La duplicidad del adiós

Hay palabras que no tienen un significado positivo. Que directamente marcan con una nota clara la inevitabilidad de su definición, como la muerte. Y hay palabras que son ambiguas, que dependen de la situación, de las consecuencias o de quién las diga.

Esto es lo que ocurre con la palabra adiós. Es confusa, indeterminada, imprecisa. Puede resultar ser un hasta luego o un no nos volveremos a ver jamás. Y ese miedo es el peor que alguien pueda sentir, el de la incertidumbre. Porque siempre cuando se piensa en el dolor, es más intenso en nuestra imaginación que cuando en realidad se siente. La mente nos tortura y nos pone sobre los hombros el peso de la culpa. ¿He dicho o hecho lo posible por darle  a esa palabra la connotación menos tajante? ¿Ha quedado claro que no quiero que sea un adiós definitivo?

Y, aunque a veces se haga todo lo posible. Es la vida quien tira del hilo de las despedidas y vuelve fulminante su definición. Por mucho que quieran las personas. Por mucho que hagan. A veces el adiós se impone como una barrera imperturbable, como la única y descorazonadora solución.

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Certeza y flaqueza

No sé si puedo flaquear, tomarme esa licencia. No me gusta pensar que hoy me apetecería, de verdad, poder rendirme. Durante un rato. Tener la libertad de dejarme embargar por la melancolía. No sé en realidad por qué, si por añoranza, envidia o cansancio. Pero siento el corazón hundirse un poco en mi pecho.

Supongo que al final sí soy una ilusa. Pienso que todo va a ser como las historias de amor que leo en mis libros. Todo tan fácil, tan excitante y espontáneo, tan cierto. Pero no es así. Me gustaría amar como si nunca me hubiesen herido. Como si fuese la primera vez y sentir esa emoción. Saberme convencida de que donde me encuentro es la más maravillosa de las aventuras.

Me gustaría ser uno de esos personajes donde, a pesar de que estén hundidos, sabes por dentro que el narrador no les dejará sin su final feliz. Que amarán, que conseguirán sus objetivos, que nadie más les hará caer. Y que aunque caigan, se podrán levantar.

Delirios

Tiene unos ojos mágicos que cambian de color. De marrón a verde cuando les da el sol y cuando una telilla de lágrimas los cubre se aclaran aún más. Si los miras encuentras la orilla del mar y el fondo donde hundirte si no te andas con cuidado. Te encuentras atrapada entre la maleza y los suaves destellos de canela. Te abren el espacio donde la gravedad se anula y ves las estrellas sobrecogida.

Ojalá que el tiempo no los cambie. Que sigan conteniendo esa magia que los hace especiales. Ojalá pudiera verlos casi cada día, como antes. Los echo en falta.