Por fin la vi

No la esperaba pero la vi, ahí delante de mí, tan hermosa como siempre. Hacía tiempo que no aparecía y por fin pude ver su rostro de nuevo. Fue como ver una luz en medio de un túnel largo y oscuro, como contemplar una estrella fugaz y ver cumplido tu deseo, fue una alegría inesperada que hizo latir más fuerte mi corazón.

―Qué guapa estás ―le dije acariciándole la mejilla.

Ella sonrió. Tenía una sonrisa que te calmaba el alma.

No tenía palabras para expresar lo que suponía ese reencuentro, sólo me quedé observándola, memorizando cada facción, cada gesto, cada movimiento. No quería perderme nada. Pero entonces me di cuenta. Una sensación de tristeza comenzó a recorrer cada parte de mi cuerpo haciendo que las lágrimas brotasen sin control por mis ojos.

¿Por qué? ¿Por qué te tienes que marchar? Quédate un rato más, por favor.

Inevitablemente su imagen se esfumó. En ese mismo instante desperté, sintiendo un fuerte dolor en el corazón, de esos que te destrozan más que cualquier dolencia física. Ella ya no estaba, y yo apenas la sentía ya.

Se había pasado a verme para que pudiese continuar un tiempo más sin ella, se había pasado a verme para que no se me olvidase su cara, se había pasado a verme porque nunca se ha ido de mi lado. Se mantiene ahí como un ángel de la guarda, aislada para que la nostalgia no se convierta en un dolor insoportable y permanente, para que el tiempo calme su ausencia y su presencia no duela sino cure.

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Injusticia

A veces el suelo cruje bajo nuestros pies, como si hubiésemos llegado de pronto a un invierno y el lago en el que flotábamos se hubiese congelado. Cruje como si la capa de hielo no fuese lo suficientemente gruesa. Ese eco que retumba al agrietarse nos sacude por dentro y despierta todas las palabras de ruego que conocemos. No queremos caer. No queremos que nuestro mundo se rompa. Pero, inevitablemente, a veces lo hace y nos lanza a la incertidumbre, a la desolación, al vacío.

Y pensamos que la vida no es justa. Que siempre está preparada para el golpe. Para dar. Para arrebatar y dañar.

Quizás sí que esté siempre preparada. Pero no solo para borrar un día del calendario, si no para regalar, a veces, uno más.

Revoltijo

Has puesto mis palabras boca arriba
y boca abajo,
y las has mezclado,
y desordenado.
Has revuelto mi mente y mis sentidos,
los has despertado,
he sucumbido.

De mis labios han salido mis anhelos:
de tus ojos, de tus manos,
de tus besos,
de tu risa,
de todos tus te quiero.

Has tirado así de mi lengua,
como si con un hilo pudieras
sacar mi corazón y dejarlo en la mesa,
leerlo como si fuera un libro,
y a ciegas pintarle mariposas,
hasta hacerle sentir correspondido.

No quiero dejar que esto se vaya

No logro encontrar las palabras adecuadas, aquellas que se agolpan en mi mente y me oprimen por dentro. No soy capaz de formular una frase entera mientras te miro. Sería más fácil si no lo hiciera. Pero estás delante, contemplándome con tu rostro transformado en una mueca que denota impaciencia e incomprensión.

¿Es tan complicado decir que no quiero dejar que esto se vaya? Este sentimiento que me provocas cuando te veo o te pienso. Esta aceleración de mis latidos y de mi respiración. Esta sensación de ingravidez, de dolor y placer. De morir un poco más cada día por ti. Porque daría todo mi oxígeno para que se avivaran las llamas. Para que la ceniza en tu interior explotara y lograras sentir lo mismo por mí.

No quiero estar solo.
Eso es lo que quiero decirte.
No quiero estar eternamente solo.

Pero sé que tu respuesta desembocará en que deba responder a las preguntas de los demás, confesar que no hay esperanza. Y no me veo con fuerzas.

Preferiría que mi corazón se detuviera
a que muriera lo que me hace sentir tan vivo.

Porque tú dejarías que todo esto se fuera. Y yo no puedo permitir que me abandone. No lo soportaría.

Pero sigo sin encontrar las palabras para decirte que no quiero estar solo. Que lo único que he querido siempre has sido tú. Que me des la oportunidad.

Pero el miedo me amordaza y no consigo decir nada.

Para Fiyero

Sin buscarlo y sin pensarlo,
andando por este camino al que llamamos vida.
Sin razón y sin sentido,
llegué a ti siguiendo mis baldosas amarillas.

Y mi mundo pequeño,
plagado de matices y de estrambóticas fantasías
fue haciéndose más grande,
consistente, me descubriste nuevas maravillas.

Ya no hay magos que perturben mi mente,
esa que a veces se da la vuelta y se oscurece,
que cree ver leones cobardes y niñas en globo,
ahora estalla en colores si te mira a los ojos.

Ya no hay casas arrancadas por vientos violentos,
ni miedo ante los huracanes que el cielo traiga,
has desplegado tus alas como si fuera magia,
iluminando mi piel al estar cuerpo con cuerpo.

Ya no hay brujas verdes, ni malvadas hadas,
me has puesto los zapatos rojos para ahuyentarlas,
y este poema, como un conjuro, es un anhelo
porque a veces se queda corto decir un simple te quiero.

Mis certezas

Tengo un te quiero en la garganta,
rebotando en las paredes
y dividiéndose como un fuego artificial.

Tengo las ganas de quererte multiplicándose en mi estómago
y lanzando luces de neón de lo que te quiero abrazar.

Tengo tantos besos con los que recorrer tu piel
que dudo que jamás me llegue a cansar.

Tengo mis manos temblorosas
deleitándose con el pensamiento de volverte a tocar.

Tengo el corazón en llamas,
henchido,
orgulloso de poderte amar
y ser correspondido.

Tengo la certeza del destino,
del camino que nos une,
tanto del tuyo como del mío.

No te acabes nunca

Esta mañana, al irte, me ha entrado una nostalgia que hacía tiempo no sentía. Por eso me he sentado en las escaleras de la entrada de nuestro modesto piso y me he puesto a escribirte las palabras que ahora anegan mi corazón. Porque verte alegra el día más nublado, y aunque llueva, al irte me dejas el sol más brillante. No puedo estar más agradecida por tenerte, aunque no te lo diga nunca. Qué idiota soy, ¿no te lo parece? Por la persona que dejaría todo e iría hasta el fin del mundo, es a la que menos le digo cuánto me hace sentir.

Porque eres como un buen libro, uno al que solo quieres añadir más y más páginas de lo que te está gustando; como cuando quieres leer mucho y rápido para saber más pero temes acabarlo demasiado pronto; sí, así siento que es nuestro tiempo juntos. Como una preciosa historia en la que me entretengo saboreándola lentamente, y otras veces, directamente la devoro como el chocolate. A mordiscos, rápido y de forma salvaje.

Pero sé que hay mucho más que no sé, que siempre existirá ese misterio ante lo incierto, esa inseguridad ante lo que ocurrirá entre nosotros. Con bastante frecuencia te extraño, aunque no lo oigas de mis labios. Sobre todo cuando se acerca el momento de separarnos, porque va creciendo una nostalgia terrible. No he soltado tus manos y ya lamento estar separados.

Es como cuando te observo a escondidas y me doy cuenta de esos detalles que a veces paso por alto por la costumbre. La manera en la que te peinas, en la que te das el visto bueno frente al espejo, tus gestos al decidir qué pedir de una carta, cuando asoma la madurez en tus aspiraciones y elecciones y me hace sentir orgullosa de la persona que eres… Son micro expresiones que me enamoran incesantemente. Y tu forma de reír, que me da la vida. Si te añoro teniéndote, sin sonrisa no sé qué haría.

Porque como todo lo bueno, temo que te extingas. Que la mano que nos escribe un camino juntos decida dividirlo. Que un día algo dentro deje de latirte como lo hace ahora. Que no se acelere al acercarme a besarte o al rozarte, que no quieras verme ni hablarme. Que no sepa qué hacer para retenerte como antes.

Eres un gran libro. Con la mayor de mis aventuras, con el amor del que siempre he oído hablar y con la suerte de estarlo sintiendo. Eres la mejor de las historias.

Y es lo que te pido. Que no te acabes nunca.

Hilos rojos

Dicen que el destino ha tejido las almas de las personas que están predestinadas con un hilo rojo. No se sabe con qué propósito ya que algunas, a pesar de todo, no podrán estar juntas.

Pero en mí ha dado unas puntadas tan exactas que puedo tocar los bordes y sentir su rugosidad. Y al mirarle a él veo claramente su halo tintado de pequeñas marcas rojas a su alrededor. Sin duda alguna aquello nos hace abrir los ojos ante el amor, querer sentirlo, querer tenerlo. Se dilatan nuestras pupilas. Nuestras manos tienen dependencia. Nuestra piel se queja.

Siento que en la distancia esas puntadas tiran. Y en la cercanía se sueltan para unirse. Y en esa fusión se desenredan los besos de quien extraña, los abrazos de quien ama, las palabras de quien venera. Y aunque aquel hilo nos pacifique y a veces nos duela, y aunque durante mi vida sea atravesada por mil cuerdas, mis manos solo se empeñarán en seguir una.

La nuestra.

Encantada

Podría no comprender por qué sucedió. En realidad, no lo supe enseguida porque no me lo llegué a cuestionar. Fui una víctima de lo inesperado. De lo mágico y maravillosamente inesperado. Porque simplemente llegó de puntillas y ocurrió. El que me salieran unas alas en la espalda, que sintiese purpurina caer en el pelo por primera vez. Que dejara mis peores partes al descubierto y que las besaras con devoción. Que arreglaras mis grietas, los vacíos que agujerearon mis complejos durante años. Que mi pecho se inundara de una ilusión inusitada y prácticamente infantil.

Podría no comprenderlo, como no es comprensible esta nube en la que me has instalado. Que me sienta flotar y feliz. Y tú solo me pediste una razón para quedarte, y yo solo supe decir que me hacías mejor. En ese momento aún no lo entendía, pero pronto me sorprendí decubriéndome sonreír. Encantada con mis pasos, con los nuestros, con sujetar tu mano y tú la mía, con compartir los pequeños momentos espontáneos en el que el mundo se queda en segundo plano para darnos intimidad al darnos un beso.

Bendito el camino recorrido y las piedras con las que tropecé. Los desvíos tortuosos, las noches sin dormir y las tardes de no parar de llorar cuando me acechaba la soledad. El dolor, la angustia, la incertidumbre. Lo que no cambiaba, porque me ha hecho ser así. Que tú me encontraras como soy, que te enamoraras de esa persona, con ese pasado. Quizá no lo hubieras hecho si hubiese sido diferente.

Y, por ello, estoy encantada de mirar al presente y ver un futuro.

Piscinas liberadoras

Se miró en el reflejo que le devolvía el agua. Una amplia sonrisa. Decididamente estaba guapo a rabiar cuando sonreía. Incluso con el gorro de piscina y las gafas puestas. Sus ojos azules se diluían en aquel líquido y no sabías si eran parte del agua también, o quizá del cielo.

Al fin había encontrado la manera de canalizar sus sentimientos. De dejar de sentirse tan vacío y de rellenar su alma con algo que no fuera ese hastío.

Nadar.

Era liberador.

No sabía si tenía que ver con el hecho de no escuchar nada cuando se sumergía o por hacer ejercicio, por tener que centrarse en mantenerse a flote o por prestar atención a su respiración para no ahogarse. Pero impregnaba su corazón de algo parecido a la tranquilidad.

Le venía bien nadar. Y eso que le costaba hacer cualquier cosa. Levantarse, vestirse, salir… Todo lo cotidiano era cargante, solitario y se preguntaba que de qué servía nada de lo que hacía. Había perdido el sentido de su vida, el rumbo de sus pasos. Pero había encontrado que su camino no estaba dibujado en tierra, si no en agua.

Incluso a veces se sentía perder las ganas mientras avanzaba por la calle de siempre. Como si su cuerpo no respondiese y su pecho se volviese de piedra. Sentía que se hundía sin remedio, y era en ese momento cuando se detenía. Respiraba lentamente. Y volvía a sumergirse. Poco a poco, se decía. Un brazo tras otro, una patada tras otra, cabeza arriba y  cabeza abajo.

Sus dedos, leales, nunca fallaban. Daban al final con la pared y lo alzaban. Siempre acababa por salir. No siempre iba a sentirse así.