Tritón

Él decía que yo era su Bailarina, pero él, aunque no lo sabía, era mi Tritón. Un ser mitológico capaz de aguantar la respiración por mí. Sé que ha tenido que cambiar para poder acercarse y protegerme, porque en mis vueltas me perdía y me encontraba en un entorno completamente ajeno. Y él, siempre, conseguía dar conmigo.

A veces hacía que no le veía. Le dejaba con la satisfacción de ver sin ser visto. Sabía que le gustaba cuando me sentía libre, porque pocas veces realmente lo sentía. Desplegaba mis pies en aquella colina bajo la luz de la luna y volaba. Me dejaba llevar por la brisa, la música que no sonaba, mi corazón que latía.

Quizá fuera egoísta al llegar el día, pues la magia escapaba de mis dedos, de mis pies. Me abandonaba en una realidad que me comía. Entonces corría hacia él como una ola letal, a sus brazos, a sus ojos, a sus manos siempre alerta para atraparme si caía. Y en mi impulso, sabía que a él también le arrastraba bajo el agua. Bajo las olas de lo que intentaba consumirme. Golpeándole con el vaivén terrible de mi tormenta.

Por eso mi hermano era mi tritón. Me mantenía a flote y me dejaba en ese montículo para verme bailar. Siempre unos pasos más atrás, oculto por unos árboles. Viendo sin ser visto.

Lo que él no sabía, era que su sonrisa iluminaba por entero el cielo nocturno. Y, así, mi noche era día y yo me recargaba con la energía que me proporcionaba ese pequeño sol.

Bailarina

Embelesada, Bailarina miraba el skyline de Madrid. Subida en aquel monte alejado del mundo se sentía protegida, a salvo de los demás. Con el mundo en silencio. Observaba las luces de los hogares donde familias, parejas y seres de otros lugares compartían un ratito de existencia junto a la mesa o al sofá. Ajenos al ruido. Cada uno con sus alegrías, sus miedos y sus sueños. Con sus tropezones y caídas. Con su vuelta a empezar. Le gustaba mirarlos desde aquel lugar privilegiado que había descubierto, casi por casualidad, una noche de sobrecarga. Observarlos y con ello sentir la libertad de imaginar su propio destino, olvidarse de la tristeza que en los días grises enmarañaba todo.

Se removió en el banco y con la mirada puesta en el horizonte, dejó que sus pensamientos volaran. Tristeza, felicidad, miedo… porque todo iba de eso, ¿no? Así se llamaba el juego, sentir. Ante esta idea, exhaló el aire de sus pulmones y confirmó la ecuación. Necesitaba moverse, recargarse, respirar de nuevo. Desentumeció sus músculos y en la oscuridad del montículo comenzó a mover los pies, muy despacio, con dulzura, sintiendo la música en su interior. Consciente de sus movimientos, cerró los ojos y se entregó a aquella pasión que nadie entendía. Aquella danza nocturna que iluminaba su presente.

Bajo aquel manto de estrellas y tan sólo agazapado unos metros más atrás, no pudo contener una sonrisa. Bailarina no sabía que su vaivén había tocado un alma con los dedos, desprendiendo luz con cada movimiento. Adoraba a su hermana. Sabía que aquél extraño baile era su vía de escape y sin querer importunarla, todas las noches se escapaba para estar a su lado, siempre unos pasos más atrás. Durante las horas de sol se limitaba a abrir los brazos para que Bailarina corriese a refugiarse en ellos. La salvaje y oculta cascada tras el bosque, el rayo que precede a la tormenta. Así era ella. Salvo en aquellas huidas nocturnas. Cual vampiro esperaba a la luz de la luna para encontrarse con su verdadero yo, el que no se escondía de la mirada de los demás. La Bailarina real. Y observar esa paz, amparado por el abrigo de la noche, era el acto más egoísta que cometía. Pero no lo podía evitar. Cuando la luz se iba y acudía a su escondite secreto, llenaba de fuerza su corazón hasta el día siguiente. Cuando ella, para poder continuar, lo apretaba con la misma pasión que le ponía a su mágica danza.

 

Descenso

Otra vez he bajado las escaleras que me llevan a aquella piscina donde no hago más que ahogarme. Donde no hago pie, donde parece que en mis bolsillos solo cargue piedras.

Piedras, que son las palabras. Aquella que duelen aunque se digan sin maldad, aquellas que se dicen con condescendencia, las que se sueltan sin pensar. Las que te parten y te doblan y te extinguen un poquito más.

Sé que bajo el agua es imposible respirar y, aún así, mis pies siguen llevándome al mismo destino. Me sumerjo, me pierdo y duele verlo.

El castillo de la colina

Con zancadas largas y presurosas, sus pies embutidos en unas botas de goma negras ascienden por la ladera de la colina. La hierba, bajo sus pasos, se comba. Como si por propia voluntad se tumbara al sol y quisiese broncearse. O como si se inclinara ante la presencia de un rey que vuelve al reino tras una ardua batalla y una gloriosa victoria.

Pero Selene, a pesar de regresar, no siente que haya nada glorioso en haber dejado pasar tanto tiempo para volver. Para situarse en aquella ladera que sintió sus primeros pasos y los últimos. En la que bajan a una velocidad pasmosa los miles de recuerdos, tan nítidos como si pudiera ver cada una de las veces que Leo, Santi, Laura y ella se dejaron caer rodando por la hierba.

Aquellos amigos habían quedado atrás al mismo tiempo que ella le dio la espalda a la colina. Justo a aquella colina, la que sostenía el castillo. Un armatoste derruido que había perdido su forma. A través de uno de los boquetes abiertos en uno de los tejados, se filtraba un rayo de un intenso naranja. El atardecer siempre jugó con ella, y aún hoy la saluda con intensidad, como si la reconociera.

No niega que le gustaría regresar a aquel tiempo. En el que no tenían respuestas, dado que sus preguntas eran infinitas. En el que se sentaban a merendar, a jugar, a beber hasta altas horas de la madrugada. El aire arrastraba aquel olor familiar, fresco y lleno de añoranza. Echaba en falta a sus fantasmas, la inseguridad y la temeridad. Incluso si pudiera regresar al momento en el que se rompió la pierna con 15 años, habría dado cualquier cosa.

Porque había regresado a aquellos años conforme subía por las amplias carreteras, como si hubiese dado un salto en el tiempo. Pero sola. Como si hubiese dado a parar a un pueblo fantasma.

Descendió la ladera con el sol perdiéndose, rindiéndose. Llevándose con él su calor, los buenos recuerdos, la vez en la que allí le rompieron el corazón, su primer beso, los pasos inciertos, las risas, los sustos, las confidencias a media voz, la forma en que la juventud la hizo sentir.

Piscinas liberadoras

Se miró en el reflejo que le devolvía el agua. Una amplia sonrisa. Decididamente estaba guapo a rabiar cuando sonreía. Incluso con el gorro de piscina y las gafas puestas. Sus ojos azules se diluían en aquel líquido y no sabías si eran parte del agua también, o quizá del cielo.

Al fin había encontrado la manera de canalizar sus sentimientos. De dejar de sentirse tan vacío y de rellenar su alma con algo que no fuera ese hastío.

Nadar.

Era liberador.

No sabía si tenía que ver con el hecho de no escuchar nada cuando se sumergía o por hacer ejercicio, por tener que centrarse en mantenerse a flote o por prestar atención a su respiración para no ahogarse. Pero impregnaba su corazón de algo parecido a la tranquilidad.

Le venía bien nadar. Y eso que le costaba hacer cualquier cosa. Levantarse, vestirse, salir… Todo lo cotidiano era cargante, solitario y se preguntaba que de qué servía nada de lo que hacía. Había perdido el sentido de su vida, el rumbo de sus pasos. Pero había encontrado que su camino no estaba dibujado en tierra, si no en agua.

Incluso a veces se sentía perder las ganas mientras avanzaba por la calle de siempre. Como si su cuerpo no respondiese y su pecho se volviese de piedra. Sentía que se hundía sin remedio, y era en ese momento cuando se detenía. Respiraba lentamente. Y volvía a sumergirse. Poco a poco, se decía. Un brazo tras otro, una patada tras otra, cabeza arriba y  cabeza abajo.

Sus dedos, leales, nunca fallaban. Daban al final con la pared y lo alzaban. Siempre acababa por salir. No siempre iba a sentirse así.

Alguien que sepa frenar Noviembre

El 31 de Octubre dicen que es el día de la muerte. Quizás es el presagio del mes siguiente, que me anuncia que caminaré por sus días como un zombie. Sin alma, casi sin cuerpo y sin corazón.

Porque me había acostumbrado a los meses endulzados, y éste tendrá el sabor amargo de una despedida. Más que una despedida, será el sabor del hueco que nadie llena. De un eco de una voz que ya no me acompaña. Una mano combada esperando otra mano que no volverá a sostener. Una presencia fantasmal que ahora sólo me hace sentir frío.

Podría llegar Diciembre directamente. Que acabe el curso, que empiecen las compras de Navidad, que venga el turrón y que se llene de colores el árbol. Que se empiece a cantar, a agradecer las cosas buenas de este tortuoso año, que se pida el deseo de que mejore el siguiente. Que la esperanza surja como una estrella y surque el cielo inundándolo de luz.

Noviembre siempre ha sido un mes bonito. Y el recuerdo sirve para poderlo superar de nuevo.

Cuesta volver

Cuesta volver a escribir, volver a confiar.

Volver a la rutina.

Cuesta volver a reír, a salir.

Darse cuenta de que estás solo, y no tan solo. Sobre todo eso, porque estar solo no tiene que ser algo malo. Todos al fin y al cabo lo estamos. Irremediablemente. Porque de otra manera no podríamos superar miedos, avanzar, aprender, conocernos.
Y de pronto surgen reencuentros. Risa renovada, ganas de dar caricias, de compartir pensamientos. De que te salven.
Ganas de volver aunque cueste.

Y ponerse en pie. Reconstruir la coraza y sujetar con firmeza la espada. Sopesar en cambiarla por flores. No es cuestión de matar todo lo que aparezca a tu alrededor. Es tiempo para protegerse y dejarse mimar. De que curen al fin los zarpazos de la vida.

De querer el camino en el que estás y de esperar lo mejor.

Ser valiente

Son tiempos de valientes. De demostrar lo que uno vale al mundo, de arriesgar por lo sueños que aún no se han alcanzado. Hay que abrocharse la capa y marcar la inicial de tu nombre de héroe en el pecho. Decirte que has de volar aunque de miedo, que nadie nace sabiendo.

Son tiempos en los que debes apretujar un poco el corazón y aplastarlo contra el alma. Donde duele inspira. Quizás sea eso lo necesario para afrontar la vida que nos combate cada día. Hay que ser valientes. Pasos lentos pero seguros, saltos de infarto sin red donde caer, decisiones medidas y también decidir sin pensar, gritar y susurrar…

Clavar la bandera, crear un himno, ensanchar la sonrisa. Ser lo suficiente valiente para elegir ser feliz.

La distancia de mi corazón a tu pecho

Supongo que sí que lo sabía, que a pesar de la distancia ibas a estar aquí. Que el sol iba a rebotar en tu espejo y me iba a llegar tu resplandor. Que me llegarían los rayos que desprendes con tu sonrisa perlada. Sabía que no ibas a desaparecer porque es demasiado lo que cargo por dentro de tí. Porque es como si hubiese una mano tendida delante de mi que agarro con fuerza y no se desvanece. Pero tampoco aparece nada más.

Y miro ausente ese apretón de manos preguntándome cuánto falta para que el contacto sea real. Pero no encuentro respuesta. Me siento perdida sosteniendo un mapa sin puntos cardinales, sin ríos ni montañas, sin edificios emblemáticos, sin carreteras. Sin señales. Y fuerzo la sonrisa clavando en mi frente el cartel del optimismo. Cuando lo dices en alto parece mucho más real.

La distancia no es buena. El corazón extraña demasiado.