Tritón

Él decía que yo era su Bailarina, pero él, aunque no lo sabía, era mi Tritón. Un ser mitológico capaz de aguantar la respiración por mí. Sé que ha tenido que cambiar para poder acercarse y protegerme, porque en mis vueltas me perdía y me encontraba en un entorno completamente ajeno. Y él, siempre, conseguía dar conmigo.

A veces hacía que no le veía. Le dejaba con la satisfacción de ver sin ser visto. Sabía que le gustaba cuando me sentía libre, porque pocas veces realmente lo sentía. Desplegaba mis pies en aquella colina bajo la luz de la luna y volaba. Me dejaba llevar por la brisa, la música que no sonaba, mi corazón que latía.

Quizá fuera egoísta al llegar el día, pues la magia escapaba de mis dedos, de mis pies. Me abandonaba en una realidad que me comía. Entonces corría hacia él como una ola letal, a sus brazos, a sus ojos, a sus manos siempre alerta para atraparme si caía. Y en mi impulso, sabía que a él también le arrastraba bajo el agua. Bajo las olas de lo que intentaba consumirme. Golpeándole con el vaivén terrible de mi tormenta.

Por eso mi hermano era mi tritón. Me mantenía a flote y me dejaba en ese montículo para verme bailar. Siempre unos pasos más atrás, oculto por unos árboles. Viendo sin ser visto.

Lo que él no sabía, era que su sonrisa iluminaba por entero el cielo nocturno. Y, así, mi noche era día y yo me recargaba con la energía que me proporcionaba ese pequeño sol.

Revoltijo

Has puesto mis palabras boca arriba
y boca abajo,
y las has mezclado,
y desordenado.
Has revuelto mi mente y mis sentidos,
los has despertado,
he sucumbido.

De mis labios han salido mis anhelos:
de tus ojos, de tus manos,
de tus besos,
de tu risa,
de todos tus te quiero.

Has tirado así de mi lengua,
como si con un hilo pudieras
sacar mi corazón y dejarlo en la mesa,
leerlo como si fuera un libro,
y a ciegas pintarle mariposas,
hasta hacerle sentir correspondido.

No quiero dejar que esto se vaya

No logro encontrar las palabras adecuadas, aquellas que se agolpan en mi mente y me oprimen por dentro. No soy capaz de formular una frase entera mientras te miro. Sería más fácil si no lo hiciera. Pero estás delante, contemplándome con tu rostro transformado en una mueca que denota impaciencia e incomprensión.

¿Es tan complicado decir que no quiero dejar que esto se vaya? Este sentimiento que me provocas cuando te veo o te pienso. Esta aceleración de mis latidos y de mi respiración. Esta sensación de ingravidez, de dolor y placer. De morir un poco más cada día por ti. Porque daría todo mi oxígeno para que se avivaran las llamas. Para que la ceniza en tu interior explotara y lograras sentir lo mismo por mí.

No quiero estar solo.
Eso es lo que quiero decirte.
No quiero estar eternamente solo.

Pero sé que tu respuesta desembocará en que deba responder a las preguntas de los demás, confesar que no hay esperanza. Y no me veo con fuerzas.

Preferiría que mi corazón se detuviera
a que muriera lo que me hace sentir tan vivo.

Porque tú dejarías que todo esto se fuera. Y yo no puedo permitir que me abandone. No lo soportaría.

Pero sigo sin encontrar las palabras para decirte que no quiero estar solo. Que lo único que he querido siempre has sido tú. Que me des la oportunidad.

Pero el miedo me amordaza y no consigo decir nada.

Lengua equivocada

Salí de clase con la extraña sensación de lo improbable, de aquella oportunidad fallida que te da la vida, del azar ante que ya hubiese llegado a la parada y que, quizá, hubiese cogido ya el autobús.

Llegué con la lengua fuera y el corazón contoneándose en mi pecho a ritmo de salsa. Cogí aire y solté mi decepción al no ver a nadie esperando. Me detuve finalmente y me apoyé en la parada de mal humor. Me observé los pies maldiciendo otro día en el que la suerte no había estado de mi lado. Si el profesor Trevor se hubiese dado más prisa en explicar el trabajo…

Entró en mi campo de visión la figura de alguien más que se acercaba. No era nunca la única persona que cogía ese autobús. Sin embargo reparé que aquella sí que era la persona por la que había corrido hasta allí. Cabizbaja, tapándose con el flequillo y con expresión neutra. Si levantara más lo ojos, el mundo podría ver lo bonitos que los tenía. De pestañas oscuras y pecas que surcaban su nariz y sus mejillas. A su espalda, una mochila roja que parecía pesar. Ese día yo no llevaba material, así que se me ocurrió que podía ofrecerme… Se puso a mi lado sin inmutarse. ¿Cómo era capaz de no ver que estaba mirando hacia allá?

Volví la vista al frente y sentí mi valor menguar. Negué reprochándome haber pensado que podría fijarse en mí, que podría empezar una conversación. ¿Para qué tanto esfuerzo si ni siquiera me había mirado una sola vez? Porque coincidíamos cada día y, las pocas veces que su mirada y la mía se cruzaron, sentí que saltaron chispas. Porque hacía una semana me había sonreído al ceder mi puesto para que subiera primero. Porque el corazón me dolía de angustia al no saber siquiera su nombre.

Apreté los puños, dejando que el momento heroico penetrara por mis poros y llegara a mi sangre. Ese era el día. Me había preparado para ello. Me giré para enfrentar su mirada. Había estado practicando frente al espejo. Esperaba hacerlo bien.

La música en mis oídos estaba increíblemente alta, como cada día. Benditos auriculares de última generación. Aislaban cada sonido y desde fuera no se filtraban las notas incómodas para quien no las quisiera oír. No me gustaba ver el desdén en los ojos de la gente que se ponía a mi lado, ni sus muecas de disgusto.

Mi introversión era una lacra que me acompañaba y se agarraba a mi pierna como una sombra. Si tan solo tuviera un mundo interior maravilloso… Pero no merecía la pena mi propio silencio. Pasaba tan desapercibido como un fantasma.

La mochila me pesaba más que de costumbre porque llevaba varios libros de la biblioteca para un trabajo donde necesitaba demasiada documentación. A veces odiaba de veras haber escogido esa carrera.

Captó mi atención el chico que esperaba en la parada conmigo. Siempre era el mismo. Parecía que necesitaba ayuda porque gesticulaba en mi dirección. Me quité uno de los auriculares.

―Disculpa, no sé lengua de signos ―vocalicé lo mejor posible.

Él se quedó sumamente sorprendido. Tenía un rostro muy equilibrado. Los colores de sus mejillas encendidas me enternecieron.

―Será posible ―exclamó―. Pensaba que eras sordo. ¿Y ahora para qué me sirve a mí haber aprendido esto?

―Espera, ¿pensabas que era sordo?

Apagué la música y guardé los cascos.

―Alguna vez te he saludado y no me has dicho nada ―Su cara enrojeció como un tomate―. Pensaba que no podías oír. ¿Cómo iba a saber que llevabas auriculares por bluetooth?

―Lo… siento.

Me quedé en silencio mientras él se reía de sí mismo.

―¿Has aprendido algunos signos por mí? ¿Para hablar conmigo? ―pregunté finalmente. Él asintió con una amplia sonrisa que ocultaba su vergüenza―. Pues gracias.

―No hay de qué. Solo quería saber quién eras. Nos vemos siempre en el autobús y parece que nos ignoremos. Y vivimos bastante cerca. A una parada de distancia.

―Lo sé… ―murmuré mirando hacia mis pies―. Soy muy tímido. Demasiado como para tener iniciativa.

―Podríamos haber tomado algo algún día si me hubieses dado alguna muestra de interés…―Se rascó la nuca.

Le miré perplejo. ¿Eso estaba ocurriendo de verdad? ¿Me estaba ocurriendo a mí? Mi corazón latió frenético. Jamás había sentido la adrenalina recorrer mi cuerpo y subir hasta mi lengua. Se apoderó de mí un valor repentino:

―Tengo interés ―dije tragando saliva―. Sobre todo por la persona que se ha tomado la molestia de aprender lengua de signos solo por decirme hola.

Cuando el autobús llegó a la parada frente a la universidad, solo bajaron un par de personas y nadie subió esta vez.

Para Fiyero

Sin buscarlo y sin pensarlo,
andando por este camino al que llamamos vida.
Sin razón y sin sentido,
llegué a ti siguiendo mis baldosas amarillas.

Y mi mundo pequeño,
plagado de matices y de estrambóticas fantasías
fue haciéndose más grande,
consistente, me descubriste nuevas maravillas.

Ya no hay magos que perturben mi mente,
esa que a veces se da la vuelta y se oscurece,
que cree ver leones cobardes y niñas en globo,
ahora estalla en colores si te mira a los ojos.

Ya no hay casas arrancadas por vientos violentos,
ni miedo ante los huracanes que el cielo traiga,
has desplegado tus alas como si fuera magia,
iluminando mi piel al estar cuerpo con cuerpo.

Ya no hay brujas verdes, ni malvadas hadas,
me has puesto los zapatos rojos para ahuyentarlas,
y este poema, como un conjuro, es un anhelo
porque a veces se queda corto decir un simple te quiero.

Mis certezas

Tengo un te quiero en la garganta,
rebotando en las paredes
y dividiéndose como un fuego artificial.

Tengo las ganas de quererte multiplicándose en mi estómago
y lanzando luces de neón de lo que te quiero abrazar.

Tengo tantos besos con los que recorrer tu piel
que dudo que jamás me llegue a cansar.

Tengo mis manos temblorosas
deleitándose con el pensamiento de volverte a tocar.

Tengo el corazón en llamas,
henchido,
orgulloso de poderte amar
y ser correspondido.

Tengo la certeza del destino,
del camino que nos une,
tanto del tuyo como del mío.

No te acabes nunca

Esta mañana, al irte, me ha entrado una nostalgia que hacía tiempo no sentía. Por eso me he sentado en las escaleras de la entrada de nuestro modesto piso y me he puesto a escribirte las palabras que ahora anegan mi corazón. Porque verte alegra el día más nublado, y aunque llueva, al irte me dejas el sol más brillante. No puedo estar más agradecida por tenerte, aunque no te lo diga nunca. Qué idiota soy, ¿no te lo parece? Por la persona que dejaría todo e iría hasta el fin del mundo, es a la que menos le digo cuánto me hace sentir.

Porque eres como un buen libro, uno al que solo quieres añadir más y más páginas de lo que te está gustando; como cuando quieres leer mucho y rápido para saber más pero temes acabarlo demasiado pronto; sí, así siento que es nuestro tiempo juntos. Como una preciosa historia en la que me entretengo saboreándola lentamente, y otras veces, directamente la devoro como el chocolate. A mordiscos, rápido y de forma salvaje.

Pero sé que hay mucho más que no sé, que siempre existirá ese misterio ante lo incierto, esa inseguridad ante lo que ocurrirá entre nosotros. Con bastante frecuencia te extraño, aunque no lo oigas de mis labios. Sobre todo cuando se acerca el momento de separarnos, porque va creciendo una nostalgia terrible. No he soltado tus manos y ya lamento estar separados.

Es como cuando te observo a escondidas y me doy cuenta de esos detalles que a veces paso por alto por la costumbre. La manera en la que te peinas, en la que te das el visto bueno frente al espejo, tus gestos al decidir qué pedir de una carta, cuando asoma la madurez en tus aspiraciones y elecciones y me hace sentir orgullosa de la persona que eres… Son micro expresiones que me enamoran incesantemente. Y tu forma de reír, que me da la vida. Si te añoro teniéndote, sin sonrisa no sé qué haría.

Porque como todo lo bueno, temo que te extingas. Que la mano que nos escribe un camino juntos decida dividirlo. Que un día algo dentro deje de latirte como lo hace ahora. Que no se acelere al acercarme a besarte o al rozarte, que no quieras verme ni hablarme. Que no sepa qué hacer para retenerte como antes.

Eres un gran libro. Con la mayor de mis aventuras, con el amor del que siempre he oído hablar y con la suerte de estarlo sintiendo. Eres la mejor de las historias.

Y es lo que te pido. Que no te acabes nunca.

Far Away

Otra vez aquel sueño terrible, en el que te vas y yo me quedo. He empezado a tenerlos hace muy poco tiempo, pero se repiten como el traqueteo de un tren que no se detiene. Sé que es inminente que vas a desaparecer de mi lado, y eso me tiene intranquila. Sopeso las posibilidades de lo extraordinario y los milagros, pero son ínfimas. Polillas que han sucumbido al contacto con aquella luz que les ha llevado a su fin.

Me pregunto si tú también tienes pesadillas en las que me pierdes. Si sientes el dolor inmenso que cargo en mi pecho y que me mantiene vagando en pena durante estos últimos instantes.

No sé cuándo ocurrirá, pero creo que dejaré de respirar. A veces me tiemblan las manos de pensar que no van a volver a tocarte.

Así que he atrapado tus dedos y me los he llevado a los labios. Me dan igual el resto. Que nos miren. Que murmuren. Qué más da. En este momento, en este lugar, a pesar de no reconocer absolutamente nada de mi alrededor, de no saber si es de día o de noche, no podía aguantar más las palabras atravesadas en mi garganta y te he dicho que te quiero. Que no te has ido y ya te echo de menos. Que no quiero despertarme de este sueño. Que no quiero estar tan lejos que no pueda siquiera recordar tu rostro. Sé que no puedo pedirte que me esperes, que es muy tarde para intentar planear una posibilidad juntos. Por eso te he repetido que te quiero.

Y entonces

me has besado.

Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

Amoldar el corazón

Le dije que probara a introducir su pez en un vaso de agua, y después que lo volviese a meter en su pecera. El pez se estuvo quieto, resignado en su pequeño espacio, procurando acomodarse a ese recinto estrecho donde apenas podía moverse. Una vez regresó a lo que él reconocía como su hogar, comenzó a nadar y recorrió de nuevo todo aquel terreno conocido.

Le dije que imaginara si lo soltara en el mar. Qué de cosas podría hacer. Qué de espacio para moverse e interactuar. Entonces, cogí su mano y le atraje hacia mí dándole un cálido abrazo.

<<Ocurre lo mismo con el amor>>, le conté. Y él entonces volvió su rostro hacia mí, intrigado por mis palabras.

<<No lo entiendo, abuela>> admitió, esperando que me explicara.

<<Cuando una persona se da cuenta de que quiere a otra, siempre actúa de la misma forma. Intenta por todos los medios quedarse lo más cerca posible, atesorando cada momento, y vaya que es correspondido ese acercamiento. Pero si ese amor crece, muchas personas no saben que han de amoldarse, pues de otra forma, ese amor, como tu pez, acabará por empequeñecer, por quedarse quieto. ¿Entiendes ahora mejor?>>.

Él bajó la cabeza, pensativo. Se restregó la nariz con la manga de su jersey y luego volvió a alzar la cabeza para preguntar:

<<¿Crees que eso es lo que le pasó a mamá? ¿Que se marchó porque papá no dejó que creciera?>>.

Iba a decirle que sí. Y no solo eso, pues tenía muchos reproches más. Pero el niño ya había pasado un calvario con su separación. ¿No había sido suficiente castigo que se hubiesen deshecho de él y dejárselo a ella para que lo cuidara?

<<Hay muchas razones, mi tesoro. Tu madre siempre fue gaviota y tu padre agricultor. Una surca los cielos en libertad, mientras otro se queda en el mismo sitio viendo su fruto crecer. No son muy compatibles, ¿entiendes? Ninguno va a perder su naturaleza por estar con el otro. Tienen que encontrar a alguien que sea completamente igual>>.

El niño suspiró.

No iba a ser ella la encargada de matar el deseo de amar de aquel muchacho. Se daría cuenta cuando creciera de que las cosas no son como en los cuentos. Y, si tenía suerte, quizá sí que descubriera que los cuentos tienen más de verdad que la vida misma.