Por fin la vi

No la esperaba pero la vi, ahí delante de mí, tan hermosa como siempre. Hacía tiempo que no aparecía y por fin pude ver su rostro de nuevo. Fue como ver una luz en medio de un túnel largo y oscuro, como contemplar una estrella fugaz y ver cumplido tu deseo, fue una alegría inesperada que hizo latir más fuerte mi corazón.

―Qué guapa estás ―le dije acariciándole la mejilla.

Ella sonrió. Tenía una sonrisa que te calmaba el alma.

No tenía palabras para expresar lo que suponía ese reencuentro, sólo me quedé observándola, memorizando cada facción, cada gesto, cada movimiento. No quería perderme nada. Pero entonces me di cuenta. Una sensación de tristeza comenzó a recorrer cada parte de mi cuerpo haciendo que las lágrimas brotasen sin control por mis ojos.

¿Por qué? ¿Por qué te tienes que marchar? Quédate un rato más, por favor.

Inevitablemente su imagen se esfumó. En ese mismo instante desperté, sintiendo un fuerte dolor en el corazón, de esos que te destrozan más que cualquier dolencia física. Ella ya no estaba, y yo apenas la sentía ya.

Se había pasado a verme para que pudiese continuar un tiempo más sin ella, se había pasado a verme para que no se me olvidase su cara, se había pasado a verme porque nunca se ha ido de mi lado. Se mantiene ahí como un ángel de la guarda, aislada para que la nostalgia no se convierta en un dolor insoportable y permanente, para que el tiempo calme su ausencia y su presencia no duela sino cure.

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Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

Zapatillas de ballet

Se sentó en el suelo, estiró los brazos y tocó sin esfuerzo las puntas de sus pies. No tendría que estar en esa prueba, si no en clase. Sin embargo algo dentro latía con el deseo de probar suerte. ¿Y si descubría su pasión? Siempre había adorado el ballet y más ahora que había aprendido a controlar del todo su cuerpo. Pero surgía aquella duda en su interior porque si pasaba la prueba para entrar en la compañía tendría que dejar la universidad. Con lo que le había costado encontrar algo que le encantaba de verdad estudiar.

Sin embargo estaba allí, estirando con el resto de candidatas, guiada por un deseo. Movida por las pasiones del corazón.

Escuchó su nombre y quiso apretar un botón para que el mundo se detuviera. Poder probar ambas vidas, ver lo que le acontecería con cada una. Pero debía elegir en ese segundo en el que su mente le decía que se marchara y el corazón que siguiese sus instintos.

El hilo de la vida

Cogió del cesto un ovillo de lana del color de mis ojos. Miró hacia el infinito y allí lo lanzó sin esfuerzo. Sujetó la punta del inicio con sus dedos y me lo pasó diciendo que debía recorrerlo hasta dar con el final. Era un circuito cerrado que, una vez terminado, me dejó de nuevo a su lado.

“¿Y ahora?” le pregunté.

“Ahora puedo lanzar otro destino, pero a lo mejor te gusta menos. A lo mejor te gusta más. Lo que es cierto es que no vas a poder traspasar los límites de lo escrito. Estos son tus deseos frustrados, estos son tus sueños cumplidos.”

“Puedo tirar del hilo” reflexioné “así podría conseguir lo que en otra vida no tendría. Me daría más amplitud de movimiento para alcanzar mis otras metas.”

“Si tiras del hilo, llegarás al final antes de tiempo.”

Así fue como la vida me dijo “no, no todo lo puedes tener”.

Lazos de arena

En el momento en el que te conocí se giraron todos los relojes de arena y el tiempo se detuvo. Por un momento el mundo enloqueció y se cambiaron las tornas. Las mariposas volvían a tejer sus capullos para hacerse gusanos, los ratones perseguían a los gatos, los libros se compactaban para formar árboles… Y por un segundo tú y yo también nos dimos la vuelta y no nos vimos.

Tú te introdujiste en mi estómago dejando aquellas mariposas crecer. Quisiste que me invadiera aquella sensación tan extraña pero reconfortante. Sembraste los motivos por los que el tiempo debía volver hacia delante. Para conocernos y unirnos en unos lazos gigantes. Aquellos que nos dieran la libertad de andar por todo el mundo sin dejar de estar unidos.

Una caladita…

Ni fiarme de mí misma puedo ya. En cuanto pasa un tiempo sin saber de tí, me entra ansia y la angustia me oprime el pecho. Sé que estás bien, pero necesito escucharlo de tus labios. Soy tonta, sí, puede ser. O quizás puede ser que seas tan adictivo que necesito cada vez, más dosis de tu droga. Y sinceramente, no pienso hacer rehabilitación. No entra en mis planes desintoxicarme. Quiero seguir sintiendo mono de ti.