Injusticia

A veces el suelo cruje bajo nuestros pies, como si hubiésemos llegado de pronto a un invierno y el lago en el que flotábamos se hubiese congelado. Cruje como si la capa de hielo no fuese lo suficientemente gruesa. Ese eco que retumba al agrietarse nos sacude por dentro y despierta todas las palabras de ruego que conocemos. No queremos caer. No queremos que nuestro mundo se rompa. Pero, inevitablemente, a veces lo hace y nos lanza a la incertidumbre, a la desolación, al vacío.

Y pensamos que la vida no es justa. Que siempre está preparada para el golpe. Para dar. Para arrebatar y dañar.

Quizás sí que esté siempre preparada. Pero no solo para borrar un día del calendario, si no para regalar, a veces, uno más.

Anuncios

Alguien que sepa frenar Noviembre

El 31 de Octubre dicen que es el día de la muerte. Quizás es el presagio del mes siguiente, que me anuncia que caminaré por sus días como un zombie. Sin alma, casi sin cuerpo y sin corazón.

Porque me había acostumbrado a los meses endulzados, y éste tendrá el sabor amargo de una despedida. Más que una despedida, será el sabor del hueco que nadie llena. De un eco de una voz que ya no me acompaña. Una mano combada esperando otra mano que no volverá a sostener. Una presencia fantasmal que ahora sólo me hace sentir frío.

Podría llegar Diciembre directamente. Que acabe el curso, que empiecen las compras de Navidad, que venga el turrón y que se llene de colores el árbol. Que se empiece a cantar, a agradecer las cosas buenas de este tortuoso año, que se pida el deseo de que mejore el siguiente. Que la esperanza surja como una estrella y surque el cielo inundándolo de luz.

Noviembre siempre ha sido un mes bonito. Y el recuerdo sirve para poderlo superar de nuevo.

¿Y si…?

Y si no hubiésemos coincidido en esta vida, ¿qué habría sido de nosotros? ¿Qué clase de amor habríamos encontrado? ¿Qué clase de amor habríamos perdido? Quizás no habríamos sabido lo que es el dolor.

¿Qué hubiese pasado si hubiese sido más valiente? ¿Y qué si hubiese sido cobarde? Imagina que hubieses luchado y no me hubieses dejado marchar. Imagina si sólo hubieses dejado las riendas libres desde el primer momento. ¿Habría cambiado algo? No seríamos los mismos, ¿verdad?

Coincidir en esta vida no es coincidencia. Ha sucedido, ha sido maravilloso, y ha sido desgarrador. Y a pesar de todo, haber coincidido para dolernos ha valido la pena. Porque el recuerdo es intenso y feliz. Y porque andaría de nuevo por esa vereda que llenamos de sueños. Aunque luego duela, aunque luego me vuelva a romper.

La persona más importante

Dime, si te pregunto por las personas más importantes de tu vida. ¿A quién nombrarías primero? Probablemente sería él o ella, probablemente en la lista seguirían los nombres de tus hermanos, de tus padres, de tus amigos…

Pero ¿cuánto tardarías en nombrarte a tí mismo?

Desgraciadamente nadie nos enseña que primero debemos aprender a querernos a nosotros. Porque no debemos esperar que nuestra felicidad dependa de que venga alguien a ofrecérnosla. Esperar a que llegue ese día feliz es una de las formas más macabras que tiene la sociedad de hacernos sentir tristes. Porque todos necesitamos a alguien, sí. Pero nadie dice que ese alguien no seamos nosotros mismos. Nosotros tenemos que crear nuestra propia felicidad. ¿A que nadie te lo ha dicho?

No tienes que cambiar más que por tí. Para cuidarte. Porque solo tenemos un cuerpo, una mente, una vida. Y en realidad sí que está en nuestra mano hacernos sentir bien. ¿Hace cuánto no te mimas? ¿Hace cuánto no te miras en el espejo y te sonríes? ¿Eres capaz de aceptarte? Porque no utilizamos la misma vara de medir para los otros como la que utilizamos con nosotros mismos. Nos cuesta confiar, nos cuesta no herirnos porque no nos importamos lo suficiente.

Nadie nos ha enseñado a mirarnos al ombligo, a darnos cuenta de que dependemos de nosotros y de nadie más. Por eso es hora de aprender que somos la primera persona a la que debemos amar. Sentir amor de verdad, del de las mariposas, tener un romance. El amor propio solo puede venir de dentro, porque intentamos hacer felices a las personas que queremos y nos olvidamos de la persona más importante que tenemos. Debemos hacer las paces con nuestro interior.

Así que hazte el favor más grande, quiérete tal y como eres. Con tu pasado, tu presente y mejora solo por tí. No hay mayor recompensa que saber que te has esforzado y que lo que eres, es lo que querías llegar a ser. Sé tu propio héroe.

Los que se enamoran viven por siempre

A veces me asalta la idea de si debería odiarte, de si debería obligarme a olvidarte si no es lo que ya estoy haciendo aunque no sirva de nada. A veces creo que estoy a punto de morir, a veces directamente no siento nada y pienso que así es como me sentiré siempre. Que no podré volver a sentir nada por nadie. Y entonces hay ratos en los que estoy bien. De pronto he empezado a sentirme así en algunos momentos. Y es en ese estado en el que te pienso y me digo que no voy a olvidar porque prefiero hacerte inmortal. Porque lo has sido todo y mereces vivir por siempre.

Supongo que la culpa al final es mía, al final es nuestra. De los enamoradizos, de los que nos ilusionamos y lo damos todo. Damos demasiado poder a las personas. Poder para destrozarnos. Les regalamos cada pequeño trozo de corazón, cada recuerdo infeliz y feliz, les confesamos nuestras debilidades, nuestras pasiones, nos sometemos a sus palabras y a sus cuchillos. Y lo hacemos con gusto. Lo hacemos de nuevo incluso si ya nos van enseñando el arma que usarán para herirnos después.

Pero como quien dice, amar nos ciega. Amar nos mata. Pero sólo el amor nos revive. Y al final, quien no ama, ya está muerto.

Ser valiente

Son tiempos de valientes. De demostrar lo que uno vale al mundo, de arriesgar por lo sueños que aún no se han alcanzado. Hay que abrocharse la capa y marcar la inicial de tu nombre de héroe en el pecho. Decirte que has de volar aunque de miedo, que nadie nace sabiendo.

Son tiempos en los que debes apretujar un poco el corazón y aplastarlo contra el alma. Donde duele inspira. Quizás sea eso lo necesario para afrontar la vida que nos combate cada día. Hay que ser valientes. Pasos lentos pero seguros, saltos de infarto sin red donde caer, decisiones medidas y también decidir sin pensar, gritar y susurrar…

Clavar la bandera, crear un himno, ensanchar la sonrisa. Ser lo suficiente valiente para elegir ser feliz.

Llegar a saber-me

Pintadas en el suelo he dejado mis palabras. No se leen desde ningún punto porque no he hecho ningún trazo. Sin embargo están sacadas desde dentro, como si el alma se convirtiera en una tinta invisible y me forzara a expresar lo que siente. A modelar con mis dedos cada letra, a ver ciegamente lo que escribe.
Es extraño no ser consciente del alcance de ello. No saber lo que quiere decir hasta que lo tienes delante. A veces somos menos listos de lo que pensamos. A veces los deseos salen atropelladamente y se describen por sí mismos.
Delimitarse. Es lo más difícil de hacer. Saber quién eres, cómo eres y qué quieres. Sacar tu interior y observarlo. Medirlo, pesarlo, darle nombre. Ver nuestro alcance, conocer hasta dónde llegamos.

Saltar encima del asfalto

Besé el suelo con fuerza.

Mi cuerpo se había quedado paralizado y por esa misma regla de 3, la gravedad hizo de las suyas. Descargó su peso sobre mí y me tumbó con una fiereza desconocida. Como si le hubieran salido brazos invisibles. Apretaba con una mano mi cabeza, estampando mi mejilla contra aquel asfalto con olor a alquitrán, suciedad y tiza. Saboreando su triunfo. Regocijándose en mi caída. Matizando que ella solo había usado las leyes naturales para actuar y que la culpa era toda mía. Yo me había detenido, yo había querido golpearme. El frío traspasaba mi piel y llegaba a mis huesos. Pero estaba incómoda. Esto no era lo que había planeado. Yo quería rebotar, dejarme caer para alzarme en un acto-reflejo. Había pensado que la vida era como una colchoneta. Cuanto más fuerte pisaras, más te elevaba.

Mi error fue quedarme quieta. Que el miedo me paralizase. La incertidumbre es un tornillo que te clava al suelo. Hace que te quedes rígida y que el futuro se vea como un túnel sellado. Mi ingenuidad me había jugado una mala pasada. La vida es cemento. Nunca va a mover un dedo por ayudarte. Ni para seguir, ni para detenerte. Tú eres quien debe saltar. Tú.

Yo. Desde entonces no me lanzo contra el suelo. Es complicado no hacerse daño. Ahora solo doblo un poco las rodillas para que cuando estire de nuevo las articulaciones, mis dedos lleguen más alto.

El valor de una espera

Entonces advirtió que la cuenta atrás hasta volverle a ver empezó a sumar dígitos por si sola y que se convertía en un resultado infinito. Una espera mucho más larga de la que iba a ser en un principio. Inaguantable.

Ella odiaba esperar. Era como estar dentro de un reloj de arena en el que los granos no se deslizaban y era ella quien tenía que arrastrarse sobre ellos. Arañándose los brazos, destrozándose las uñas y los dientes con tal de avanzar unos pocos segundos, desquiciándose en el tiempo. Porque daba igual lo que hubiese estado esperando, aún había un trecho mucho más largo por delante. Le parecía que no era capaz de dar siquiera un paso por aquella vereda. Que solo podía contemplarla mientras lentamente era ella misma quien se acercara a sus pies.

Sin embargo, aguardaría su corazón. Lo que hiciese falta. Era un gran monolito anclado al suelo. Imposible de mover, incansable en su estatismo. Porque él no entendía de medidas. Era paciente y siempre irradiaba calor. Era la esfera más resplandeciente que existía en el universo. Podría llover o incluso hundirse en el océano, que nunca se apagaría. Y era capaz de iluminar y latir, comunicarse y querer desde cualquier distancia. Estaba atado por promesas, besos, palabras y venas a otro corazón. Con un donde, un cómo y un cuando. Volverían a colisionar y se separarían a lo largo de las vivencias conjuntas y en solitario. Y ante todo, se esperarían.

Porque vale la pena esperar por lo que vale la pena querer.

Llenarme de mí

Todo volverá a ser como antes.
A su alrededor solo escuchaba las mismas palabras repetirse una y otra vez. Salían de las mismas bocas y de distintas. A veces se acompañaban de un abrazo o de un café. Otras veces era ella misma quien se sorprendía recitando aquella frase. Pero sabía que nunca nada volvía a ser como fue. Podría ser parecido, pero no igual. Los matices contaban, fueran como fuesen, de suave algodón o con forma de garra.
Al final es lo único en lo que parece que pienses. Y lo que ocupa tu mente se convierte en lo más importante. Se transforma en lo que impera y controla tu vida. Por ejemplo, si solo piensas en el trabajo, tu tiempo se deshará en tus manos; si es estrés, no podrás conciliar el sueño ni descansar.
A mí me obsesionaba él. Ni dormía ni aprovechaba las horas del día. Y a pesar de saber que no volvería a recuperarle tal y como fue, deseaba hacer lo imposible por introducirle de nuevo en mi historia. Quería implantar semillas en su cabeza con mi nombre, ser la imagen que sustituyese al resto en sus sueños. No pedía ser la única, si no ser la primera en su búsqueda de ideales. Ser suficiente, incluso demasiado. Quería recomponer mi corazón rellenándome con él. Quería que su corazón ardiese por mí. Quería ocupar su mente y ser su asunto más importante.
Pero así solo conseguí entristecerme. Por querer dar un paso hacia él, me tropecé y caí. Desde el suelo pude ver con cierta perspectiva, así que me levanté y di dos hacia mí.