Creaciones a golpe de letra

No había visto jamás a otra criatura semejante, pero ahí estaba. Melena oscura por los hombros descubiertos, mirada curiosa e intensa, labios inconformistas y un cuello esbelto decorado con multitud de collares; así que no había sido extraño que se fijara en ella si cada vez que se daba la vuelta en aquel taburete frente a la barra se oía el golpeteo de las cuentas.

Y ahí estaba él. Con las gafas apretadas en el puente de la nariz, de olor penetrante a papel y tinta, con un traje claro que le quedaba algo grande. Había pedido una copa de vino mientras observaba agazapado en la esquina de la cafetería, libreta en mano y aguzando sus sentidos. En especial el de la vista y el oído.

Algo tuvo que llamar su atención poderosamente, porque cuando sus ojos se encontraron, ninguno fue capaz de despegarlos.

Ella le dedicó la más grandilocuente de las sonrisas, y se le acercó con una seguridad mal camuflada. Creía que, con aquella nueva blusa, podía conseguir lo que se propusiera, por eso se atrevió a hablarle. De otro modo, no habría podido sentarse en aquella mesa apartada y casi escondida del resto. Aunque, sin duda, proporcionaba la mejor de las vistas. Desde esa posición privilegiada, podías ver casi sin ser visto.

Por eso él estaba ahí, para verla a ella. A la que revivía cada vez que bajaba la vista y apuntaba en su hoja llena de garabatos, de letras juntas, tan prietas que parecía que no había espacios.

Lo que nunca dejaría era que ella echara un vistazo a su libreta, porque si lo hiciera, desaparecería. Él no podía permitir que algo como ella, no existiera, aunque en realidad, fuera cosa de su imaginación.

En ese momento, volvió su bolígrafo al papel y decidió que, la cafetería en la que estaban, sería un restaurante con música en directo y con mesas separadas por biombos. Ella, entonces, al ver su halo de misterio, su mirada deseosa de su cuerpo, su mente llena de preguntas sobre la suya, se lanzaría a besarle hasta llegar a su alma…

Se secó los ojos, húmedos como cada noche. Vaciándolos de fantasías, de historias que inventaba, de personajes que se preocupaban, de familia que no existía.

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Desastres por amor

Paseaba como cualquier día por el camino de baldosas amarillas. Iba sin un rumbo fijo, pero se había acostumbrado a salir sola a andar. Se acordaba de él, incluso después de tanto tiempo. No podía creer cómo había sido capaz de hacer crecer en ella unas raíces tan profundas. Cómo aún le dolía el pecho al pensarle. Cómo le amaba aunque él no volviese a amarla jamás.

Entonces sintió el viento en sus pies, levantando su falda y deteniendo sus pasos. El sombrero de punta saltó de su cabeza y salió volando. El moño se le deshizo y su larga melena se le pegó a la cara. De pronto el miedo se apoderó de ella al ver cómo las baldosas amarillas se iban levantando del camino y salían despedidas hacia el cielo. Así se dio cuenta del huracán que se le avecinaba y no pudo huir.

Sintió el golpe de una ráfaga de aire y sus pies se despegaron del suelo. Fue zarandeada y golpeada hasta que sintió que caía libremente. El sol se oscureció. Se desplomó en la hierba y aquella casa de madera cayó sobre ella. En ese último segundo de aliento, en el último segundo de vida, no pensó en sus zapatos rojos mágicos. Pensó en él. Era la misma sensación que le provocaba recordarle. No podía respirar, y una pata del sillón se le clavó en el corazón.