Creaciones a golpe de letra

No había visto jamás a otra criatura semejante, pero ahí estaba. Melena oscura por los hombros descubiertos, mirada curiosa e intensa, labios inconformistas y un cuello esbelto decorado con multitud de collares; así que no había sido extraño que se fijara en ella si cada vez que se daba la vuelta en aquel taburete frente a la barra se oía el golpeteo de las cuentas.

Y ahí estaba él. Con las gafas apretadas en el puente de la nariz, de olor penetrante a papel y tinta, con un traje claro que le quedaba algo grande. Había pedido una copa de vino mientras observaba agazapado en la esquina de la cafetería, libreta en mano y aguzando sus sentidos. En especial el de la vista y el oído.

Algo tuvo que llamar su atención poderosamente, porque cuando sus ojos se encontraron, ninguno fue capaz de despegarlos.

Ella le dedicó la más grandilocuente de las sonrisas, y se le acercó con una seguridad mal camuflada. Creía que, con aquella nueva blusa, podía conseguir lo que se propusiera, por eso se atrevió a hablarle. De otro modo, no habría podido sentarse en aquella mesa apartada y casi escondida del resto. Aunque, sin duda, proporcionaba la mejor de las vistas. Desde esa posición privilegiada, podías ver casi sin ser visto.

Por eso él estaba ahí, para verla a ella. A la que revivía cada vez que bajaba la vista y apuntaba en su hoja llena de garabatos, de letras juntas, tan prietas que parecía que no había espacios.

Lo que nunca dejaría era que ella echara un vistazo a su libreta, porque si lo hiciera, desaparecería. Él no podía permitir que algo como ella, no existiera, aunque en realidad, fuera cosa de su imaginación.

En ese momento, volvió su bolígrafo al papel y decidió que, la cafetería en la que estaban, sería un restaurante con música en directo y con mesas separadas por biombos. Ella, entonces, al ver su halo de misterio, su mirada deseosa de su cuerpo, su mente llena de preguntas sobre la suya, se lanzaría a besarle hasta llegar a su alma…

Se secó los ojos, húmedos como cada noche. Vaciándolos de fantasías, de historias que inventaba, de personajes que se preocupaban, de familia que no existía.

El rey sombra

Acababa de volver del colegio. Había sido uno  de esos días en los que quería desaparecer. Los otros chicos eran crueles y él no encajaban en aquella nueva ciudad.

Corrió a su refugio, en una esquina de su dormitorio, que lo formaban unos cojines mal puestos. Era una especie de búnker, de castillo, de fortaleza. Aquellos cojines sujetaban una puerta hecha de cartón. Había dibujado con rotulador negro unas franjas que simulaban ser tablas de madera, también diferentes puntos en sus esquinas que eran los clavos con lo que se unían y un pomo que había rellenado con ceras de color ocre.

Había abierto esa puerta, que imaginaba enorme y robusta, sin preocuparse de cerrarla tras de sí. En otro momento, habría sido todo un error, pues podría haber ocasionado que los duendes negros hubiesen entrado sin resistencia. Pero en ese instante eso era secundario.

Buscaba con urgencia aquel trozo de tela, hecho específicamente de seda. Una desgastada por la que podías ver con cierta claridad lo que había al otro lado si mirabas por ella. Y eso era lo que necesitaba con tanta prisa. Quería tocarla y colocársela en la cabeza, tapándole los ojos. Aquella tela le hacía ver cosas que no existían, pero que a él le hacían más fuerte.

Cuando miraba a través de ella, en las paredes acolchadas de su refugio aparecía la sombra de un rey. Veía su corona, la capa ondeando al viento y su armadura brillar al levantar su espada. Era valiente, poderoso.

Encontró la tela en el cofre pirata. Allí guardaba un anillo que había sido de su madre que había perdido una de las tres piedras preciosas; también una bolsa de patatas fritas y un pequeño espejo redondo cuyo reverso estaba decorado con un paisaje de cuento de hadas.

Agarró el trozo cuadrado y se lo puso sobre la frente, casi como si fuera oxígeno y él se estuviera ahogando. Quizá lo estaba haciendo. Quizá moría en su realidad, como la emperatriz de La Historia Interminable. Puede que, como ella, necesitara que le salvaran. No podía saber si sería suficiente con cambiarle el nombre, él pensaba que también necesitaría cambiar el lugar donde vivía, la gente con la que vivía. Incluso si pudiese cambiarse el cuerpo con aquel rey que creía ver, lo haría.

Lo único que él no sabía es que aquella sombra, que se aparecía cuando sus ojos atravesaban aquel trozo de seda, no era la de un rey. Aquella capa y aquella corona, aquella armadura resplandeciente y aquella espada, las acababa de robar un muchacho cualquiera del tesoro de un dragón. Éste, siendo conocedor de cuándo tocaban algo suyo, había abierto los ojos y observaba a aquel joven dándole la espalda mientras se deleitaba tocando el resto de objetos preciosos, ajeno a su muerte.

Se empezaba a oír el crepitar del fuego en las fauces del dragón cuando, por arte de magia, el muchacho desapareció y, en su lugar, surgió una fortaleza hecha de cojines con una puerta hecha de cartón y un niño en su interior imaginando que su vida cambiaba drásticamente.

El niño pájaro

La guerra nunca ha traído nada bueno. Destroza vidas, deconstruye personas, consume, transforma. Los niños que sobrevivieron jamás serían niños, todo eso explotó en una nube de humo. Esa etapa se perdería, la alegría se escondería cada vez más hondo en sus corazones. La infancia moriría.

Sin embargo, había algo que les hacía girar sus rostros por las calles arrasadas. Un instante en el que la comisura de sus labios se dilataban en una mueca parecida a una sonrisa. Y era al verle.

Le llamaban el niño pájaro.

Sus piernas huesudas parecían alambres, justo como las patas de un gorrión. Estaba tan delgado, que sus costillas sobresalían como si fueran la panza de un polluelo. Sus rasgos alargados, junto con su nariz prominente le daban la comicidad de parecer que tuviera un pico. Y esa capa hecha de plumas que solía llevar ondeando al viento mientras corría, le hacían parecer un pájaro de verdad. La había hecho con las plumas de todas las aves que habían perecido. Sus padres tenían una granja de gallinas negras que sucumbieron, al igual que sus progenitores.

De pronto un día, el último antes de la rendición, se quedó huérfano.

Algunos decían que aquello le trastocó la mente, que se convirtió en un animal por falta de unos ejemplos y de una educación. Que le volvió loco la hambruna que duró varios días hasta que se dio cuenta de que nadie iba a cuidar de él. Que algún gas tóxico le había dotado de doble personalidad, y que una de ellas era la de un mago. Unos creían ver en él perfectamente al pájaro que simulaba. Decían que le habían visto volar, que habían sido testigos de su transformación. Otros, no se creían una palabra y giraban el cuello cuando lo veían. Como si la ignorancia pudiera borrar aquella imagen, enterrarla en la tierra junto con su poca cordura.

Un día, se le dejó de volver a ver. Nunca se sabría qué pasó con él. Los más místicos dirían que abrió las alas y llegó volando hasta el cielo para reunirse con sus padres. Los más realistas dirían que caería por algún barranco o moriría de frío.

Los niños, sin embargo, si alguien se hubiera acercado a alguno, si alguien les hubiera preguntado, habrían esbozado una sonrisa o se les habría escapado una carcajada. Si le hubiesen preguntado a la niñita de pelo rizado y ojos tristes que pedía todos los días en la puerta de la pequeña parroquia, se habría cubierto la boca sin dientes. Sus ojos habrían brillado con la luz de la inocencia, aquella virtud perdida, y les habría mirado pidiéndoles que se acercaran, como si fuera a contarles un secreto. Entonces, ella habría susurrado que el niño pájaro había desaparecido conjurando su magia. Se había ido de la mano de otros niños pájaro a su verdadero hogar. Uno donde todos son aceptados, donde se les quiere, donde ríen, donde pueden ser, al fin, felices.

Lengua equivocada

Salí de clase con la extraña sensación de lo improbable, de aquella oportunidad fallida que te da la vida, del azar ante que ya hubiese llegado a la parada y que, quizá, hubiese cogido ya el autobús.

Llegué con la lengua fuera y el corazón contoneándose en mi pecho a ritmo de salsa. Cogí aire y solté mi decepción al no ver a nadie esperando. Me detuve finalmente y me apoyé en la parada de mal humor. Me observé los pies maldiciendo otro día en el que la suerte no había estado de mi lado. Si el profesor Trevor se hubiese dado más prisa en explicar el trabajo…

Entró en mi campo de visión la figura de alguien más que se acercaba. No era nunca la única persona que cogía ese autobús. Sin embargo reparé que aquella sí que era la persona por la que había corrido hasta allí. Cabizbaja, tapándose con el flequillo y con expresión neutra. Si levantara más lo ojos, el mundo podría ver lo bonitos que los tenía. De pestañas oscuras y pecas que surcaban su nariz y sus mejillas. A su espalda, una mochila roja que parecía pesar. Ese día yo no llevaba material, así que se me ocurrió que podía ofrecerme… Se puso a mi lado sin inmutarse. ¿Cómo era capaz de no ver que estaba mirando hacia allá?

Volví la vista al frente y sentí mi valor menguar. Negué reprochándome haber pensado que podría fijarse en mí, que podría empezar una conversación. ¿Para qué tanto esfuerzo si ni siquiera me había mirado una sola vez? Porque coincidíamos cada día y, las pocas veces que su mirada y la mía se cruzaron, sentí que saltaron chispas. Porque hacía una semana me había sonreído al ceder mi puesto para que subiera primero. Porque el corazón me dolía de angustia al no saber siquiera su nombre.

Apreté los puños, dejando que el momento heroico penetrara por mis poros y llegara a mi sangre. Ese era el día. Me había preparado para ello. Me giré para enfrentar su mirada. Había estado practicando frente al espejo. Esperaba hacerlo bien.

La música en mis oídos estaba increíblemente alta, como cada día. Benditos auriculares de última generación. Aislaban cada sonido y desde fuera no se filtraban las notas incómodas para quien no las quisiera oír. No me gustaba ver el desdén en los ojos de la gente que se ponía a mi lado, ni sus muecas de disgusto.

Mi introversión era una lacra que me acompañaba y se agarraba a mi pierna como una sombra. Si tan solo tuviera un mundo interior maravilloso… Pero no merecía la pena mi propio silencio. Pasaba tan desapercibido como un fantasma.

La mochila me pesaba más que de costumbre porque llevaba varios libros de la biblioteca para un trabajo donde necesitaba demasiada documentación. A veces odiaba de veras haber escogido esa carrera.

Captó mi atención el chico que esperaba en la parada conmigo. Siempre era el mismo. Parecía que necesitaba ayuda porque gesticulaba en mi dirección. Me quité uno de los auriculares.

―Disculpa, no sé lengua de signos ―vocalicé lo mejor posible.

Él se quedó sumamente sorprendido. Tenía un rostro muy equilibrado. Los colores de sus mejillas encendidas me enternecieron.

―Será posible ―exclamó―. Pensaba que eras sordo. ¿Y ahora para qué me sirve a mí haber aprendido esto?

―Espera, ¿pensabas que era sordo?

Apagué la música y guardé los cascos.

―Alguna vez te he saludado y no me has dicho nada ―Su cara enrojeció como un tomate―. Pensaba que no podías oír. ¿Cómo iba a saber que llevabas auriculares por bluetooth?

―Lo… siento.

Me quedé en silencio mientras él se reía de sí mismo.

―¿Has aprendido algunos signos por mí? ¿Para hablar conmigo? ―pregunté finalmente. Él asintió con una amplia sonrisa que ocultaba su vergüenza―. Pues gracias.

―No hay de qué. Solo quería saber quién eras. Nos vemos siempre en el autobús y parece que nos ignoremos. Y vivimos bastante cerca. A una parada de distancia.

―Lo sé… ―murmuré mirando hacia mis pies―. Soy muy tímido. Demasiado como para tener iniciativa.

―Podríamos haber tomado algo algún día si me hubieses dado alguna muestra de interés…―Se rascó la nuca.

Le miré perplejo. ¿Eso estaba ocurriendo de verdad? ¿Me estaba ocurriendo a mí? Mi corazón latió frenético. Jamás había sentido la adrenalina recorrer mi cuerpo y subir hasta mi lengua. Se apoderó de mí un valor repentino:

―Tengo interés ―dije tragando saliva―. Sobre todo por la persona que se ha tomado la molestia de aprender lengua de signos solo por decirme hola.

Cuando el autobús llegó a la parada frente a la universidad, solo bajaron un par de personas y nadie subió esta vez.

Eurus

Juguemos a un juego, a uno de esos que a mí me enloquecen y a ti te ponen de los nervios.
Juguemos a que he encerrado dentro de mí un secreto, uno oscuro y siniestro.
Finjamos que mis costillas son la caja fuerte, y la llave un desgastado hueso.
Finjamos que alguien puede perecer si no lo desvelas, si no abres mi cuerpo.

Mantienes fija tu mirada, sin comprender, pero ya irás comprendiendo.
Mantienes tensa la mandíbula, pues se va haciendo hueco un pensamiento.
Y te adelantas, llamándome loca, al fin hablas mostrándote no tan cuerdo,
Y me golpeas contra la pared, con tu mano en mi garganta, levantándome del suelo.

Me miras con tu corazón frenético latiendo en mis oídos, alborozando mi pecho.
Me miras con la determinación de matarme, de lanzarme por los cielos.
Pero no sabes aún que ya eres mío, que eres parte de mi juego.
Pero no sabes que en realidad, soy yo quien está agarrando tu cuello.

Far Away

Otra vez aquel sueño terrible, en el que te vas y yo me quedo. He empezado a tenerlos hace muy poco tiempo, pero se repiten como el traqueteo de un tren que no se detiene. Sé que es inminente que vas a desaparecer de mi lado, y eso me tiene intranquila. Sopeso las posibilidades de lo extraordinario y los milagros, pero son ínfimas. Polillas que han sucumbido al contacto con aquella luz que les ha llevado a su fin.

Me pregunto si tú también tienes pesadillas en las que me pierdes. Si sientes el dolor inmenso que cargo en mi pecho y que me mantiene vagando en pena durante estos últimos instantes.

No sé cuándo ocurrirá, pero creo que dejaré de respirar. A veces me tiemblan las manos de pensar que no van a volver a tocarte.

Así que he atrapado tus dedos y me los he llevado a los labios. Me dan igual el resto. Que nos miren. Que murmuren. Qué más da. En este momento, en este lugar, a pesar de no reconocer absolutamente nada de mi alrededor, de no saber si es de día o de noche, no podía aguantar más las palabras atravesadas en mi garganta y te he dicho que te quiero. Que no te has ido y ya te echo de menos. Que no quiero despertarme de este sueño. Que no quiero estar tan lejos que no pueda siquiera recordar tu rostro. Sé que no puedo pedirte que me esperes, que es muy tarde para intentar planear una posibilidad juntos. Por eso te he repetido que te quiero.

Y entonces

me has besado.

El castillo de la colina

Con zancadas largas y presurosas, sus pies embutidos en unas botas de goma negras ascienden por la ladera de la colina. La hierba, bajo sus pasos, se comba. Como si por propia voluntad se tumbara al sol y quisiese broncearse. O como si se inclinara ante la presencia de un rey que vuelve al reino tras una ardua batalla y una gloriosa victoria.

Pero Selene, a pesar de regresar, no siente que haya nada glorioso en haber dejado pasar tanto tiempo para volver. Para situarse en aquella ladera que sintió sus primeros pasos y los últimos. En la que bajan a una velocidad pasmosa los miles de recuerdos, tan nítidos como si pudiera ver cada una de las veces que Leo, Santi, Laura y ella se dejaron caer rodando por la hierba.

Aquellos amigos habían quedado atrás al mismo tiempo que ella le dio la espalda a la colina. Justo a aquella colina, la que sostenía el castillo. Un armatoste derruido que había perdido su forma. A través de uno de los boquetes abiertos en uno de los tejados, se filtraba un rayo de un intenso naranja. El atardecer siempre jugó con ella, y aún hoy la saluda con intensidad, como si la reconociera.

No niega que le gustaría regresar a aquel tiempo. En el que no tenían respuestas, dado que sus preguntas eran infinitas. En el que se sentaban a merendar, a jugar, a beber hasta altas horas de la madrugada. El aire arrastraba aquel olor familiar, fresco y lleno de añoranza. Echaba en falta a sus fantasmas, la inseguridad y la temeridad. Incluso si pudiera regresar al momento en el que se rompió la pierna con 15 años, habría dado cualquier cosa.

Porque había regresado a aquellos años conforme subía por las amplias carreteras, como si hubiese dado un salto en el tiempo. Pero sola. Como si hubiese dado a parar a un pueblo fantasma.

Descendió la ladera con el sol perdiéndose, rindiéndose. Llevándose con él su calor, los buenos recuerdos, la vez en la que allí le rompieron el corazón, su primer beso, los pasos inciertos, las risas, los sustos, las confidencias a media voz, la forma en que la juventud la hizo sentir.

No cruces la línea

Había nevado durante toda la noche, así que la plaza estaba cubierta de un manto blanco brillante. Sin embargo aquella franja negra quedaba a la vista, dividiendo las dos partes de la ciudad. El pequeño Klaus, con su pelo cortísimo y rubio, y sus grandes ojos azules, había salido despavorido de la escuela para poder jugar con la nieve que había visto desde las ventanas. Él vivía en la parte más amplia, la plaza que quedaba al otro lado era apenas del ancho de una acera.

Divisó a una niña mayor que él observándole quieta, pegada a la pared de la estrecha calle que daba a aquella diminuta porción de terreno. Klaus levantó la mano, envuelta en sus manoplas azules claro y sonrió. Tenía la nariz y las mejillas rojas del frío, pero eso le divertía. Sentía la piel extraña cuando se la tocaba, como adormilada.

Se acercó a la línea divisoria. Medía unos 30 cm de ancho, y su longitud no alcanzaba la vista. Era una enorme cicatriz cuyos lados no eran paritarios. La desigualdad era evidente. Otros niños aparecieron en la plaza, a espaldas del pequeño y comenzaron a jugar lanzándose nieve, haciendo muñecos tan blancos como sus dientes de leche y riendo a carcajadas.

Pero Klaus no les prestaba atención. Sus ojos, que parecían el océano, observaban a la niña del otro lado de la línea. Llevaba un abrigo gris y un gorro de lana con orejeras que caían sin gracia aplastando su melena castaña. Al cuello, como una serpiente escuálida, se disponía una bufanda de punto grueso por el que se colaba el frío viento.

El niño sabía que estaba prohibido cruzar aquella franja. El simple hecho de no haber quedado cubierta de nieve ya era un presagio. Cuando iba con su padre no le dejaba ni siquiera mirar hacia el otro lado. No entendía por qué los mayores hacían que no existía. Como si hubiese una pared.

“Hola”, saludó Klaus.

La niña se acercó con cautela, adentrándose en su reducida plaza de nieve virgen. Miró a ambos extremos de la calle antes de aproximarse más. Se quedó a un metro de la línea y observó a los niños del otro lado.

“Juega con nosotros”, le dijo Klaus sonriéndole.

“No puedo”, contestó ella. “Está prohibido cruzar la línea”.

Klaus bajó los ojos a la franja negra y apretó sus finos labios. Los tenía congelados. Entonces alzó su mirada traviesa y plantó su zapato en la franja. Los dos esperaron un instante conteniendo la respiración para ver si algo ocurría. Y como todo seguía igual, Klaus cruzó al otro lado, rodeó a la niña riendo y regresó poniéndose en frente de nuevo.

“¿Ves? Puedes venir”.

Ella alzó el brazo y le rozó la nariz enrojecida. No le dio tiempo a pronunciar nada, aunque abrió la boca para hablar. Aquel gesto tan inocente, fue lo que acabó con su vida. Cayó de espaldas, fulminada por una bala que vino de algún lugar. Klaus se apartó de la línea con los ojos como platos, contemplando el horror, el verdadero horror de quien no entiende la desigualdad. El por qué para unos hacer algo prohibido no tiene consecuencias y para otros les supone su fin.

Mentes ruidosas

Dicen que las personas calladas son las que tienen una mente más ruidosa. Empecé a creerlo cuando la vi. Llevaba todo el pelo echado hacia delante, como si quisiese ocultarse al mundo. Quedarse tras las lianas que la protegían de las fieras de esta selva en la que vivimos. Aprisionada en su celda, su recodo personal, su pequeño espacio de seguridad.

Normalmente no me quedo observando a las personas en el tren, pero ella estaba sentada justo en frente. Miraba hacia el suelo, y yo no podía apartar mis ojos de aquella expresión imperturbable. Y justo cuando me dirigía a desviar mi mirada, sus ojos me atraparon. Se alzaron con una contundencia que jamás había experimentado. Como si una fuerza externa me hubiese pegado al asiento, como cuando despega un avión y se aprieta tu espalda contra el respaldo. Sentía mis pupilas estar ligadas a las suyas, a esos ojos que se hacían cada vez más grandes, como si quisiesen devorarme, introducirme en el mundo que tan solo ellos podían ver.

Entonces caí como caía Alicia por aquel agujero en la tierra. Caí asombrado por lo que iba encontrando, porque más que la realidad al revés, era otra completamente cuerda y diferente. No comprendí dónde me encontraba pues daba exactamente igual. Aquel increíble lugar me tenía aferrado a sus detalles. A la frondosidad de su ternura, a la fiereza de sus colores.

La confusión llegó cuando ella se levantó del asiento y se bajó en su parada. Me había quedado completamente en blanco, vacío y rígido. Como si se hubiese llevado mi alma, mis sueños, mi vida entera. Como si todo lo que yo era se hubiese caído realmente en su mirada y a mí ya no me quedara nada.

Cuando vaya a por ti

La lluvia no arreciaba. Era una tarde oscura, con una cúpula de nubes negras que no hacían más que descargar rayos y agua. Me había calado hasta los huesos esperando en la parada del autobús porque no llevaba paraguas. Tiritaba tan fuerte que hasta los dientes me castañeaban. Me abrazaba intentando conservar el calor, pero escapaba de mi boca por el frío que empezaba a crecer en mi estómago. Un malestar preso de la impaciencia y la incomodidad.

Subí al autobús en cuanto se detuvo enfrente y me sequé la cara con las mangas para saludar, de manera más o menos decente, al conductor. Me echó una mirada desaprobatoria. Entendía por qué, pero yo lamentaba más que él, el haberme olvidado del paraguas. Iba a pillar un resfriado serio.

Me senté cerca de la ventanilla que daba al otro lado de la calle. Suspiré aliviada al sentir el calor que salía del diminuto conducto de calefacción. Justo apuntaba a mis pies, los más perjudicados. Los había metido por completo en dos charcos que, en mi carrera por llegar a la parada, no había visto.

Me acomodé en el asiento y observé la acera de enfrente. Había una persona esperando. Se había puesto la capucha de su sudadera negra y cruzaba los brazos en su pecho. Lo extraño era que ahí no había una parada de autobús. Pero permanecía imperturbable mirando hacia aquí, como si estuviese convencido de que ahí también le recogerían a él.

El autobús se puso en marcha y en unos 20 minutos llegué a la parada que había cerca de mi casa. Era una suerte tener el trabajo a tan solo un bus de distancia. Incluso lloviendo y sin paraguas era una maravilla poder contar con transporte directo. Así que me bajé y corrí de nuevo hasta el pequeño jardín delantero. Abrí la verja. Los relámpagos se sucedían uno tras otro, iluminando la acera y mi puerta.

En el recibidor me quité el bolso empapado y empecé a sacar todo su contenido esperando que no se hubiese mojado nada. Me quité el calzado, los calcetines, el abrigo, y me metí en el baño en busca de una toalla para secarme un poco. Me desnudé y metí todo en la lavadora. Nunca hay que fiarse del agua de lluvia. Cuando se seca te deja unas manchas feísimas.

Cuando me erguí, me fijé en que los cristales estaban empañados. Llovía como si no hubiera mañana. Con la mano desempañé una pequeña franja en un extremo. El que daba al callejón larguísimo donde vivía un compañero que hoy no había ido a trabajar porque estaba con gripe.

Di un respingo al contemplar una silueta inmóvil casi al final de la calle y, como si se hubiese regocijado con mi pequeño susto, las luces hicieron lo propio y se apagaron.

Me acurruqué en la esquina con el corazón en un puño. Solo era un apagón debido a la tormenta. No podía petrificarme cada vez que algo inesperado sucedía. Era adulta, con trabajo y casa propia. Y, además, la oscuridad no era plena. Los relámpagos iluminaban intermitentemente mi cocina.

Alcé la vista y entonces lo vi. En el cristal apareció una palabra que me dejó en el sitio, con los ojos como platos y un hormigueo recorriéndome el cuerpo. Se me cortó la respiración y sentí que me mareaba. Antes no había nada escrito, lo había comprobado cuando pasé la mano por el cristal. Pero ahora rezaba una palabra clara y concisa: corre.

El sonido de un rayo atravesó mis tímpanos y mi cuerpo entero. Me encogí sintiendo que me faltaba el aire. Mis ojos volvieron al cristal con el temor de encontrarle sentido a esa palabra. Aquel individuo con la sudadera negra y la capucha puesta ahora me observaba. Había entrado en mi jardín.