Mentes ruidosas

Dicen que las personas calladas son las que tienen una mente más ruidosa. Empecé a creerlo cuando la vi. Llevaba todo el pelo echado hacia delante, como si quisiese ocultarse al mundo. Quedarse tras las lianas que la protegían de las fieras de esta selva en la que vivimos. Aprisionada en su celda, su recodo personal, su pequeño espacio de seguridad.

Normalmente no me quedo observando a las personas en el tren, pero ella estaba sentada justo en frente. Miraba hacia el suelo, y yo no podía apartar mis ojos de aquella expresión imperturbable. Y justo cuando me dirigía a desviar mi mirada, sus ojos me atraparon. Se alzaron con una contundencia que jamás había experimentado. Como si una fuerza externa me hubiese pegado al asiento, como cuando despega un avión y se aprieta tu espalda contra el respaldo. Sentía mis pupilas estar ligadas a las suyas, a esos ojos que se hacían cada vez más grandes, como si quisiesen devorarme, introducirme en el mundo que tan solo ellos podían ver.

Entonces caí como caía Alicia por aquel agujero en la tierra. Caí asombrado por lo que iba encontrando, porque más que la realidad al revés, era otra completamente cuerda y diferente. No comprendí dónde me encontraba pues daba exactamente igual. Aquel increíble lugar me tenía aferrado a sus detalles. A la frondosidad de su ternura, a la fiereza de sus colores.

La confusión llegó cuando ella se levantó del asiento y se bajó en su parada. Me había quedado completamente en blanco, vacío y rígido. Como si se hubiese llevado mi alma, mis sueños, mi vida entera. Como si todo lo que yo era se hubiese caído realmente en su mirada y a mí ya no me quedara nada.

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Cambio de estación

Levantó la mano y cayeron sobre su palma unas gotas de agua. A su derecha, el cristal estaba empañado. Al otro lado, el mundo se distorsionaba en formas ondulantes y colores como la nieve.

Posó su mano sobre el cristal, notando un frío impropio. Casi se le quedó pegada, semi congelada en aquel gran fragmento que bien podría ser de hielo. Porque no había abandonado su casa en unos segundos, ¿no? Seguía en el baño de su casa, arreglando el grifo que goteaba…

Apartó la mano y se irguió sobre sus piernas. Observó mejor a su alrededor. Continuaba en su bañera, pero era ilógico que se hubiese empañado la mampara. No había abierto el agua, y sin embargo caía de algún lugar. Dobló el cuello haciendo que sus ojos contemplaran el techo, si es que en aquel agujero cuadrado que se abría al cielo era donde debiera estar su techo.

Dejó escapar su aliento. Una voluta de vapor se formó delante de sus labios. Las gotas caían por su rostro muy lentamente, frías. Caían de aquel cielo, sin ninguna duda. Con la boca abierta, se decidió empujar el cristal, que con un crac, cedió.

¿Cuándo había ocurrido aquello? Un manto de nieve lo cubría todo, una niebla densa no dejaba ver más allá de un par de metros. ¿Qué magia había traído el invierno? ¿Qué magia le había sacado de su baño y le había dejado allí? ¿Qué magia existía capaz de obrar así?

<<La mía>>.

Escuchó una voz grave, autoritaria y con un eco que resonó por todo el lugar. Sobre el borde de la pared de su bañera, se erguía una silueta de mujer. De ojos pétreos y rostro de porcelana. Su melena blanca flotaba a su alrededor, formando un halo. Vestía diferentes pieles de osos polares y sus botas hechas de escamas de algún animal mitológico cubrían sus piernas finas hasta las rodillas. El cetro en su mano centelleaba furioso.

Él lo sentía, no debía estar allí. Y, por alguna razón, sabía que había sido llamado.

Amar crea alas

Dejarse caer en el amor es tan fácil como soñar. Porque te conviertes en una pequeña pluma pálida que flota delicadamente hasta posarse en el pelo de un travieso niño pelirrojo.

El amor en sí es como aquel pequeño. La pluma debe sostenerse en esa superficie tan poco estable, dando bandazos y sujetándose como puede a aquellos cabellos. Porque corre, salta, hace el pino y nada. Y a pesar de la fatiga, es satisfactorio lo mires por donde lo mires. Sobre todo cuando descansa. Porque puedes mesarle la melena y acariciar su rostro. Verle dormir sin pesadillas es el mayor regalo. Y sentir sus lágrimas la más amarga de las sensaciones.

Aunque aquel pequeño aún no lo sepa, si decide peinarse o despeinarse influirá en todo. La pluma puede caer eternamente recorriendo aquel cuerpo, chocando con sus extremidades hasta quedar arrugada y de un color grisáceo. La muerte del amor se convierte en capricho de aquel inocente que juega y se divierte. Que pisa otras plumas.

El amor es delicado y que esté en unas manos como esas, hace que haya que ir con mucho cuidado y con mucha seguridad. Hay que agarrarse bien y no dejarse soltar.

La mala del cuento

A las afueras de la ciudad, atravesando el bosque espeso y esquivando sus abundantes conjuros, vivía una bruja mala. Con unos ojos demasiado diminutos y unas orejas demasiado picudas, una cicatriz fea que marcaba su frente, una mandíbula con dientes afilados como los de un tiburón y un vestido negro que resaltaba su extraña figura. Decían que nació en una noche de pesadillas y por el fallo de algún encantamiento de transformación. Una manera horrible de presentarse al mundo.

Sin embargo eso no dejó que la bruja mala soñara con que los cuentos de hadas existieran de verdad. Aunque realmente supiera que no eran ciertos. No creía en sí misma, y a veces tampoco en la magia. Por eso, los pocos servicios que le pedían los aldeanos de los pueblos más próximos, a veces no funcionaban o no salían como se esperaba. Precisamente de estos favores era de donde ella sacaba sus fantasías. Una vez, una mujer le pidió ser más bella porque sin ser guapa no se iba a ningún sitio. Otra que quería encontrar el amor porque sin un ser al que querer y que te quisiera no merecía la pena vivir. Esas mujeres, con otros muchos dones y formas de sacarse partido y conseguir sus metas, la miraban como si ella, por no tener nada de lo que le pedían no valiese nada. Por supuesto, la bruja mala se daba cuenta y a veces hacía de las suyas. Si no le daba por torcerles la nariz, les hacía cojear. Pero eso no le hacía feliz.

Le gustaría creer en los cuentos de hadas de verdad. Donde con un movimiento de varita se pudieran solucionar los males cotidianos. Con una pócima, se pudieran curar los catarros o el mal de amor. Con un enrevesado hechizo incluso poder dejar de ser uno quien es, poder ser más bella y sentirse querida de repente. Atravesar el tiempo y el espacio y situarse en la época que mejor se adaptara a como uno es y donde fuera posible explayarse como ser humano en cuerpo y alma. Buscarse, encontrarse, expresarse y definirse.

Pero es difícil si tienes los ojos demasiados pequeños y las orejas picudas. Si vives alejada en un bosque infestado de conjuros. Es difícil si eres la bruja mala del cuento.

Blanco como el papel

Estaba inclinada sobre su escritorio tan concentrada que la atmósfera a su alrededor había desaparecido. Su ordenador, su habitación, la casa entera se habían disipado de su mente. Toda su atención la requería el folio en blanco que tenía en frente y en el que iba marcando trazos con un lápiz. Nunca se le había dado bien dibujar. De pequeña era incapaz de colorear por dentro de las líneas, y ahora se empeñaba en plasmar lo que en su mente se repetía hasta la saciedad.

– ¿Qué demonios es eso?- Ella se sobresaltó y buscó de donde provenía esa voz. Notó una mano en su hombro y otra señalando sus garabatos. Reconoció su rostro, pero no supo ubicarlo en un círculo cercano a ella.

– Esto pequeño es una larva. Y esto es un… escorpión blanco. Evoluciona. Al final acaba moviéndose y haciéndose más grande. Crea telarañas por toda la habitación. Y creo que hay alguien más. Pero no consigo saber qué le pasa. Supongo que no tiene mucho que hacer contra algo así.

– ¿Siempre sueñas lo mismo?- Se extrañó Pete.- Ya me has contado otras veces el mismo sueño.

– A veces no es solo un sueño.- Murmuró casi para sí.- No veo escorpiones, pero sí figuras blancas. Como tu pelo.- Le miró de reojo. No se atrevía a observarlo directamente.- A veces aparecen y dicen cosas que no comprendo. Otras me preguntan quién soy. Otros me asustan. ¿Qué crees que significa mi sueño?

– A lo mejor tanto ver el canal de historia te ha frito el cerebro.

– Eso es lo que dice mi madre.- Le tembló el labio y seguidamente la mano que sostenía el lápiz. Lo soltó y juntó las manos en su regazo.

– Eso es porque ella no te pregunta qué dibujas. Si supiera tus sueños te tendría miedo. Tantos monstruos, tanta maldad.- La mano en su hombro se tensó apretando tan fuerte que le hizo daño. Aquella voz se volvió oscura. Ya no parecía venir de un muchacho.- Si tu madre supiera de lo que eres capaz de crear…

– ¿Tú eres el…?- No pudo pronunciar la palabra porque la voz se le quebró.

Miró su dibujo con temor. Creía que sus criaturas se iban a volver reales de un momento a otro. Que el escorpión albino iba a saltar del papel y le clavaría su aguijón. Sin embargo el veneno ya corría por sus venas. Aquel artrópodo ya le había perforado con sus uñas.