El palacio de los dientes de leche

Momo salta en su cama. Le ha dicho mamá que esa noche va a ir a hacerle una visita el Ratoncito Pérez y no puede contener la emoción. Nunca ha conocido a un roedor que se lleve los dientes de los niños. Y menos que sea tan generoso que les deje un regalo como compensación.

Mira que mamá le había dicho que no se corría por el pasillo, que resbalaba mucho. Pero es que habían vuelto de comprar y quería encender la televisión para ver los dibujos que echaban a esa hora. Y, aunque cualquier otro niño al notar el dolor habría llorado, Momo escupió el diente que llevaba un tiempo moviéndose discretamente. La curiosidad, aquel ser gigantesco que acaparaba por completo a la niña, se impuso ante el llanto. Rescató del suelo aquella perlita y rozó con la lengua el hueco en su encía.

<<¡Cariño! ¿Te has hecho daño?>> preguntó mamá cuando la vio en el suelo.

<<No sé>>, respondió Momo levantándose con la ayuda de Charlotte. Le enseñó el diente y mamá le abrió la boca para comprobar que aún le quedaban muchos más. Le había dicho muchas veces que cuando se es niño se debe comer mucho, y si no tenía con qué masticar, no podría crecer. Menos mal que aún le quedaban unos cuantos. Momo no quería quedarse así de pequeña porque Sam entonces, cuando creciera, la superaría en altura. Y la hermana mayor siempre debía ser más alta.

<<Qué suerte>>, le dijo <<vas a conocer esta noche a alguien muy especial>>.

Y Momo se puso nerviosa y olvidó encender la televisión para poner sus dibujos. Tenía muchas preguntas sobre ese ratón. Debía tener un palacio gigante fabricado con todos esos dientes de leche que se llevaba. Se imaginaba las torres altas y robustas hechas con las muelas, y los tejados picudos con los colmillos. Seguro que tenía un tren que iba por unas vías larguísimas y pálidas. Se imaginaba al ratoncín montado en la cabina y haciendo sonar la campana. ¡Qué gracioso le parecía!

Y encima no había llorado. Eso equivalía a una compensaión mayor, pensó. Mamá le dijo que se tenía que dormir rápido para que no se olvidara de ella, que solo trabajaba hasta las 12 de la noche. Pero Momo tenía los ojos como platos. Quería hablar con él y preguntarle por lo que comía. Quizá le gustaba la mantequilla como a Lanoso. Y al pensar en esto, se inquietó. ¿Los gatos no cazaban ratones?

Se levantó a oscuras y rebuscó entre sus dibujos el del gato azul. No podía dejar que asustara al príncipe roedor de los dientes. Sonrió al imaginárselo con una coronita hecha de dientes aún más diminutos.

Intentando no hacer ruido, se quedó escuchando por el pasillo de su casa y, muy despacio, se adentró en el baño. Dejó el dibujo en el suelo, advirtiéndole de que no podía salir de allí. Lanoso se quejó de que no le dejara divertirse también. Pero cerró la puerta rápido para no arrepentirse y volvió a su cama algo más serena. Cayó rendida como por arte de magia. ¿Habría sido obra del ratón?

Esa noche creyó abrir los ojos y ver asomar una fina y elegante cola de roedor. Le parecía haber visto que llevaba un lazo decorándola, al igual que lo hacía la Ratita Presumida de los cuentos. Así que cuando amaneció, corrió a contárselo a Sam a su cuna y le enseñó los nuevos lápices de colores que le había regalado el príncipe de los dientes.

Lanoso conoce a Sam

Unos bigotes se movieron al otro lado de la puerta de entrada de la casa donde vivía Momo. Se había retrasado más de la cuenta en volver porque era un gato extremadamente curioso. Había estado en la tienda de Elho, la hermana de Charlotte, dotando de magia las diferentes pulseras que allí se hacían. Sabía que a Momo le gustaba jugar con ellas cada vez que iba, así que la próxima vez que fuera disfrutaría el doble.

Cuando pasó por debajo de la rendija de la puerta, sintió que algo había cambiado. Alzó las orejas y se quedó observando el salón, escuchando pacientemente para poder percibir qué era aquello nuevo y extraño. Y entonces sonó aquel berrinche, seguida de la voz de Momo.

– ¡Mamá! Sam llora.- Sus pies se arrastraron por el pasillo buscando a su madre.- ¡Mamá!

Se detuvo en el salón y contempló a Lanoso con una sonrisa de bienvenida. El gato se acercó a su dueña para dejarse acariciar. Pero, a pesar de la alegría, no era la prioridad en ese momento. Torció la cabeza sin comprender cuando Momo le acarició y continuó su camino hacia la cocina llamando a su madre.

Las piernas de Charlotte pasaron por su lado apresuradas. Lanoso se apartó de su camino.

– Pero ¿por qué llora esta vez?- Preguntó en alto la madre de Momo, quien seguía sus pasos con más lentitud hacia la cuna de Sam.

Lanoso dejó que sus ojos brillaran cuado vio a la pequeña.

– Es Sam.- Le dijo Momo poniendo la mano en el marco de la puerta para que no pasara.- Llora mucho porque es un bebé. Yo ya no lo hago para que aprenda a hacerse mayor. Es mi hermana y la quiero mucho. Tú tienes que quererla también porque es pequeña. ¿Vale? Pero no puedes pasar porque estás sucio de la calle.

Entonces agarró con las dos manos del pellejo a Lanoso y lo llevó a la bañera. Sorprendentemente no opuso resistencia. Como si comprendiera lo que su ama le decía. Tenía que estar limpio para conocer a la nueva inquilina. Para estar a su lado y protegerla porque era una pequeña ama también.

No molestar

Momo abrió los ojos en una penumbra total. Miró a su alrededor y se percató de algo. Se revolvió entre las sábanas y posó sus piececillos en el suelo frío. Dio un respingo. Mamá siempre le decía que se pusiese las zapatillas, que podría coger un resfriado. Las buscó por el suelo a tientas y dio con ellas. Las cogió.
Salió al pasillo y se quedó escuchando unos segundos. Charlotte seguía viendo la tele en el salón. No faltaría mucho para que se fuera a dormir. Momo no tendría que estar levantada a esas horas, los niños tenían que irse a la cama pronto para crecer mucho.
Corrió de puntillas hasta el dormitorio de su madre. No le había bajado la persiana a Sam y las luces de la calle proyectaban una sombra estirada de la cuna. Cualquier otra persona habría pensado que parecía una escena inquietante, pero Momo avanzó sin miedo. Con los rizos despeinados y los ojos cansados.
Sam estaba despierta cuando Momo se apoyó en los bordes de su cuna.

– Hoy no llores.- Le dijo con voz ronca.- Que mañana tengo colegio. Y si lloras, mamá no oirá el despertador y se dormirá por la mañana. No quiero llegar tarde a clase.

Sam pataleó sin estar conforme. Momo le acarició la cabeza con su fino pelo dorado.

– Vale, pues llora ahora, pero no por la noche.

Entonces mamá oyó el llanto de su hijita desde el salón. Apagó la televisión y la luz. En la oscuridad no vio los talones de Momo esconderse rápidamente en su habitación. Tampoco escuchó cómo se lanzaba a la cama, saltaba y finalmente se arropaba con las sábanas. Se había olvidado de dejar las zapatillas en el suelo y esa noche durmieron con ella.

Encubrimiento fraternal

– ¿Por qué tengo lo mismo que Sam? Yo tengo dientes.- Se quejó Momo al sentarse a la mesa y ver el plato hondo humeante.
– Sam toma potitos y a ti hoy te ha tocado sopa.- Le respondió su madre mientras le colocaba el babero.
– Pero a mi no me gusta la sopa. No sabe.
– Hija, no voy a estar preguntandote todos los días lo que te apetece comer. Venga, empieza que se enfría.
Momo le miró frunciendo los labios.
– Yo quiero cangrejo.
– ¿Cangrejo? Pero si apenas pruebas el pescado.
– No, no el normal. El alargado. El que comían en la peli.- Explicó gesticulando con las manos.
– Langosta.- Adivinó su madre.- Si no sabes cómo se come ni a qué sabe hija, no te va a gustar. Y la sopa es más apropiado para una niña de tu edad.
– Es agua, mamá.- Le dijo removiendo la cuchara en el líquido.
Su madre hizo una pausa. No podía perder la paciencia por una tontería. Entonces razonó.
– ¿Qué va a pensar tu hermana si te ve protestar tanto?
– No piensa.- Apoyó su mano en el moflete.- Aún no tiene cerebro.
– ¡Pero qué cosas tienes, Momo! Claro que tiene cerebro. Y por eso sabe lo mal que te portas. Tómate ya la sopa que me estás enfadando.
Momo observó a su madre levantarse, ir a por Sam y traerla en brazos. La niña se removió y comenzó a mover las extremidades con excitación al ver a su hermana.
– Sam hoy va a comer con su hermanita para que vea cómo se tiene que comportar en la mesa. ¿A que si?
Cuando la dejó en su sillita, Momo le dedicó una amplia sonrisa. Mamá se fue a por el babero de su hija, que estaba tendido en la terraza. Sam se rió y golpeó la mesa con las dos manos. Estaba creciendo mucho y cada vez tenía mas fuerza. El plato de sopa, entonces, volcó. Momo abrió la boca mirando a su hermanita. Lo había hecho sin querer.
– ¡Qué ha pasado!- Exclamó Charlotte cuando regresó.
– Se me ha caído.
Se disculpó Momo. Y esa fue la primera vez que, en realidad, no se sintió culpable. Mientras mamá iba a por la fregona, se acercó a su hermana. Le rozó la palma y le hizo cosquillas. La niña comenzó de nuevo a golpear la mesa riendo.

Gorros mañaneros

Abrió los ojitos de color gris azulado. Su madre la cogía con un cuidado exquisito, como si fuese un jarrón de cerámica muy antiguo y frágil. Le relajaba el olor de su piel, una mezcla a vainilla y lavanda. Le traía pequeños fragmentos de recuerdos a su diminuta cabecita, un revoltijo de imágenes de sus manos, de su cara, de su pelo y de aquella habitación con la persiana medio bajada. Reconocía ese pulso rítmico y candente que había estado escuchando desde siempre. Le agradaba oír su corazón cerca de ella.
– Buenos días, Sam.-Saludó mamá con dulzura.- No te ha despertado ni el sol, ¿eh? Estás echa toda una dormilona.
Entonces se escucharon unos pasos correteando por el pasillo. Charlotte siempre dejaba la puerta entornada para que Momo no escuchara cada vez que despertaba a Sam y le daba de comer porque solía acudir corriendo a ver a su hermanita. La puerta se abrió de un empujón.
– Hola.-  Momo se quedó en el pasillo con sus rizos despeinados y frotándose los ojos.
– Pasa, cariño. ¿Cómo has dormido?- Sam se removía en los brazos de mamá para ver quien había entrado, pero aun no era capaz de controlar sus movimientos y se daba en la frente una y otra vez con el brazo de mamá.
– Hace frío.
– Ponte tu bata y unos calcetines, anda. Al final te vas a poner mala por ir descalza a todos sitios.
– Yo quiero un gorro como el de Sam.- Le dijo desde el pasillo con voz ronca.
– Tú tienes uno mucho más bonito de color rojo.
– Pero no me dejas ponerlo en casa.
– No me dejas ponérmelo en casa.- Le corrigió su madre.- El gorro de Sam es porque hace más frío en mi cuarto que en el tuyo. Es más pequeñita y no sabe arroparse sola, por eso le pongo más capas de ropa.
A Momo no le convencía esa respuesta. Pensaba que era para que no se hiciera chichones con el madero de su cuna como le pasaba a ella. Mamá le regañaba para que se echase más abajo en la cama, pero Momo siempre acababa con la cabeza y medio cuerpo en la almohada. Más de alguna vez había pegado un bote y se había dado un buen golpe. Pero ya no lloraba por eso. Las hermanas mayores tienen que dar ejemplo y Momo se había dicho que si Sam no la veía llorar, ella dejaría de despertarlas por las noches también.

Libros que hacen sentir

“Es cierto que las cosas malas del pasado siempre laten en el presente. Aunque no nos demos cuenta, dejan unas cicatrices tan profundas que perforan el alma. Nunca volvemos a ser los mismos. Y ahora me daba cuenta de lo terriblemente triste que me encontraba. El corazón me pesaba en el pecho y latía cansado. La melancolía se escapaba en cada suspiro y en cada lágrima. Nada vuelve a ser igual. El dolor nos lo impide…”
– Mamá, ¿por qué lees eso?- Una mano pequeña se interpone entre las letras y las gafas de Charlotte. Su dedito señala el párrafo que acaba de leer.
– ¡Momo! ¿Qué haces ahí?- Se da la vuelta en el sofá y contempla a su hija, que acaba de levantarse de la siesta. Lo sabe por sus ojos entrecerrados y sus rizos despeinados.- ¿No te he dicho yo mil veces que no se lee por encima del hombro de los demás? Algún día te vas a dejar los ojos.
– ¿Es un libro nuevo?- Se sienta a su lado en el sofá. Su madre la abraza y le da un beso.
– No, es de la estantería de tu padre.- Contempla el libro con dulzura.- Guarda unos ejemplares extraordinarios.
– ¿Puedo leer yo uno?- Charlotte alza las cejas. Con su corta edad apenas sabe leer dos frases seguidas sin levantar la cabeza y preguntar por qué el protagonista hace esto o lo otro… Aun no tiene la paciencia suficiente como para poder leerse un libro al completo.
– Bueno, si quieres si. ¿Te parece que vayamos a ver?- Se levantan y se van al estudio. Momo no suele entrar porque es donde trabaja su madre. Hay muchas fotos de ella y de su hermana colgadas por la pared. Momo no comprende por qué su madre se pasa horas y horas sacándole fotos a Sam mientras duerme. No entiende qué hay de emocionante en eso.
– Me gusta este.- Señala un libro con una cubierta roja y letras puntiagudas del estante de abajo. Toda la pared está ocupada por estanterías que llegan hasta el techo. Momo nunca ha entrado en una biblioteca, pero está segura de que en su casa hay más libros que en una.
– Pero ese es muy gordo, cariño. ¿Qué te parece este?- Mamá coge un pequeño tomo de las aventuras de un pequeño granjero que sueña con ser rico y casarse con una bella princesa.
– Yo quiero este.- Insiste Momo agarrando el lomo del libro y tirando de él para sacarle. Una vez lo tiene en las manos, lee el título despacio.- Los viajes de Gulliver.
– ¡Oh! es un buen libro.- Le dice Mamá.- Y además tiene dibujos.- Lo abre por la mitad y contemplan una imagen de Gulliver sentado en el suelo con un montón de casitas diminutas a sus pies.
– ¿Es un gigante?- Pregunta Momo.
– No lo sé.- Dice mamá.- Eso tendrás que averiguarlo cuando lo leas.
Entonces Momo sonríe y se va corriendo del estudio con el libro en brazos. Charlotte sabe donde va, por eso la sigue.
– Mira Sam.- Entra en el dormitorio de su madre, donde está la cuna de su hermanita.- Mamá me deja leer un libro grande de gigantes.- Abre el libro en el suelo y busca la imagen de Gulliver sentado. Se lo enseña a su hermana, que la mira con ojos grandes.- Cuando seas mayor como yo, tú también te lo leerás. Pero ahora eres muy pequeña y no sabes leer.
Sonríe y sale del cuarto con prisa. Mamá la observa desde el marco de la puerta con los brazos cruzados. Al pasar a su lado agacha la cabeza, no quiere que la regañe. Tampoco sería la primera vez que pilla a su hija hablándole en voz en grito a Sam contándole lo que ha hecho en el colegio. Siempre se respalda en la excusa de que se aburre en la cuna.

Adivina

– Mamá, ¿qué haces?- Momo asoma la cabeza por encima de la mesa del salón. Hay desperdigados tubos negros, cristales y piezas pequeñas.- ¿Has roto algo?
– No, cariño. Estoy limpiando mi cámara de fotos. ¿Ves?- Coge el trapo con dos dedos y se lo enseña a su hija.- De vez en cuando es bueno limpiar las cosas. Y más si quieres que te duren mucho tiempo.
– ¿Puedo hacer eso con el señor conejo-elefante-sapofeo?- Pregunta Momo agarrada con las dos manos al borde de la mesa.
– No, porque es un peluche. Y a los peluches se les mete en la lavadora.
– ¿Y a Sam?- Su madre se detiene y la mira frunciendo el ceño. Momo tiene los ojos muy grandes. Siempre que aprende algo, se le pone esa cara.
– No, Momo. Sam es una persona, y a las personas no se les puede despedazar. Solo se hace con las cosas tecnológicas. ¿Por qué no te vas a jugar un rato? Yo voy a acabar enseguida y tengo que bañar a tu hermana.
– Entonces sí que se puede romper la tele y limpiarla, ¿no?- Charlotte suspira.
– No se rompe, se desmonta. Si algo se rompe no se pude arreglar. En cambio, si se desmonta, puede volver a montarse.- Su madre empieza a unir aquellas piezas, lentes y tornillos. En un rato vuelve a aparecer la cámara réflex que Momo conoce.- ¿Ves? Como nueva.- Coge la cámara y apunta a su hija.- Ay, Momo, ¿otra vez has comido galletas de chocolate? Te has puesto la camiseta perdida. Anda, dame que te la lave.- Se quita la camiseta y se abraza el cuerpecito. Mira a su madre.- Vamos, ve a ponerte algo, no vaya a ser que te resfríes.
Momo corre por la casa pensando que es Tarzán. Cuando llega a su cuarto, salta en la cama. Un cosquilleo en la nariz hace que estornude. De repente, para. Se le ha taponado un oído. Baja corriendo y abre uno de sus cajones. Se pone un jersey azul. Las madres son adivinas.

Inicio

Momo ha vuelto a deslizarse por la cañería de la fachada de su casa. Hacia tiempo que no lo hacía porque mamá había necesitado su ayuda, pero ahora no tiene nada que hacer.
Mira a ambos lados de la calle como mamá le ha enseñado y cruza hasta la parada roja del autobús. Mira tú por donde. Ahí está esperando la ancianita con rostro amable a la que le regaló a Lanoso.
– Hola pequeña. ¿Otra vez vienes sola?- Le pregunta cuando repara en ella.
– Sí, mamá no cabe por la cañería y Sam no sabe andar. ¿Donde está Lanoso?
– Oh, pues no lo sé. A veces se escapa y merodea solo. Pero es mágico y no necesita llaves para volver a casa. ¿Sabes? No solo le gusta la mantequilla.
– Ya lo sé. ¿Le das palmeritas, nubes, botones rotos y dulces de leche?
– Sí, y también se ha aficionado a las fresas con nata. ¿Como te va a ti? ¿Sam es tu gato?
– No, es mi hermana. Es muy pequeñita y hay que tener mucho cuidado con ella porque se puede hacer daño con todo. Pero es más lista de lo que parece porque siempre está con mamá. La rapta durante mucho tiempo y yo me quedo sola.
– No te preocupes pequeña, eso será solo por unos meses. Luego crecerá y podrás jugar con ella. De todas formas, noto que Lanoso quiere volver contigo. Puede que me lo quede unas semanas más y luego te lo devuelva. ¿Eso te gustaría?
– ¡Sí! Le cuidaré muy bien y nunca nunca lo dejaré solo.
– ¿Le darás bien de comer y le sacarás a la calle justo cuando salga el sol? Es cuando recarga sus energías mágicas.
– ¡Sí! Cada día.- Responde con firmeza.
– Entonces en unas semanas, volverá contigo.- Momo se levanta con una sonrisa. Antes de volver a cruzar la calle, se detiene.
– ¿Usted no le echará de menos?
– No cariño, no me lo puedo quedar más tiempo. Me tengo que ir, y donde voy no admiten mascotas.
– Ah vale, entonces adiós. ¡Buen viaje!- Y se marcha corriendo porque mamá va a entrar a su cuarto a preguntarle si ya ha terminado los deberes.

Crecer

Momo se despertó curiosa y por eso se acercó al calendario que tiene colgado en la pared. Desde que mamá tuvo a su hermanita, se había aficionado a tachar cada día que pasaba. Echó para atrás las hojas y contó 3 meses desde que Sam estaba en casa. Como sabía que mamá ya estaba despierta preparando el desayuno, se movió sigilosa hasta su habitación. Ahí dormía Sam en su cuna. Se subió a los primeros barrotes y la observó. Le quitó la mantita que la cubría para poder verla mejor. Como si estuviese enfadada, Sam empezó a patalear.
– No puedes tener frío con ese pijama tan gordo, pleitosa. Ahora cállate, que si no mamá me regañará.- Volvió a cubrirla hasta la boca y bajó de un salto. Justo cuando rozó el suelo, apareció Charlotte por la puerta.
– Hija, ¿qué haces?- Se acercó a la cuna y le puso bien la mantita a su hija, ya que Momo le había dejado los pies fuera.
– Sam no crece. ¿Está enferma?- Preguntó. Entonces su madre sonrió.
– No, cariño, no está enferma. Aun es muy pequeña. Tienen que pasar unos cuantos meses más para que empiece a crecer. O al menos para que lo notemos.
– Pero ya han pasado tres meses, que los he contado.- Momo se acerca a la pierna de su madre y se agarra del pantalón del pijama.- Llévala de nuevo al médico y diles que crezca.
– Momo, eso no puedo hacerlo.- Se agacha como no lo hacía en meses y la coge en brazos.- Tú también tardaste lo tuyo en crecer.- Salen de la habitación para dejar a Sam dormir.
-¿Y cómo se sabe cuánto crecerá?
– Eso no se sabe, una vez empezáis a andar, empezáis a medir metros y metros.- La deja en el suelo. Ya no es tan pequeña como antes.- Siéntate, ¿te preparo la leche?
– No quiero que sea más alta que yo.- Refunfuña Momo mientras se sienta en su silla.- Y cuando empiece a crecer tampoco le dejaré mis rotuladores. Eso solo son para niñas mayores. Mucho más mayores.
– Si así lo crees conveniente, entonces al principio solo le dejaremos los lápices de colores, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay que compartir.- Momo asiente de mala gana. Pensaba que iba a poder jugar con ella pronto, pero parecía que iba a tener que esperar más.
– Hoy no quiero leche.

Colores del humor

– Hija, no te lo repito dos veces. Bébete el cola cao de una vez, que vamos a llegar tarde al colegio y no quiero que tu profesora me vuelva a mirar mal.- Mamá ya está con el abrigo puesto y está metiendo a Sam en el carrito. Va murmurando para sí misma.- Esa que cree que no puedo hacerme cargo de dos hijas…
– Estás de mal humor.- Apunta Momo, que baja de la silla y se acerca a Charlotte.- Te vendría bien cambiarte el color de las uñas.- Coge la mano de su madre. No le gusta el granate oscuro.
– No digas tonterías hija y coge la mochila. – Aparta la mano y arropa a Sam, que aun sigue dormida.- Deja de mirarme así, luego soy yo la que tiene que darle explicaciones a tu profesora. Vamos, ve.
– Aquí Momo.- Charlotte levanta la mano para que Momo se de cuenta de donde está. La salida del colegio siempre es un poco caótica. Además, ahora con el carrito de Sam no puede pasar hasta la puerta porque las demás madres se apiñan para recoger a sus hijos también.- ¿Qué tal las clases, cariño?
– Bien. Hoy he conocido a Timothi, el de la biblioteca. Me ha dicho que no podía coger un libro porque no se leer. Pero sí sabo y se lo he dicho y…
– Se dice “se” Momo, “pero sí sé”.- Ha cogido la mochila de Momo y la ha colgado del carro. Momo se quita el babi y se lo da a su madre.
– Pero sí se y se lo he dicho y me ha hecho una prueba. Pero no me ha dejado sacar el libro que quería porque soy aun pequeña. Dice que tengo que estar en primero de primaria. Qué injusto.- Entonces repara en las manos de su madre. Se ha cambiado el color de uñas. Rojo. Ese le gusta mucho más.
-Bueno cariño, si quieres mientras esperas a ser más mayor podemos mirar en las estanterías de casa y escoges el libro que quieras.
Momo sale corriendo con una sonrisa de oreja a oreja. Aun no sabe leer muy bien, pero se esfuerza mucho. Llegará lejos. Tanto como ella quiera.