para salir de noche. Que deben de esquivar las miles de luces del siglo XXIII inventadas para atraparlos. Resiste un pequeño núcleo de rebeldes jóvenes con ganas de cambios y de no acatar el régimen.
Uno de los más soñadores es Galileo. Delgado, pelo alborotado y claro, ojos mágicos y chispeantes de vida. Siempre con una energía infinita y una mente astuta pero loca.
“Ya estoy aquí” Saludó cuando vió a los demás. “Tengo que compartir algo con vosotros”
Contenía esa sonrisa de tener algo muy grande en mente. Algo terriblemente en contra de las normas. Todos le rodearon.
De su cazadora de cuero sacó algo redondo, plateado y fino. Lo puso en el suelo y con gran espectación miró a los demás.

“Se llama pandereta” Dijo en un susurro.
“¡Lo has robado!” Se quejó Scaramouche. “¡Eso no puede hacerse!”

Los demás la mandaron callar. Galileo seguía con esa luz en los ojos. “Escuchad” Les dijo.
Cogió la pandereta en sus manos y la golpeó suavemente con una de sus manos. Los demás se miraron sorprendidos. Galileo volvió a golpearla varias veces de forma rítmica.

“¡Es música!” Dijo Scaramouche “¡No puedes hacer música! Como nos pillen nos vamos a enterar”
“¡Él tiene el don!” Dijo uno de los más veteranos. Y entonces Galileo sonrió.

“Es mejor que por hoy nos vayamos. No vaya a ser que lo hayan escuchado” Dijo el más sabio del grupo al que habían nombrado lider. Entonces todos se marcharon con una esperanza en el alma.