Huesos rotos

Gira la paciencia como una peonza, pesando más de un lado a veces y otras queriendo parar. Sujeta al suelo como la punta de la zapatilla de una bailarina. Con cada vuelta se escucha cómo se desgasta y cómo le empieza a faltar el aliento. Con cada vuelta sus huesos se desgastan, chocan, se rompen. Y sus rodillas ceden al final ante el esfuerzo titánico.

Sentía que se volvía loca. Que el tiempo no avanzaba, que le faltaba el aire, que cada pensamiento comenzaba a atormentarle, que las paredes se cerraban a su alrededor y ardía sin poder hacer nada por salvarse. Que los pájaros que piaban cada mañana observaban como buitres aquella autodestrucción. Seguro que se relamían de sólo pensar en mordisquear su pellejo.

Alargó una mano suplicante. Deseó tener un par de alas. Algo que sentir. Ese alguien que la rescatara. Pero se perdía una y otra vez incapaz de modular una palabra, incapaz de dejar de sentir esa extrema soledad, incapaz de escapar de aquel infierno que era ser ella misma.

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Conversión invernal

Al principio del curso había una chica que se sentaba en las filas de delante, en el extremo más alejado a las ventanas. Llevaba una coleta alta y clavaba los ojos en el profesor como si le invadiera una curiosidad pasmosa, como si lo que dijese fuese lo más interesante del mundo. A mediados de invierno volví mi mirada hacia ese asiento y no la vi allí. En su lugar había otra muchacha muy diferente. El pelo largo y abundante le caía por los lados y por la espalda. Parecía trazar un muro, hacer que ese mero velo fuese una cortina opaca y así estuviera protegida del resto. Su cabeza se hundía entre sus hombros y no se movía para nada. Solo se inclinaba encima de sus apuntes. Era una figura tan frágil, que el hecho de que te acercaras a saludarla le haría ponerse a temblar.

Cuando una persona oye su nombre suele alzar la cabeza, incluso cuando no es a él a quien llaman. Pero esta chica no cambiaba su posición. Si escuchaba su nombre, solo levantaba sus tímidos y asustadizos ojos. Echaba un vistazo rápido alrededor y volvía a bajar la mirada. Nada parecía ir con ella.

Pero yo quería levantarme y apartarle su melena de la cara. Comprobar que era la misma chica de septiembre porque no podía soportar la idea de que hubiese habido una metamorfosis tan terrible. Me negaba a creer que aquella fortaleza del verano la había quebrado el invierno. Quería acercarme a ella y preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo. Pero temía no poder aguantar una mirada tan huidiza como la suya y por eso me quedé en mi sitio. Contemplando aquella figura gris consumirse.

¿Mika?

El cerrojo que le aprieta, le pone cadenas y no suelta su cuerpecito ni aunque implore poder respirar. Parecen moratones en su piel tan oscuros y tan profundos que parece poder verse a través de ellos sus arterias. Tienen hambre sus latidos, su alma quiere algún bocadito, algo con lo que poder mantenerse en pie. Mika no lucha contra ello porque se ha hecho con su control y le araña por dentro sin poder defenderse.
Y llora con la misma agonía que surge cuando no ves una salida. Cuando estás tan sola que tus huesos parecen que se van a empezar a romper al no tener sostén. Y tu piel parece ser el pellejo arrugado que cubre los alambre que son tu estructura.
Tiene un amigo. Uno con el que puede contar. Pero él le ahoga el corazón. Lo encharca y le hace más daño. Martín. Van juntos a cursos de fotografía profesional. Habían quedado hace dos días para hacerse una sesión de fotos. Pero él no vino… o ella desapareció. Solía hacerlo, durante mucho tiempo. Se iba, y luego aparecía soñolienta. No era sano. Pero… ¿qué es sano en esta vida?
Mika se ha arrastrado hacia el teléfono con el rostro tan demacrado que para no verlo más, ha roto cada espejo de su pequeño piso unas horas antes. Sabe varios números que podría llamar, pero la poca fuerza que tiene aun le incita a telefonear a su amigo. Es muy temprano, quizás se enfade. Pero si de verdad le quiere, deberá de obtener una respuesta positiva.
Dos pitidos y un susurro.
– ¿Sí?… ¿hola? ¿Mika, eres tú? ¿Mika? Mika, responde. ¿Me oyes? ¡Mika!
Y el teléfono se colgó, se apagó. Al igual que toda la oscuridad, los sentidos, los latidos tan tenues y arrítmicos. Y desapareció.

 

No te entiendo, Deja de hacerte eso.

– A ver, dadme vuestros trabajos.
Charlotte se pasea por el estudio mesa por mesa recogiendo las fotos que había enviado a sus alumnos hacerse el día anterior.
– ¿Mika? ¿Por qué tu foto es toda blanca? No se distingue nada.
– Es que se la saqué a una bombilla.
– Pero esto no es lo que yo pedía. Os dije que desnudarais vuestra alma. Y tú me has traido una foto flasheada.
– Lo siento.
– Quiero mañana lo que pedía para hoy.
Charlotte se aleja y empieza a dar su clase. Martin ve que Mika agacha la cabeza.
– No te preocupes, yo lo entiendo. Al parecer tu alma es blanca, ¿no? Pura, limpia…
– No. No tenía ni idea qué hacer. No supe desnudar mi alma a la cámara. Tiene razón. Es un mal trabajo.
– No digas eso, palillín. Solo que no has sabido enfocarlo bien. Si quieres voy hoy a tu casa, si me dejas, y vemos que podemos hacer.
– Gracias, eres tan bueno conmigo Martin. No tienes por que…
– A ver, ahí al fondo, ¿queréis dejar de hablar y prestar atención?
Los dos giran las caras y asienten. A Mika se le pinta una sonrisa. Martin tenía casi diez años más que ella, pero le quería muchísimo. Quizás más que un amigo. Ese tipo de amor que se siente por un hermano mayor. Ese respeto, esa admiración, esa confianza, ese cariño mismo.
Solo lo conocía de unos pocos meses del curso de fotografía. Ella era la más pequeña del grupo. Tenía 17 años y, al menos al principio, mucha energía que quería incorporar a todos sus trabajos. Sin embargo esa llama se había ido apagando, al igual que el ánimo. Si no tenía este último ni para ella… ¿cómo lo podría crear y transmitir a una fotografía?
– ¿En qué piensas?
Le preguntó Martin cuando la clase finalizó.
– En qué ponerme para las fotos. Nunca me han hecho una sesión.
– ¿Crees que el alma se muestra a través de tu cuerpo?
– Am… es una forma, si. ¿Por? ¿Estoy volviendolo a enfocar mal?
– No, si es tu manera de verlo, así lo haremos entonces.
Y le dió un inocente beso en la mejilla con sabor a despedida de las buenas. De esas cortas, de las que sabes que en pocas horas volverás a recibir otro beso de bienvenida.
Y sonrió de vuelta a casa, donde limpió y ordenó la ropa tirada en un rincón. Le gustaba recordar lo que mamá le había dicho miles de veces. Recoge los zapatos de debajo de la cama, pon bien esos libros que se van a caer, quita tantos trastos de la mesa…
LLamaron a la puerta al cabo de la tarde. Y el corazón de Mika latió muy fuerte por un instante y al abrir, se desvaneció.

Ojos que no ven…

Ella es del grupo de los bonitos, de los guapos, de los que todo el mundo admira. De esos con tanto estilo vistiendo. De los fotogénicos. De los aparentemente perfectos. Sin embargo bajo esa sonrisa blanca oculta una mirada vacia, sin expresión alguna, como si no tuviese ojos y solo mirara con las cuencas.
Va a clase de fotografía y les habían mandado de deberes hacerse una foto desnudando su alma. Ella no sabe como hacerlo. Para descubrirlo ha decidido quitarse la ropa y mirarse delante del espejo.
Al ver su reflejo no sabe reaccionar. Quizás el espejo esté sucio o manchado y por eso no logra verse claramente. Se acerca y se aleja, pero no es el espejo. Es su reflejo el que está mal. ¿Qué le ocurre? Es feo. Muy feo. ¿ Cómo no se había dado cuenta antes? Parecía totalmente desfigurado. La forma de su cuerpo había sido abombada. Y en vez de sonrisa, había encontrado lágrimas y unas muecas de desprecio. ¿Quién era esa imagen? ¿Ella? No podía ser.
Era horroroso. ¿Qué le había pasado?
Y sin darse cuenta, olvido otra vez comer, y cenar.