Perderme en el infinito

El cielo nocturno se abre ante mí como una masa oscura e impenetrable. Inmenso. Parece comerse todo lo que cruza por él, y que no hay nada más allá. Como un monstruo voraz que se sostiene sobre nuestras cabezas. Y sin embargo me trae destellos lejanos. De luces que ya ha devorado, de luces que agonizan y sufren por no apagarse. Por no ser sepultadas en la negrura.

Lo contemplo con la mirada vacía, tal y como me siento por dentro. Por muchas estrellas que pueda tragarme no creo que pueda volver a brillar. No creo que pueda recuperar aquella luz que decían que tenía. No volverán los tambores a sonar en mi pecho ni deslumbraré cuando sonría.

Siento que piso el mundo. Con estos pies torpes y desnudos. Que soy un titán aplastando tejados, parques, fábricas de sueños. Siento que puedo saltar a esa espesura infinita y perderme. Dejar de seguir contemplándola y moverme de una vez. De nada me sirve coleccionar estrellas para que no mueran. Yo no puedo protegerlas, solo me sale mirar el cielo y verlas apagarse irremediablemente.

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Los que se enamoran viven por siempre

A veces me asalta la idea de si debería odiarte, de si debería obligarme a olvidarte si no es lo que ya estoy haciendo aunque no sirva de nada. A veces creo que estoy a punto de morir, a veces directamente no siento nada y pienso que así es como me sentiré siempre. Que no podré volver a sentir nada por nadie. Y entonces hay ratos en los que estoy bien. De pronto he empezado a sentirme así en algunos momentos. Y es en ese estado en el que te pienso y me digo que no voy a olvidar porque prefiero hacerte inmortal. Porque lo has sido todo y mereces vivir por siempre.

Supongo que la culpa al final es mía, al final es nuestra. De los enamoradizos, de los que nos ilusionamos y lo damos todo. Damos demasiado poder a las personas. Poder para destrozarnos. Les regalamos cada pequeño trozo de corazón, cada recuerdo infeliz y feliz, les confesamos nuestras debilidades, nuestras pasiones, nos sometemos a sus palabras y a sus cuchillos. Y lo hacemos con gusto. Lo hacemos de nuevo incluso si ya nos van enseñando el arma que usarán para herirnos después.

Pero como quien dice, amar nos ciega. Amar nos mata. Pero sólo el amor nos revive. Y al final, quien no ama, ya está muerto.

Desastres por amor

Paseaba como cualquier día por el camino de baldosas amarillas. Iba sin un rumbo fijo, pero se había acostumbrado a salir sola a andar. Se acordaba de él, incluso después de tanto tiempo. No podía creer cómo había sido capaz de hacer crecer en ella unas raíces tan profundas. Cómo aún le dolía el pecho al pensarle. Cómo le amaba aunque él no volviese a amarla jamás.

Entonces sintió el viento en sus pies, levantando su falda y deteniendo sus pasos. El sombrero de punta saltó de su cabeza y salió volando. El moño se le deshizo y su larga melena se le pegó a la cara. De pronto el miedo se apoderó de ella al ver cómo las baldosas amarillas se iban levantando del camino y salían despedidas hacia el cielo. Así se dio cuenta del huracán que se le avecinaba y no pudo huir.

Sintió el golpe de una ráfaga de aire y sus pies se despegaron del suelo. Fue zarandeada y golpeada hasta que sintió que caía libremente. El sol se oscureció. Se desplomó en la hierba y aquella casa de madera cayó sobre ella. En ese último segundo de aliento, en el último segundo de vida, no pensó en sus zapatos rojos mágicos. Pensó en él. Era la misma sensación que le provocaba recordarle. No podía respirar, y una pata del sillón se le clavó en el corazón.