Desastres por amor

Paseaba como cualquier día por el camino de baldosas amarillas. Iba sin un rumbo fijo, pero se había acostumbrado a salir sola a andar. Se acordaba de él, incluso después de tanto tiempo. No podía creer cómo había sido capaz de hacer crecer en ella unas raíces tan profundas. Cómo aún le dolía el pecho al pensarle. Cómo le amaba aunque él no volviese a amarla jamás.

Entonces sintió el viento en sus pies, levantando su falda y deteniendo sus pasos. El sombrero de punta saltó de su cabeza y salió volando. El moño se le deshizo y su larga melena se le pegó a la cara. De pronto el miedo se apoderó de ella al ver cómo las baldosas amarillas se iban levantando del camino y salían despedidas hacia el cielo. Así se dio cuenta del huracán que se le avecinaba y no pudo huir.

Sintió el golpe de una ráfaga de aire y sus pies se despegaron del suelo. Fue zarandeada y golpeada hasta que sintió que caía libremente. El sol se oscureció. Se desplomó en la hierba y aquella casa de madera cayó sobre ella. En ese último segundo de aliento, en el último segundo de vida, no pensó en sus zapatos rojos mágicos. Pensó en él. Era la misma sensación que le provocaba recordarle. No podía respirar, y una pata del sillón se le clavó en el corazón.

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