Laberinto interno

El monstruo ama su laberinto.
Y es un laberinto peculiar porque tiene espinas por las paredes y por el suelo, raíces y enredaderas muy retorcidas. Es de color rojo, y cuando llega el crepúsculo, los pasillos se tornan del mismo color y no se puede distinguir dónde empieza uno y acaba el otro.
El monstruo lo adora.
Le gusta recorrerlo una y otra vez sorprendiéndose con el paso de los años de las visitas sorpresa que recibe. Pobres almas perdidas. Al monstruo le gusta jugar con ellas hasta que sólo quedan sus huesos. Y éstos le gusta roerlos.
También le gusta cómo se cuela el viento sin llamarlo y arrastra olores del exterior. Olor a brasas, a leña, a metales, a humano. Porque cuando este último aroma roza su nariz se desenfrena y se pone a correr como loco.

Le gusta la paz. Sentarse en medio del laberinto, en su tocón, y centrarse en sus pensamientos. Siempre decide lo mismo. ¿Para qué salir? Aquí dentro es feliz. Aunque pensándolo mejor, no conoce otra vida diferente. Quizás, uno de esos días con el ánimo curioso, asome la cabeza por la abertura del inicio del laberinto y se ponga a observar. A lo mejor sale a merodear. ¿Quién sabe? A lo mejor no vuelve a mirar al exterior.

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