Regreso

Nunca creí que las cosas ocurrían por una razón. Sin embargo sé que tú has aparecido en mi vida porque teníamos que conocernos, tenías que sacarme de allí, tenía que ser tuya. Cada mirada estaba predestinada, cada caricia estudiada, cada beso saboreado.
Quien sea el que escriba el futuro, conmigo ha hecho un gran trabajo. Me ha dado más de lo que nunca he esperado y he esperado mucho de la vida. Lo único que falta es que regreses a casa de tus clases de fotografía y podamos abrazarnos. Quiero tenerte cada segundo cerca porque no quiero perderte, no quiero que esto sea un sueño y que despierte en el mismo lugar de mis pesadillas. Necesito poder decirte te quiero al oído, ahora que he aprendido a hacerlo con sincera naturalidad. Y si realmente las cosas ocurren por una razón, espero que tu razón no se vaya nunca. Te necesito. Te quiero.

Quizás si mi corazón parase de repente, no me dolería como lo hace.

Pero, sinceramente, prefiero que me duela tanto, que me explote en el pecho con cada caricia tuya. Prefiero seguir respirando tu aroma, seguir recordando el lugar exacto de tus lunares. Porque te puedo describir si cierro los ojos, porque siento que te veo en frente. Sé cuánto miden tus antebrazos, el grosor de tus labios, sé que el vello se te eriza si te hago cosquillas lentas por la espalda. Sé que en tu rodilla izquierda tienes una pequeña cicatriz, reconozco la forma en la que te frotas la nariz. Puedo describirte de arriba abajo con todo lujo de detalle, porque incluso a veces me pregunto si no te habré creado yo. Tan perfecto, tan ideal.
Y el tiempo, ¿quién lo habrá creado? ¿Por qué no creó lo infinito también? Supongo que esto último lo creamos nosotros, nuestros sentimientos, nuestro corazón. Quiero que duremos, tú y yo, en el tiempo, en todo. Que todo nos pertenezca, que sea nuestro. Infinito.

¿Ambiciosa? no, una enamorada.

Guerras en pareja

No lo hacíamos bien. Nos heríamos mutuamente y continuábamos a pesar del mal que nos infligíamos. Pediamos más del otro de lo que realmente nosotros dábamos. Pedíamos más esfuerzos que sonrisas, que besos. Y aunque teníamos el corazón sangrando de dolor, aguantábamos sin darnos cuenta de lo que ocurria, de lo que nos pasaba. Seguíamos apuñalando nuestras almas con exigencias estúpidas, como si mereciésemos más, como si no tuviésemos suficiente con vernos respirar. Y el estómago soportaba estar estrujado en nuestras cajas torácicas por el miedo a que no pudiésemos satisfacer al otro, por miedo a que el otro se cansara, por miedo a que se marchara.
Lo teníamos todo, y todo lo perderíamos si continuáramos así. ¿Qué es lo que te tiene que demostrar el enamorado, sino que te quiere? ¿Qué más?

En el juego del tira y afloja siempre uno gana y el otro pierde. Estábamos empezando a romper la cuerda, y entonces quienes perderíamos seríamos los dos. Hoy nadie cederá, las manos están astilladas y sangrando. Mañana se intentará hablar las cosas y no superarse, sino respetarse. Intentemos curarnos las heridas el uno al otro, démonos pasión y dejemos lo demás a parte.

Margaritas del perdón

Lilí estaba sentada en su butaca, una de esas de las que usaba su abuela para mecerse y tejer jerseys para la navidad. Martín había salido a comprar el periódico y unas margaritas que a Lilí le pintarían una sonrisilla avergonzada en la cara. Habían empezado a compartir casa, confidencias y sus cuerpos.
En el bloque de pisos en el que viven hay una mujer pegada a la mirilla obsevando el rellano las 24 horas del día, también habita una anciana que apenas ve y que vive con sus 13 gatos, y también hay un hombre salidorro que cuando pasa Lilí le silba y le suelta alguna grosería subida de tono. En el bajo está la portera, casada, con dos niños muy rubios y pecosos. Muchos se preguntan cómo viven todos en un cuarto de apenas 30 metros cuadrados.
Martín ha llamado a la puerta y Lilí le ha abierto. Habían tenido unas palabras un tanto desagradables, pero ya se habian reconciliado. Las discordancias surgen, pero se conversan y se van. Son como las nubes, algunas tan cargadas de agua que explotan y otras que apenas son una pincelada blanca, pero al final siempre acaban por irse a otros lugares o se disipan.
No estaban dispuestos a que ninguna nube negra se situara encima de su hogar, así que al menos dentro de su dormitorio, no hablarían y solo se dejarían llevar por la dulzura del amanecer, de las caricias y del calor de sus sábanas. 

Vuelta

– ¡Martín! Me tenías muy preocupada, ¿donde has estado?
Martín la abrazó muy fuerte y estalló en llanto. Solo pudo susurrarle:
– Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite, lo siento mucho Lilí. Siento haberte preocupado.

Lejos

Para Martín:
Cuando leas esto estaré muy lejos de aquí. De todo lo que te rodea, y sobretodo de tus besos. Sabes que mi corazón laterá con más intensidad que nunca para que puedas seguir sintiéndolo vivo. Que mi alma buscará la tuya en la noche. Ya sabes lo mucho que les gusta enredarse en el humo de las chimeneas y esconderse en las farolas juntas. Voy a estar muy cerca, tanto que parecerá que me roces con los dedos. Estaré en tus recuerdos, en cada sonrisa tuya, en cada gesto imprevisto, en todo lo que quieras que te recuerde a mí.
Solo es una pequeña despedida, un hasta luego, pues vuelvo en dos días, pero quiero que comprendas lo duro que se me hace el separarme de ti. Saber que no puedo tenerte cuando quiera, que no puedo abrazarte ni coger un bus hasta tu casa cuando me de uno de mis ataques repentinos de morriña.
Pero volveré, volveré tan pronto que no tendrás tiempo de echarme de menos.
Cuida bien mi corazón, lo he dejado contigo.
Te quiero.

¿Martín?

Lilí se ha despertado sin hacer ruido, como siempre. Así, puede darse la vuelta y contemplar el rostro de Martín dormidito. Adora su rostro angelical. Todo parece borrarse del mundo. Parece que todo lo es él.
Hoy Martín no está en la cama. Lilí busca a su alrededor desorientada. Nunca le ha ocurrido nada parecido en estos 4 meses juntos. Quizás es que no lo conoce tan bien. ¿En qué trabaja… aparte de en un bar como camarero? Sabía que la fotografía le apasionaba, que las películas de tiros le revolucionaban y que ella era su musa. ¿Quizás no sabía tanto de él como si se conociesen de siempre?
Se deshace de las sábanas que aprisionan sus piernas y recorre el apartamento. La única muestra de vida son las plantas que se disponen en las ventanas y… ella, si es que podría mantenerse viva sin su aliento en su piel.
¿Dónde estaba Martín?

Te abrazaré hasta que llores

– Me gusta cuando me abrazas. ¿Sabes? no sueles hacerlo. ¿Te pasa algo? Sí, sí te pasa. Ven aquí, abrázame más fuerte. ¿Mejor? No, claro que no. A ver, dime ¿qué ocurre? ¿No quieres decírmelo? ¿Prefieres que siga abrazándote? No pasa nada. Cuéntamelo cuando puedas… Y ahora lloras. ¿Por qué lloras? No llores mi vida. ¿No ves que si estás triste me pones triste? No, no, no llores más. Venga, que te agarro más fuerte. ¿Quieres un pañuelo? ¿Quieres mi alma para distraerte? ¿Te doy mi corazón para que juegues con él? Si quieres hago galletas para que alegres esos ojos inundados. ¿Ahora sí me quieres contar que pasa por esa mente?

– …

– Vaya… No pasa nada cariño. ¿Sabes? me alegra que finalmente me lo cuentes. Estoy seguro de que ya te encuentras mejor, ¿no? Ahora nos vamos a tumbar en la cama de nuevo y nos vamos a querer más, y vamos a encontrar soluciones, ¿vale? Si, así, muy bien. ¿Te hago cosquillas? Sé que te gustan. ¿Te vuelvo a abrazar? Sí, es lo que necesitas. Ven aquí y lloremos juntos. Pequeña, estoy aquí. Nunca me voy a ir.

Me gusta cuando tu…

…te acercas sin hacer ruido y me besas en el omóplato, y luego me acaricias el hombro y arrastras con él mi tirante. Y se me pinta esa sonrisita tan mona en la cara. Esa de cuando me dices lo bonita que soy y luego no me la puedo quitar de la comisura de los labios en todo el día. Luego dibujas con tus manos calentitas mi cintura y cierro los ojos dejando mi cabeza mecerse con el ritmo de tu corazón. Sé que a ti te encanta tumbarte y apoyar el oído en mi pecho. Dices que así se sabe si uno miente o dice la verdad cuando dice te quiero. Entonces yo te lo digo, y siempre dices que miento. Y sonríes ampliamente porque sabes que es mentira. Yo te quiero más que a nada en este mundo.
Y recorres las curvas de mi anatomía con los labios. Sabes que al levantar la cabeza para mirarme, yo estaré exhalando placer por cada poro de mi cuerpo. Eso te gusta, aunque te de vergüenza reconocerlo.
Me gusta cuando tomas las riendas y me agarras con fuerza junto a tí. Y siento tu cuerpo. Tan cálido y decidido. Y creces y ya no estoy contigo, sino conmigo. Porque nos fundimos y somos solo uno. Encajamos de manera armoniosa y perfecta. Adoro fundirme, porque es cuando consigo entenderlo todo. Que no te quiero, que no viviría contigo. Y es que yo te amo, y moriría por ti.
Y te despegas de mí. Pero te cojo con fuerza con las piernas sin que puedas resistirte y entonces, te acerco para un último beso más. Me da vergüenza admitir lo que siento cuando estoy así contigo. Siempre quiero más.

Tu mirada me hace grande

– ¿Qué haces aquí? No te he llamado.
– Lo sé. Pero necesitaba verte. Tenía un pálpito. Y era verdad.
Lilí deja que pase. Está empadado. Afuera debe de estar lloviendo lágrimas. Quizás el cielo sea el reflejo de cómo se siente ella.
– Te voy a traer una toalla y ropa limpia.
– No. Antes prefiero que te seques tú. Esos ojos. Esa mirada que me hace sentir grande.
Martín la abraza fuertemente. Le da igual empaparse más. Estará con ella hasta que su cuerpo no guarde más tristeza. Después puede que le cuente qué ocurre. Por ahora Martín se contenta con verla sonreír. Para poder volver a mirarla fijamente y sentirse de nuevo cálido sujetando su mirada.
Lilí no entiende cómo sabía que se encontraba mal. Sin embargo agradece cada muestra de afecto, cada caricia y cada abrazo que le da. Se ha quedado muda de tantas cosas que le quiere decir. Por lo que prefiere sonreírle y expresar lo mucho que lo ama con los labios.
– Gracias, Martín.