Para Fiyero

Sin buscarlo y sin pensarlo,
andando por este camino al que llamamos vida.
Sin razón y sin sentido,
llegué a ti siguiendo mis baldosas amarillas.

Y mi mundo pequeño,
plagado de matices y de estrambóticas fantasías
fue haciéndose más grande,
consistente, me descubriste nuevas maravillas.

Ya no hay magos que perturben mi mente,
esa que a veces se da la vuelta y se oscurece,
que cree ver leones cobardes y niñas en globo,
ahora estalla en colores si te mira a los ojos.

Ya no hay casas arrancadas por vientos violentos,
ni miedo ante los huracanes que el cielo traiga,
has desplegado tus alas como si fuera magia,
iluminando mi piel al estar cuerpo con cuerpo.

Ya no hay brujas verdes, ni malvadas hadas,
me has puesto los zapatos rojos para ahuyentarlas,
y este poema, como un conjuro, es un anhelo
porque a veces se queda corto decir un simple te quiero.

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Mis certezas

Tengo un te quiero en la garganta,
rebotando en las paredes
y dividiéndose como un fuego artificial.

Tengo las ganas de quererte multiplicándose en mi estómago
y lanzando luces de neón de lo que te quiero abrazar.

Tengo tantos besos con los que recorrer tu piel
que dudo que jamás me llegue a cansar.

Tengo mis manos temblorosas
deleitándose con el pensamiento de volverte a tocar.

Tengo el corazón en llamas,
henchido,
orgulloso de poderte amar
y ser correspondido.

Tengo la certeza del destino,
del camino que nos une,
tanto del tuyo como del mío.

No te acabes nunca

Esta mañana, al irte, me ha entrado una nostalgia que hacía tiempo no sentía. Por eso me he sentado en las escaleras de la entrada de nuestro modesto piso y me he puesto a escribirte las palabras que ahora anegan mi corazón. Porque verte alegra el día más nublado, y aunque llueva, al irte me dejas el sol más brillante. No puedo estar más agradecida por tenerte, aunque no te lo diga nunca. Qué idiota soy, ¿no te lo parece? Por la persona que dejaría todo e iría hasta el fin del mundo, es a la que menos le digo cuánto me hace sentir.

Porque eres como un buen libro, uno al que solo quieres añadir más y más páginas de lo que te está gustando; como cuando quieres leer mucho y rápido para saber más pero temes acabarlo demasiado pronto; sí, así siento que es nuestro tiempo juntos. Como una preciosa historia en la que me entretengo saboreándola lentamente, y otras veces, directamente la devoro como el chocolate. A mordiscos, rápido y de forma salvaje.

Pero sé que hay mucho más que no sé, que siempre existirá ese misterio ante lo incierto, esa inseguridad ante lo que ocurrirá entre nosotros. Con bastante frecuencia te extraño, aunque no lo oigas de mis labios. Sobre todo cuando se acerca el momento de separarnos, porque va creciendo una nostalgia terrible. No he soltado tus manos y ya lamento estar separados.

Es como cuando te observo a escondidas y me doy cuenta de esos detalles que a veces paso por alto por la costumbre. La manera en la que te peinas, en la que te das el visto bueno frente al espejo, tus gestos al decidir qué pedir de una carta, cuando asoma la madurez en tus aspiraciones y elecciones y me hace sentir orgullosa de la persona que eres… Son micro expresiones que me enamoran incesantemente. Y tu forma de reír, que me da la vida. Si te añoro teniéndote, sin sonrisa no sé qué haría.

Porque como todo lo bueno, temo que te extingas. Que la mano que nos escribe un camino juntos decida dividirlo. Que un día algo dentro deje de latirte como lo hace ahora. Que no se acelere al acercarme a besarte o al rozarte, que no quieras verme ni hablarme. Que no sepa qué hacer para retenerte como antes.

Eres un gran libro. Con la mayor de mis aventuras, con el amor del que siempre he oído hablar y con la suerte de estarlo sintiendo. Eres la mejor de las historias.

Y es lo que te pido. Que no te acabes nunca.

Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

Hilos rojos

Dicen que el destino ha tejido las almas de las personas que están predestinadas con un hilo rojo. No se sabe con qué propósito ya que algunas, a pesar de todo, no podrán estar juntas.

Pero en mí ha dado unas puntadas tan exactas que puedo tocar los bordes y sentir su rugosidad. Y al mirarle a él veo claramente su halo tintado de pequeñas marcas rojas a su alrededor. Sin duda alguna aquello nos hace abrir los ojos ante el amor, querer sentirlo, querer tenerlo. Se dilatan nuestras pupilas. Nuestras manos tienen dependencia. Nuestra piel se queja.

Siento que en la distancia esas puntadas tiran. Y en la cercanía se sueltan para unirse. Y en esa fusión se desenredan los besos de quien extraña, los abrazos de quien ama, las palabras de quien venera. Y aunque aquel hilo nos pacifique y a veces nos duela, y aunque durante mi vida sea atravesada por mil cuerdas, mis manos solo se empeñarán en seguir una.

La nuestra.

Amoldar el corazón

Le dije que probara a introducir su pez en un vaso de agua, y después que lo volviese a meter en su pecera. El pez se estuvo quieto, resignado en su pequeño espacio, procurando acomodarse a ese recinto estrecho donde apenas podía moverse. Una vez regresó a lo que él reconocía como su hogar, comenzó a nadar y recorrió de nuevo todo aquel terreno conocido.

Le dije que imaginara si lo soltara en el mar. Qué de cosas podría hacer. Qué de espacio para moverse e interactuar. Entonces, cogí su mano y le atraje hacia mí dándole un cálido abrazo.

<<Ocurre lo mismo con el amor>>, le conté. Y él entonces volvió su rostro hacia mí, intrigado por mis palabras.

<<No lo entiendo, abuela>> admitió, esperando que me explicara.

<<Cuando una persona se da cuenta de que quiere a otra, siempre actúa de la misma forma. Intenta por todos los medios quedarse lo más cerca posible, atesorando cada momento, y vaya que es correspondido ese acercamiento. Pero si ese amor crece, muchas personas no saben que han de amoldarse, pues de otra forma, ese amor, como tu pez, acabará por empequeñecer, por quedarse quieto. ¿Entiendes ahora mejor?>>.

Él bajó la cabeza, pensativo. Se restregó la nariz con la manga de su jersey y luego volvió a alzar la cabeza para preguntar:

<<¿Crees que eso es lo que le pasó a mamá? ¿Que se marchó porque papá no dejó que creciera?>>.

Iba a decirle que sí. Y no solo eso, pues tenía muchos reproches más. Pero el niño ya había pasado un calvario con su separación. ¿No había sido suficiente castigo que se hubiesen deshecho de él y dejárselo a ella para que lo cuidara?

<<Hay muchas razones, mi tesoro. Tu madre siempre fue gaviota y tu padre agricultor. Una surca los cielos en libertad, mientras otro se queda en el mismo sitio viendo su fruto crecer. No son muy compatibles, ¿entiendes? Ninguno va a perder su naturaleza por estar con el otro. Tienen que encontrar a alguien que sea completamente igual>>.

El niño suspiró.

No iba a ser ella la encargada de matar el deseo de amar de aquel muchacho. Se daría cuenta cuando creciera de que las cosas no son como en los cuentos. Y, si tenía suerte, quizá sí que descubriera que los cuentos tienen más de verdad que la vida misma.

Encantada

Podría no comprender por qué sucedió. En realidad, no lo supe enseguida porque no me lo llegué a cuestionar. Fui una víctima de lo inesperado. De lo mágico y maravillosamente inesperado. Porque simplemente llegó de puntillas y ocurrió. El que me salieran unas alas en la espalda, que sintiese purpurina caer en el pelo por primera vez. Que dejara mis peores partes al descubierto y que las besaras con devoción. Que arreglaras mis grietas, los vacíos que agujerearon mis complejos durante años. Que mi pecho se inundara de una ilusión inusitada y prácticamente infantil.

Podría no comprenderlo, como no es comprensible esta nube en la que me has instalado. Que me sienta flotar y feliz. Y tú solo me pediste una razón para quedarte, y yo solo supe decir que me hacías mejor. En ese momento aún no lo entendía, pero pronto me sorprendí decubriéndome sonreír. Encantada con mis pasos, con los nuestros, con sujetar tu mano y tú la mía, con compartir los pequeños momentos espontáneos en el que el mundo se queda en segundo plano para darnos intimidad al darnos un beso.

Bendito el camino recorrido y las piedras con las que tropecé. Los desvíos tortuosos, las noches sin dormir y las tardes de no parar de llorar cuando me acechaba la soledad. El dolor, la angustia, la incertidumbre. Lo que no cambiaba, porque me ha hecho ser así. Que tú me encontraras como soy, que te enamoraras de esa persona, con ese pasado. Quizá no lo hubieras hecho si hubiese sido diferente.

Y, por ello, estoy encantada de mirar al presente y ver un futuro.

Estamos hechos de estrellas

Es extraño cómo nos centramos en nuestra propia oscuridad y nos dejamos consumir por ella. Es extraña la manera en la que egoístamente nos herimos a nosotros mismos. Cuando en realidad todos estamos hechos de pequeñas estrellas. Las intentamos apagar a placer sin ser conscientes del mal que aquel acto conlleva. Y no solo para uno mismo.

Porque tenemos el poder de crear luz, de que aquellos fragmentos salgan de nosotros brillando y contagiando su paz. Nos cuesta querer ver las luces de los demás, pero ahí están, bailando a nuestro alrededor buscando las grietas para colarse dentro.

Somos unos ridículos. Porque esos haces curan más que mil medicinas. Son unas manos que palian el daño, que sanan con su cercanía. Somos ciegos. Solo nos preocupa nuestro interior, cuando lo que nos da felicidad es el interior de las otras personas. ¿Qué hay mejor que una sonrisa de aquel al que quieres? ¿Saber que está bien?

Porque nos perdemos en nuestro dolor y solo necesitamos ser valientes para aceptar que alguien nos busque. Cuánto cuesta reconocerlo, ser consciente de que el bienestar no lo crea uno mismo. La paz se consigue con amor, si nos dejamos tocar por las luces de los demás. Porque no siempre es fácil la vida, pero así hace que merezca la pena.

Certeza y flaqueza

No sé si puedo flaquear, tomarme esa licencia. No me gusta pensar que hoy me apetecería, de verdad, poder rendirme. Durante un rato. Tener la libertad de dejarme embargar por la melancolía. No sé en realidad por qué, si por añoranza, envidia o cansancio. Pero siento el corazón hundirse un poco en mi pecho.

Supongo que al final sí soy una ilusa. Pienso que todo va a ser como las historias de amor que leo en mis libros. Todo tan fácil, tan excitante y espontáneo, tan cierto. Pero no es así. Me gustaría amar como si nunca me hubiesen herido. Como si fuese la primera vez y sentir esa emoción. Saberme convencida de que donde me encuentro es la más maravillosa de las aventuras.

Me gustaría ser uno de esos personajes donde, a pesar de que estén hundidos, sabes por dentro que el narrador no les dejará sin su final feliz. Que amarán, que conseguirán sus objetivos, que nadie más les hará caer. Y que aunque caigan, se podrán levantar.

Amar crea alas

Dejarse caer en el amor es tan fácil como soñar. Porque te conviertes en una pequeña pluma pálida que flota delicadamente hasta posarse en el pelo de un travieso niño pelirrojo.

El amor en sí es como aquel pequeño. La pluma debe sostenerse en esa superficie tan poco estable, dando bandazos y sujetándose como puede a aquellos cabellos. Porque corre, salta, hace el pino y nada. Y a pesar de la fatiga, es satisfactorio lo mires por donde lo mires. Sobre todo cuando descansa. Porque puedes mesarle la melena y acariciar su rostro. Verle dormir sin pesadillas es el mayor regalo. Y sentir sus lágrimas la más amarga de las sensaciones.

Aunque aquel pequeño aún no lo sepa, si decide peinarse o despeinarse influirá en todo. La pluma puede caer eternamente recorriendo aquel cuerpo, chocando con sus extremidades hasta quedar arrugada y de un color grisáceo. La muerte del amor se convierte en capricho de aquel inocente que juega y se divierte. Que pisa otras plumas.

El amor es delicado y que esté en unas manos como esas, hace que haya que ir con mucho cuidado y con mucha seguridad. Hay que agarrarse bien y no dejarse soltar.