La rabia de Pan

Le pesaba tanto el cuerpo que solo podía estar tumbado. Sentía una opresión inmensa en el pecho. Como si le hubiesen puesto una de las rocas más grandes de la cueva Calavera encima. Le costaba tragar saliva y el corazón le latía lenta y pesadamente. No le apetecía continuar con su vida si ella se marchaba. Estaba a tan poca distancia que podía notar el calor de su piel y su tacto sedoso. No se veía con fuerzas de mirarla. Sus ojos estaban fijos en el cielo estrellado y luchaba contra las lágrimas de rabia que se agolpaban para deslizarse por sus mejillas.
– ¿Me esperarás?- Murmuró ella al fin.
Sintió que le faltaba el aire. Escuchar su voz le hacía daño. O quizás eran sus palabras las que le herían. ¿Por qué no se quedaba con él? ¿Por qué había decidido marcharse y abandonarle? Ella cambiaría. Le crecería el pelo, se empezaría a maquillar y a comportarse como las demás niñas de Londres. Ya no sería más Wendy. Y también cambiarían sus pensamientos, porque aunque ella no lo supiera, todo lo vivido en Nunca Jamás lo olvidaría.
– Claro.- Apenas articuló en un mero suspiro.
– ¿Pensarás en mi?- Insistió ella.
Peter cogió aire. Le apetecía salir corriendo y ponerse a llorar como el niño que era. Solo quería esconderse de esa inmensa tristeza que le hundía más y más en la hierba.
– Siempre estaré pensando en tí. – Susurró. Incluso cuando pienses que te puedo estar olvidando. Ese será sin duda el momento que más te sienta lejos y cuando más te extrañe. Serás como esas estrellas que estoy viendo. Brillarás para mí por las noches, serás mi mejor recuerdo. Y como un recuerdo, no podré tenerte.
Wendy se irguió y le miró a los ojos. Sentía que la quietud de Peter se debía a que realmente no sentía lo que debería de sentir por alguien a quien se ama. ¿Era eso una despedida? Por un momento volvió a la realidad. Las niñas mayores no sueñan. Había que ser realistas, y tampoco quería crearle falsas ilusiones.
– Entonces no me esperes. Puede que no regrese.
Te esperaré igualmente, pensó Peter. Porque no puedo despegarme del suelo ni dejar de mirar las estrellas.
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Cuentos con un beso al final

– ¡Un cuento, un cuento!- Bramaron los niños perdidos rodeando a Wendy entusiasmados.
– ¿Un cuento? ¡Yo me sé muchos!- Respondió la niña sentándose en algo parecido a una cama. En la Madriguera cada uno duerme donde le place. Solo necesitan instalar su almohada y cerrar los ojos.- Hubo una vez una muchacha que vivía en una casa con su madrastra y sus hermanastras …
– No Wendy, ese no.- Replicó Peter, que estaba repantigado en un trono de oro situado en un extremo de  la Madriguera.- Esos siempre acaban igual.
– ¿Qué tienen de malo los cuentos de princesas?- Preguntó Michael, el más pequeño de todos. No había soltado su osito desde que abandonaron la casa de los Darling.
– Eso, ¿qué tienen de malo? A mi me apetece escucharlo.- Respondió Avispado frotándose la nariz.
– Y a mí.- Coincidieron los gemelos.
– Bien, haced lo que queráis.- Peter se levantó de su asiento y se marchó volando por uno de los agujeros del techo.
A Wendy le costó salir de aquel laberinto de ramas, pero al final encontró a Peter sentado en una de las raíces del árbol (justo debajo, se encontraba la Madriguera). Era de noche, pero en Nunca Jamás la luz no se iba. Era la hora en la que las hadas salían de su escondite y se ponían a cantar.
– Peter, ¿qué pasa?- Se acercó a él lentamente.
– Son cuentos muy aburridos.- Estaba con los brazos apoyados en las rodillas y giraba la cara para no mirarla.
– Pero si son las historias que yo les contaba a George y a Michael en mi casa… Las que tú escuchabas.- Wendy se sentó a su lado tímidamente.
– No, yo quiero que les cuentes las otras. Las que hablan de mí.- Se levantó y jugó con una sonrisa burlona a mantenerse en equilibro entre las raíces que se dispersaban de allí para acá. Wendy se quedó dándole la espalda.
– Pensé que te gustaban más las otras.- Le dijo incrédula.- Siempre te quedabas a escucharlas hasta el final… Hasta…- Peter se detuvo y borró la sonrisa de su cara. Se volvió hacia Wendy, que había acaparado toda su atención. Al girarse ésta, él volvió su vista al frente tragando saliva. – Por eso me trajiste hasta aquí. Para que te contase esas historias. Los cuentos de las personas mayores. Lo que ocurre cuando creces.- Peter bajó de las raíces y comenzó a andar por el bosque rehuyendo sus ojos.
– No, eso es mentira.- Murmuró casi para sí mismo.
– No, eso es verdad.- Wendy le alcanzó y se puso delante de él.- Quieres saber más.
– ¿Y qué más hay?- Le preguntó con ojos desesperados. Por sí mismo no podía encontrar una respuesta, sus sentimientos estaban congelados, al igual que su cuerpo. Su mente infantil no dejaban margen para entender qué podía haber después.
– No lo sé, me parece que se sabe cuando se crece.- Entonces Peter frunció el ceño. Esa no era la respuesta que esperaba.
– Pues yo no pienso crecer nunca y no puedes obligarme. Vete a casa y crece si quieres. Y llévate tus sentimientos.- Y huyó volando hacia las estrellas.

Stars

El corazón de los niños corre a una velocidad de vértigo. Siempre van por delante de todos los demás. Se dice que ahí guardan la ilusión, esa magia que les hace libres. Esos niños son los mismos que persiguen estrellas por el cielo. Buscan una donde asentarse y vivir mil aventuras. Sin ser conscientes de ello, buscan escapar de este mundo.
Esas estrellas son diamantes para ellos. Son lo más valioso con lo que pueden soñar. Poseer una estrella, llevar allí sus juguetes, imaginar que hay piratas, peligros, indios, vaqueros, una piscina de gelatina… Y sin saberlo, sus mentes siempre se quedarán allí en lo alto. Nunca regresarán. Pronto se les olvidará que abajo existen miles de niños buscando su propia estrella.

Wendy y el amor

Ari, ¿es normal que te arda el estómago de rabia porque veas que alguien que te hizo daño, sea feliz?
– No se, explícate mejor.
– Sí, sientes como el corazón se te acelera, la sangre hierve y los ojos queman. Ves que la otra persona sonríe, hace cosas que antes no hacía, que es feliz.
– Pero tú también eres feliz.
– Lo sé, no sé qué me ocurre entonces.
– Es como lo que me pasa a mi con John. Cuando lo veo se me acelera el pulso, siento la sangre pasando veloz por mis venas y las mejillas se me encienden. ¡Ah! y también siento esa sensación extraña en el estómago.
– Pero yo ya no le quiero… y tú estás obviamente enamorada. Él no debería de sonreir más.
– Todos tienen derecho a rehacer su vida, Wendy. Lo que te fastidia es que no sea contigo con quien la rehaga. Pero eso es el pasado. No deberías pensar así. Tú si fueras él, te verías en la misma situación. No es su culpa. No ahora.
– Ahora tengo al pequeño Ricco.
– Y es una maravilla de niño. Ojalá John y yo podamos tener un retoño pronto.
– Sigo pensando que no me gusta que me haga infeliz verle así. No es justo.

Wendy vuela

La ventana siempre fué una solución real para lanzarte. Hoy tus gritos pitaban en mis oidos como si miles de niños me soplaran las notas más altas de una flauta en las orejas. Y seguía mirándote mientras farfullabas de un lado a otro con los brazos en alto, dando golpes al aire. Pero yo miraba por el rabillo del ojo mi ventana. Sabia que la había dejado abierta cuando trepaste por ella y alcanzaste mi dormitorio. Deseaba ponerme entre los dos y que me llevara yo alguno de esos manotazos que propinabas al viento. Con mucha suerte y, haciendo que tropezaba, daría un par de pasos y caería desde el segundo piso. No hay una gran altura, más bien si alcanzara el suelo, sería como un gran salto. Si me lanzase a través y de cabeza podría pasarme algo. Partirme la clavícula, el cuello, o solo recibir una gran contusión. Lástima, quizás incluso eso te divertiría y me llamarías torpe mientras me ayudas a levantarme riendote tan alto que acentuaría mi dolor de cabeza.
– ¿Lo entiendes?- Se detuvo mirándome a los ojos.
– No.- Respondí.
– ¿Acaso has escuchado algo de lo que he dicho?
– Si te soy sincera, no.
– ¿Pero…? ¿Yo para qué me molesto…? Mira, sabes que lo hago por tí. Si sigues pensando en las musarañas, la escena no nos va a salir bien pasadomañana. Sabes que no quedan ya entradas, ¿es que eres tan tonta como para no notar la presión?
– No soy tonta. Me se mi guión. Ahora toca el momento en el que yo, escapo de Garfio.
Y me dirigí a la ventana, la abrí de par en par, y salté. Una vez en el suelo, empecé a correr y cuando me cansé, volví. Él ya no estaba. Claro, era tarde. Últimamente repetía la misma secuencia, cuando no aguantaba más, abría mis alas, y empezaba a volar.