Eurus

Juguemos a un juego, a uno de esos que a mí me enloquecen y a ti te ponen de los nervios.
Juguemos a que he encerrado dentro de mí un secreto, uno oscuro y siniestro.
Finjamos que mis costillas son la caja fuerte, y la llave un desgastado hueso.
Finjamos que alguien puede perecer si no lo desvelas, si no abres mi cuerpo.

Mantienes fija tu mirada, sin comprender, pero ya irás comprendiendo.
Mantienes tensa la mandíbula, pues se va haciendo hueco un pensamiento.
Y te adelantas, llamándome loca, al fin hablas mostrándote no tan cuerdo,
Y me golpeas contra la pared, con tu mano en mi garganta, levantándome del suelo.

Me miras con tu corazón frenético latiendo en mis oídos, alborozando mi pecho.
Me miras con la determinación de matarme, de lanzarme por los cielos.
Pero no sabes aún que ya eres mío, que eres parte de mi juego.
Pero no sabes que en realidad, soy yo quien está agarrando tu cuello.

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No cruces la línea

Había nevado durante toda la noche, así que la plaza estaba cubierta de un manto blanco brillante. Sin embargo aquella franja negra quedaba a la vista, dividiendo las dos partes de la ciudad. El pequeño Klaus, con su pelo cortísimo y rubio, y sus grandes ojos azules, había salido despavorido de la escuela para poder jugar con la nieve que había visto desde las ventanas. Él vivía en la parte más amplia, la plaza que quedaba al otro lado era apenas del ancho de una acera.

Divisó a una niña mayor que él observándole quieta, pegada a la pared de la estrecha calle que daba a aquella diminuta porción de terreno. Klaus levantó la mano, envuelta en sus manoplas azules claro y sonrió. Tenía la nariz y las mejillas rojas del frío, pero eso le divertía. Sentía la piel extraña cuando se la tocaba, como adormilada.

Se acercó a la línea divisoria. Medía unos 30 cm de ancho, y su longitud no alcanzaba la vista. Era una enorme cicatriz cuyos lados no eran paritarios. La desigualdad era evidente. Otros niños aparecieron en la plaza, a espaldas del pequeño y comenzaron a jugar lanzándose nieve, haciendo muñecos tan blancos como sus dientes de leche y riendo a carcajadas.

Pero Klaus no les prestaba atención. Sus ojos, que parecían el océano, observaban a la niña del otro lado de la línea. Llevaba un abrigo gris y un gorro de lana con orejeras que caían sin gracia aplastando su melena castaña. Al cuello, como una serpiente escuálida, se disponía una bufanda de punto grueso por el que se colaba el frío viento.

El niño sabía que estaba prohibido cruzar aquella franja. El simple hecho de no haber quedado cubierta de nieve ya era un presagio. Cuando iba con su padre no le dejaba ni siquiera mirar hacia el otro lado. No entendía por qué los mayores hacían que no existía. Como si hubiese una pared.

“Hola”, saludó Klaus.

La niña se acercó con cautela, adentrándose en su reducida plaza de nieve virgen. Miró a ambos extremos de la calle antes de aproximarse más. Se quedó a un metro de la línea y observó a los niños del otro lado.

“Juega con nosotros”, le dijo Klaus sonriéndole.

“No puedo”, contestó ella. “Está prohibido cruzar la línea”.

Klaus bajó los ojos a la franja negra y apretó sus finos labios. Los tenía congelados. Entonces alzó su mirada traviesa y plantó su zapato en la franja. Los dos esperaron un instante conteniendo la respiración para ver si algo ocurría. Y como todo seguía igual, Klaus cruzó al otro lado, rodeó a la niña riendo y regresó poniéndose en frente de nuevo.

“¿Ves? Puedes venir”.

Ella alzó el brazo y le rozó la nariz enrojecida. No le dio tiempo a pronunciar nada, aunque abrió la boca para hablar. Aquel gesto tan inocente, fue lo que acabó con su vida. Cayó de espaldas, fulminada por una bala que vino de algún lugar. Klaus se apartó de la línea con los ojos como platos, contemplando el horror, el verdadero horror de quien no entiende la desigualdad. El por qué para unos hacer algo prohibido no tiene consecuencias y para otros les supone su fin.

Amoldar el corazón

Le dije que probara a introducir su pez en un vaso de agua, y después que lo volviese a meter en su pecera. El pez se estuvo quieto, resignado en su pequeño espacio, procurando acomodarse a ese recinto estrecho donde apenas podía moverse. Una vez regresó a lo que él reconocía como su hogar, comenzó a nadar y recorrió de nuevo todo aquel terreno conocido.

Le dije que imaginara si lo soltara en el mar. Qué de cosas podría hacer. Qué de espacio para moverse e interactuar. Entonces, cogí su mano y le atraje hacia mí dándole un cálido abrazo.

<<Ocurre lo mismo con el amor>>, le conté. Y él entonces volvió su rostro hacia mí, intrigado por mis palabras.

<<No lo entiendo, abuela>> admitió, esperando que me explicara.

<<Cuando una persona se da cuenta de que quiere a otra, siempre actúa de la misma forma. Intenta por todos los medios quedarse lo más cerca posible, atesorando cada momento, y vaya que es correspondido ese acercamiento. Pero si ese amor crece, muchas personas no saben que han de amoldarse, pues de otra forma, ese amor, como tu pez, acabará por empequeñecer, por quedarse quieto. ¿Entiendes ahora mejor?>>.

Él bajó la cabeza, pensativo. Se restregó la nariz con la manga de su jersey y luego volvió a alzar la cabeza para preguntar:

<<¿Crees que eso es lo que le pasó a mamá? ¿Que se marchó porque papá no dejó que creciera?>>.

Iba a decirle que sí. Y no solo eso, pues tenía muchos reproches más. Pero el niño ya había pasado un calvario con su separación. ¿No había sido suficiente castigo que se hubiesen deshecho de él y dejárselo a ella para que lo cuidara?

<<Hay muchas razones, mi tesoro. Tu madre siempre fue gaviota y tu padre agricultor. Una surca los cielos en libertad, mientras otro se queda en el mismo sitio viendo su fruto crecer. No son muy compatibles, ¿entiendes? Ninguno va a perder su naturaleza por estar con el otro. Tienen que encontrar a alguien que sea completamente igual>>.

El niño suspiró.

No iba a ser ella la encargada de matar el deseo de amar de aquel muchacho. Se daría cuenta cuando creciera de que las cosas no son como en los cuentos. Y, si tenía suerte, quizá sí que descubriera que los cuentos tienen más de verdad que la vida misma.

La duplicidad del adiós

Hay palabras que no tienen un significado positivo. Que directamente marcan con una nota clara la inevitabilidad de su definición, como la muerte. Y hay palabras que son ambiguas, que dependen de la situación, de las consecuencias o de quién las diga.

Esto es lo que ocurre con la palabra adiós. Es confusa, indeterminada, imprecisa. Puede resultar ser un hasta luego o un no nos volveremos a ver jamás. Y ese miedo es el peor que alguien pueda sentir, el de la incertidumbre. Porque siempre cuando se piensa en el dolor, es más intenso en nuestra imaginación que cuando en realidad se siente. La mente nos tortura y nos pone sobre los hombros el peso de la culpa. ¿He dicho o hecho lo posible por darle  a esa palabra la connotación menos tajante? ¿Ha quedado claro que no quiero que sea un adiós definitivo?

Y, aunque a veces se haga todo lo posible. Es la vida quien tira del hilo de las despedidas y vuelve fulminante su definición. Por mucho que quieran las personas. Por mucho que hagan. A veces el adiós se impone como una barrera imperturbable, como la única y descorazonadora solución.

Mientras el mundo cae

Hay una triste canción en tu mirada, que son dos joyas pálidas. Crueles a veces, pero mágicos. Podría dejar el cielo en tus ojos porque no necesito mirar nada más.

Hay un corazón tonto e ingenuo latiendo rápido por un amor que podría durar por siempre. Y este dolor, que empieza a asomar, no tiene sentido para ti. Al final no va a ser tan divertido amar.

Pero si el mundo se derrumbara, yo seguiría cayendo en tu embrujo. Seguiría cayendo por ti.

Te pintaría las mañanas de oro, las tardes serían siempre San Valentín. Elegiríamos un camino para los dos. Pero tu corazón es frío como la luna, que podría bajar si me la pidieras. Porque no he movido las estrellas antes por nadie más.

Y es allí donde lo dejaré. Dejaré mi amor entre las estrellas sólo para poderte contemplar.

La luz de Manuel

Si esto hubiese sucedido en otro momento de mi vida no habría sabido qué hacer. Pero ahora, justo en este instante en el que mi corazón se ha detenido, te juro que tampoco lo sé. Porque me dijiste que fuese valiente, pero las palabras pierden su sentido cuando ni siquiera entiendo por qué escucho aún el mar. Ese en el que me dijiste lo preciosa que estaba con mi bikini nuevo y luego me besaste por primera vez. Ese en el que entramos desnudos y por casi nos pilla una familia entera cuando nos disponíamos a salir. Ese que durante estos dos años había puesto la banda sonora a nuestra historia. Ese que se tragó nuestro amor y en la resaca solo devolvió dolor. Porque no puedo ser valiente si soy incapaz de diferenciar un recuerdo nuestro de la realidad. Sin ti, todo, es absolutamente nada.

Me cuesta hacerme a la idea de que hayas cambiado tanto. De que me hayas engañado. Me enrabieto al pensar en la forma que has jugado conmigo, en cómo has ido entrando en cada resquicio de mi alma y has hecho que te idealizara. Te gustaba que te adulara, que elogiara tu cuerpo, tu trabajo, tus hobbies, que me comportara como una adolescente ante su ídolo. Porque para mí eras como ese sol que apartaba los nubarrones de golpe. Y ahora me encuentro sola bajo una tormenta aterradora.

Te has ido sin más. Debería haber sabido que tú no eras esa clase de persona que se queda con alguien. Tus palabras me lo decían y repetían a cada instante. Todas tus cosas tenían un solo uso, y era exclusivo para una sola persona. En realidad toda la burbuja que te acompañaba te señalaba y me indicaba que solo me causarías problemas. Eras indivisible. Eras tú, para ti. Por desgracia, no me he dado cuenta hasta hoy.

Si no me hubiese enamorado. Si no te hubiese gustado. Si no hubiese dejado que entraras. No habrías sido más que un rostro que posiblemente algún día olvidaría, como pienso que ya has hecho tú conmigo. Si fuese valiente de verdad, si realmente lo fuera, sabría que yo también debería hacerlo. Pero no puedo Manuel, no puedo olvidarte.

La rabia de Pan

Le pesaba tanto el cuerpo que solo podía estar tumbado. Sentía una opresión inmensa en el pecho. Como si le hubiesen puesto una de las rocas más grandes de la cueva Calavera encima. Le costaba tragar saliva y el corazón le latía lenta y pesadamente. No le apetecía continuar con su vida si ella se marchaba. Estaba a tan poca distancia que podía notar el calor de su piel y su tacto sedoso. No se veía con fuerzas de mirarla. Sus ojos estaban fijos en el cielo estrellado y luchaba contra las lágrimas de rabia que se agolpaban para deslizarse por sus mejillas.
– ¿Me esperarás?- Murmuró ella al fin.
Sintió que le faltaba el aire. Escuchar su voz le hacía daño. O quizás eran sus palabras las que le herían. ¿Por qué no se quedaba con él? ¿Por qué había decidido marcharse y abandonarle? Ella cambiaría. Le crecería el pelo, se empezaría a maquillar y a comportarse como las demás niñas de Londres. Ya no sería más Wendy. Y también cambiarían sus pensamientos, porque aunque ella no lo supiera, todo lo vivido en Nunca Jamás lo olvidaría.
– Claro.- Apenas articuló en un mero suspiro.
– ¿Pensarás en mi?- Insistió ella.
Peter cogió aire. Le apetecía salir corriendo y ponerse a llorar como el niño que era. Solo quería esconderse de esa inmensa tristeza que le hundía más y más en la hierba.
– Siempre estaré pensando en tí. – Susurró. Incluso cuando pienses que te puedo estar olvidando. Ese será sin duda el momento que más te sienta lejos y cuando más te extrañe. Serás como esas estrellas que estoy viendo. Brillarás para mí por las noches, serás mi mejor recuerdo. Y como un recuerdo, no podré tenerte.
Wendy se irguió y le miró a los ojos. Sentía que la quietud de Peter se debía a que realmente no sentía lo que debería de sentir por alguien a quien se ama. ¿Era eso una despedida? Por un momento volvió a la realidad. Las niñas mayores no sueñan. Había que ser realistas, y tampoco quería crearle falsas ilusiones.
– Entonces no me esperes. Puede que no regrese.
Te esperaré igualmente, pensó Peter. Porque no puedo despegarme del suelo ni dejar de mirar las estrellas.

Frozen

Hacía tanto frío que la ciudad entera terminó congelada. Los habitantes temblaban y se abrazaban mientras sus dientes castañeaban. Los niños lloraban porque no había suficientes pieles que les taparan. La primavera había sido maravillosa, pero el verano secó las flores y el invierno las enterró bajo mantos de nieve. Se escuchó un crujido que salió de los corazones en llamas de los aldeanos. Su fuego se había apagado y las grietas que se formaron acabaron anegadas de lágrimas que se solidificaron y terminaron por estallar.
Pero era una transición. Duraría un tiempo definido y después volvería a arder la tierra. Sabían que a pesar del frío, volverían a sentir calor. Sabían que podrían reconstruir sus vidas, armar una base más sólida que les permitiera soportar mejor el próximo invierno. Porque aunque por dentro se sintiesen incapaces de moverse, sabían que lograrían crear algo espléndido por su férrea voluntad. Volverían a arder. Porque no se puede hacer nada importante con sangre fría, solo el calor derrite el hierro y lo moldea.

El negocio de los lobos

Había amanecido hacía unas dos horas. Ella ya se había levantado y se disponía a preparar café. Miró a través de la ventana de la cocina que daba al patio delantero. El coche de Remus seguía aparcado justo delante de la casa. Parecía que tenía un pequeño arañazo en la parte de atrás. A lo mejor era el mismo que llevaba ahí 3 años. Su chico era tan despistado que nunca recordaba llevarlo al taller a que le dieran una mano de pintura. La cafetera comenzó a pitar y ella se dirigió a su llamada. Apagó el fuego y cogió una taza del armario situado a la altura de su cabeza. Una sombra oscureció durante menos de un segundo la cocina. Se giró hacia la ventana. Alguien acababa de atravesar su patio y había pasado por delante de la fachada. En seguida, dieron unos pequeños golpes en la puerta. Dejó la taza en la encimera y corrió en dirección del sonido de unos nudillos en la madera.
– Buenos días, Nataly.- Le saludó con una tímida sonrisa, como si se disculpara. 
Remus tenía la ropa rasgada y estaba sucio. Había ido dejando un reguero de pelos negros. Su camisa blanca tenía cortes y desgarros por todas partes. El pantalón tenía las costuras como si hubiesen estallado. El pelo castaño le goteaba y le caía en la cara. Parecía cansado y su cuerpo temblaba, como si no pudiera mantenerse en pie. Apoyó una de sus manos en el marco de la puerta y la miró a través de su flequillo lacio. Sus ojos verdes eran intensos y estaban enrojecidos. Debajo se le habían formado dos surcos grises. Pestañeaba como si le escocieran. Las piernas las tenía algo curvadas, las rodillas casi se rozaban. Respiraba dando fuertes bocanadas de aire, como si hubiese estado corriendo toda la noche.
– Voy a por una toalla. Esta noche ha debido de caer un diluvio.- Comentó ella yendo hacia el baño. Le colocó una toalla por los hombros, puso otra en el suelo para que pasara y la más pequeña la usó para secarle el pelo.- ¿Cómo te encuentras?
– Me pica el cuerpo. Tengo demasiado pelo.- Dijo casi en un murmullo.- Tengo demasiada hambre, demasiados nervios y un extraño cambio de humor.
– Voy a prepararte un baño y luego te voy a preparar huevos con bacon, ¿de acuerdo?- Le dio un tierno beso y le ayudó a cruzar el pasillo.

Ella

Miraba a través de sus gafas de pasta redondas. Sus ojos cristalinos atravesaban el cristal perdidos observando el horizonte. No se dio cuenta de que una muchacha de piel pálida y pelo albino se había sentado a su lado. A ella solo le bastó un segundo para darse cuenta, para captar su esencia y entonces habló:
– No deberías de estar con alguien que te hace sentir así.- Su voz sonó tan suave que pareció venir de una brisa, como si formara parte del paisaje y siempre hubiera estado ahí.
– ¿Así como?- Theodore se giró. Ella le miró sorprendida.
– Oh… estabas escuchando. Normalmente la gente se inquieta cuando les hablo, se levantan y se van. Gracias por no huir tú también.
– No es muy normal, eso tengo que reconocerlo. Pero no tienes por qué darlas.
– A las personas no les gusta que alguien diga en voz alta lo que sienten. Sobretodo cuando ni siquiera se atreven a pensar o admitir que realmente se sienten así. 
– ¿Y entonces por qué lo haces?
– No sé. Creo que todo el mundo tiene deseos o necesidades que son incapaces de expresar. Me gusta pensar que de alguna forma les doy un empujón para que den el paso, para atreverse…
Sus palabras quedaron flotando en el aire. Theodore abrió la boca, pero no respondió. Bajó la mirada y le preguntó al fin con cierta melancolía:
– ¿Por qué me has dicho eso tú antes?
– ¿Te ha molestado? Lo siento. Se te veía tan triste y concentrado…
– No estoy triste.
– Vale, no lo estás.- Le respondió ella volviendo la mirada al horizonte. Theodore frunció el ceño.
– No hagas eso. No lo estoy.
– Quien sea que no quieres reconocer te hace infeliz. No puedo soportar que alguien haga a otro sentirse así.
– Romperé con ello entonces.- Ella sonrió y Theodore se quedó contemplando los hoyuelos de sus mejillas, sus dientes blancos, sus labios finos. Sintió algo parecido a la conmoción.- ¿Puedo volver a verte?
– ¿Ya has roto con ello? Qué rapidez.- Sonrió más con cierto sonrojo. Se miraron a los ojos.
– Era yo.- Por primera vez habló sin darse cuenta de su miedo.- Llevo conmigo toda la vida y no me había dado cuenta de que podría haberme hecho sentir feliz. Solo me he culpado una y otra vez por todo. Pero ahora… Quiero que me enseñes tu manera de pensar. ¿Puedes hacerme sentir así siempre? Porque has conseguido que me quede fascinado de ti en un instante.