Apuñálame

El corazón está atravesado por miles de cristales. Cada uno es una persona. Ocurre que a veces uno de esos cristales se revuelve e incluso que quiere salir, ocasionando el llanto ensangrentado de ese órgano vital. Pero por encima de todos, existe un cristal. Uno solo. El más grande y el más afilado. Ese que aunque no se mueva, tu lo notas. Incluso a veces quema, incluso a veces duele. Es el del ser amado. El que atraviesa de un lado a otro a los demás cristales.
Así, Any ha decidido que en vez de un corazón humano, lo quiere de espuma para que no note los rasguños. Aunque se da cuenta poco a poco que sí quiere sentir uno. Un arañazo que le recorra sus finas venas infantiles. Un cristal que penetre y rasgue la estructura de sus sentimientos, que los despierte. El amor lo creía como algo prohibido para él, algo que nunca sería suyo, que no podría conocer ni sentir.
Esa niñita, sí. Lucharía por ella, quería que lo atravesara. Quería sentir la punzada, que se revolviera en su interior, que la sintiera viva, que correteara a sus anchas por su mente, que hiciese garabatos en su estómago. Quería estar con ella, enamorarse de ella.

Dibujo mal los garabatos

Any ha empezado las clases en su colegio. Lleva un uniforme azul oscuro y una corbatita a juego. Hoy, al igual que los días próximos, Roger le deja con una hora de adelanto. Por lo que se va a la guardería de la primera planta y ahí ayuda con los niños que se quedan temprano. Abre la puerta con pesar y recorre la estancia con sus ojos grisáceos. Solo hay una niña dibujando en el suelo. Mientras lo hace tararea una melodía alegre y mueve las piernas. No hay ninguna cuidadora en la sala, por lo que se acerca a la niñita.
– ¿Estás sola?
– Nana ha dicho que venía en un momento.- Levanta sus pestañas para verle mejor. Su voz es muy aguda y sus coloretes brillan como los ojos de los patos al ver el agua.- ¿Cómo te llamas?
– Any.- ella le sonríe y continúa dibujando. Any abandona su mochila en una colchoneta verde muy cerca de la chiquilla con coletitas. Y se sienta alejado de aquella alegría inusual en su vida.
– ¿Tú siempre vienes tan temprano? Me refiero a que nunca te he visto.
Any le vuelve a prestar atención.
– Sí, bueno, es que hoy hemos empezado las clases. Y por eso…
– Entiendo. Charlotte me deja aquí algún día, solo cuando tiene citas o reuniones importantes. Le gusta estar conmigo, aunque ahora que se le ha hinchado la tripa ha empezado a hablar sola y a veces le dice lo mucho que le quiere al tesoro que guarda ahí dentro.
– Te refieres a que está embarazada.
– No sé como estará, pero yo creo que el tesoro del que habla tiene que ser una especie de perro porque a mi me dice que cuando nazca podrá jugar conmigo y hacerme compañía.
– No es un perro lo que va a nacer, sino un hermanito para tí.- se burla Any.
– Pero yo no quiero un hermanito, ya se lo he dicho a mamá. Ella necesita más un hermanito que yo. Ella sé que se siente sola porque papá la abandonó cuando me compró, y creo que por eso piensa que yo puedo necesitar un hermanito, pero no lo necesito. Ella se siente sola, no yo. Yo la tengo a ella y a mis dibujos. Es suficiente.
Any ríe sonoramente.
– Qué risa más rara.- se queja la niñita.- Se nota que no te sueles reir. ¿Por qué?
Any enmudece y parece desaparecer de lo pálido que se ha quedado.
– No me gusta reir porque me rio mal.
– No es necesario que te enfades. Lo que te vendría bien es un poco de práctica. Ya verás luego que bien, ya verás, prueba conmigo.
Mira su dibujo y empieza a reir estridentemente y de una forma tan alta y contagiosa que hace que Any sonría y casi se ría con ella. Cuando para de reirse, lo mira.
– ¿Qué has dibujado que te hace tanta gracia?
– Es el señor conejo-elefante-sapofeo.
– ¿En serio? pero si ahí no se ve nada, no son más que garabatos.
– Es que el señor conejo-elefante-sapofeo, es un garabato.
Y pensando que la niña utiliza el recurso de la ironía, se ríe con ganas.
– ¡Vaya! Any, si yo pensaba que eras mudo, y ahora te veo ahí tan charlatán y divertido. ¿Sabes que así estás mucho, pero requetemucho más guapo?
Nana, la cuidadora, acaba de entrar en la estancia decorada con grecas de colores primarios. Any se levanta sobresaltado, agarra su mochila, y sale disparado de la sala cerrando la puerta tras de sí.
– Momo, ¿he dicho algo malo?
– No, nada.
– Entonces no entiendo su reacción. Ese chico nunca habla con nadie y por una vez que veo que sí… le da vergüenza y se va.
– No, no te confundas Nana, yo era la que hablaba, él aprendía a reir.

La primera vez fue la más dolorosa

Any ha ido por primera vez al teatro con sus padres. Mamá le ha puesto el traje que le compró ayer. Hecho a medida puesto que Any solo tiene 6 años. Papá le ha prometido ir a ver el domingo que viene jugar a su equipo favorito de fútbol.
La función trata de cosas de adultos que hacen gracia. Any realmente se rie porque no suele ver a sus padres riendo y le parece algo único que debía de disfrutar. A mitad de la función, se han apagado las luces y Any se ha agachado en su butaca. Ha escuchado varios disparos y se ha asustado tanto que se ha puesto a llorar. Siente la mano de mamá en la cabeza. Seguro que es parte de la función. Las luces se han encendido y las personas se han levantado y han comenzado a gritar. Any mira a su madre que está recostada en la butaca. Se está convulsionando y con la otra mano se agarra el pecho con fuerza.
– ¡Mamá!
Any se ha levantado y siente aun mas miedo que antes. Se ha quitado la corbatita que horas antes mamá le había atado con cariño. Uno de esos nudos que dicen lo mayor que te estás haciendo.
Ha visto una película de médicos. Siempre dicen que hay que apretar las heridas.
– No, hijo mío. No me veas así. Date la vuelta y deja que te abrace.
Any ha comenzado a llorar. Se ha sentado en su butaca y mamá lo abraza muy fuerte y comienza a llorar tambien.
Papá ha desaparecido. Su sitio está vacio y manchado de sangre. A mamá le empiezan a temblar las manos. Habla con gran esfuerzo tomando bocanadas de aire muy grandes. Cada vez su voz se va apagando más.
– Cariño, no tengas miedo, no sientas nunca el ansia de venganza, encuentra buenos amigos y cuidalos, desconfia de todos menos de tu corazón, él siempre te será sincero, quiero que estudies mucho y tengas un buen trabajo, que te enamores. Sé que tambien te romperán el corazón un par de veces antes, pero no dejes de creer. Quiero que seas feliz. ¿me oyes? Muy feliz. Yo siempre estaré contigo. Siempre. Te quiero, recuérdalo, por favor, y perdóname todos los abrazos y besos que no te daré. Perdoname todos los momentos de tu vida que me perderé. Y no pienses en mí, sino como tu madre. Any, te quiero.
Y continuó abrazando a su hijo hasta que las fuerzas fueron insuficientes y dejó de respirar, y de sentir las caricias de Any en su mano.
Cuando las ambulancias llegaron, se encontraron a un niño pequeño desmayado en los brazos de su madre de tanto llorar.
Dicen que las mamás van a un cielo especial. Donde los ángeles les peinan la melena todas las mañanas y las sonrisas son regaladas sin pedir nada a cambio. Siempre llevan vestidos de seda preciosos con estampados muy vivos y brillan de una manera distinta a los demás. Preparan deliciosos pasteles que comparten con los mortales para sacarles una pizca de felicidad. Se contentan con ver crecer a sus hijos y siempre están a su lado. Son esa última esperanza, ese último aliento, esa última promesa, ese último sentimiento, esa caricia eterna.
Así Any lo creía y se aferró a su idea. Sabía que le dolió más el corazón por haberle dejado, que el propio disparo.
Sus ojos se tornaron grises, y sus lágrimas se secaron para siempre. Sus palabras se volvieron tenues. Y esa imagen quedó grabada por siempre en sus retinas. Jamás se perdonará no haber podido hablar en ese momento. Se odió durante mucho tiempo. Su garganta enmudeció y no pudo decirle lo que sentía. Seguramente le habria dicho ” mamá no me dejes, tengo miedo”.
Sin embargo, se hizo tan mayor tan pequeño, que a veces asustaba. Cuando se crece tan deprisa, es muy dificil volver hacia atrás. Solo te queda ir hacia arriba o hacia delante. Morir es fácil, apacible, vivir es más duro, duele más.