El niño pájaro

La guerra nunca ha traído nada bueno. Destroza vidas, deconstruye personas, consume, transforma. Los niños que sobrevivieron jamás serían niños, todo eso explotó en una nube de humo. Esa etapa se perdería, la alegría se escondería cada vez más hondo en sus corazones. La infancia moriría.

Sin embargo, había algo que les hacía girar sus rostros por las calles arrasadas. Un instante en el que la comisura de sus labios se dilataban en una mueca parecida a una sonrisa. Y era al verle.

Le llamaban el niño pájaro.

Sus piernas huesudas parecían alambres, justo como las patas de un gorrión. Estaba tan delgado, que sus costillas sobresalían como si fueran la panza de un polluelo. Sus rasgos alargados, junto con su nariz prominente le daban la comicidad de parecer que tuviera un pico. Y esa capa hecha de plumas que solía llevar ondeando al viento mientras corría, le hacían parecer un pájaro de verdad. La había hecho con las plumas de todas las aves que habían perecido. Sus padres tenían una granja de gallinas negras que sucumbieron, al igual que sus progenitores.

De pronto un día, el último antes de la rendición, se quedó huérfano.

Algunos decían que aquello le trastocó la mente, que se convirtió en un animal por falta de unos ejemplos y de una educación. Que le volvió loco la hambruna que duró varios días hasta que se dio cuenta de que nadie iba a cuidar de él. Que algún gas tóxico le había dotado de doble personalidad, y que una de ellas era la de un mago. Unos creían ver en él perfectamente al pájaro que simulaba. Decían que le habían visto volar, que habían sido testigos de su transformación. Otros, no se creían una palabra y giraban el cuello cuando lo veían. Como si la ignorancia pudiera borrar aquella imagen, enterrarla en la tierra junto con su poca cordura.

Un día, se le dejó de volver a ver. Nunca se sabría qué pasó con él. Los más místicos dirían que abrió las alas y llegó volando hasta el cielo para reunirse con sus padres. Los más realistas dirían que caería por algún barranco o moriría de frío.

Los niños, sin embargo, si alguien se hubiera acercado a alguno, si alguien les hubiera preguntado, habrían esbozado una sonrisa o se les habría escapado una carcajada. Si le hubiesen preguntado a la niñita de pelo rizado y ojos tristes que pedía todos los días en la puerta de la pequeña parroquia, se habría cubierto la boca sin dientes. Sus ojos habrían brillado con la luz de la inocencia, aquella virtud perdida, y les habría mirado pidiéndoles que se acercaran, como si fuera a contarles un secreto. Entonces, ella habría susurrado que el niño pájaro había desaparecido conjurando su magia. Se había ido de la mano de otros niños pájaro a su verdadero hogar. Uno donde todos son aceptados, donde se les quiere, donde ríen, donde pueden ser, al fin, felices.

Far Away

Otra vez aquel sueño terrible, en el que te vas y yo me quedo. He empezado a tenerlos hace muy poco tiempo, pero se repiten como el traqueteo de un tren que no se detiene. Sé que es inminente que vas a desaparecer de mi lado, y eso me tiene intranquila. Sopeso las posibilidades de lo extraordinario y los milagros, pero son ínfimas. Polillas que han sucumbido al contacto con aquella luz que les ha llevado a su fin.

Me pregunto si tú también tienes pesadillas en las que me pierdes. Si sientes el dolor inmenso que cargo en mi pecho y que me mantiene vagando en pena durante estos últimos instantes.

No sé cuándo ocurrirá, pero creo que dejaré de respirar. A veces me tiemblan las manos de pensar que no van a volver a tocarte.

Así que he atrapado tus dedos y me los he llevado a los labios. Me dan igual el resto. Que nos miren. Que murmuren. Qué más da. En este momento, en este lugar, a pesar de no reconocer absolutamente nada de mi alrededor, de no saber si es de día o de noche, no podía aguantar más las palabras atravesadas en mi garganta y te he dicho que te quiero. Que no te has ido y ya te echo de menos. Que no quiero despertarme de este sueño. Que no quiero estar tan lejos que no pueda siquiera recordar tu rostro. Sé que no puedo pedirte que me esperes, que es muy tarde para intentar planear una posibilidad juntos. Por eso te he repetido que te quiero.

Y entonces

me has besado.

Estamos hechos de estrellas

Es extraño cómo nos centramos en nuestra propia oscuridad y nos dejamos consumir por ella. Es extraña la manera en la que egoístamente nos herimos a nosotros mismos. Cuando en realidad todos estamos hechos de pequeñas estrellas. Las intentamos apagar a placer sin ser conscientes del mal que aquel acto conlleva. Y no solo para uno mismo.

Porque tenemos el poder de crear luz, de que aquellos fragmentos salgan de nosotros brillando y contagiando su paz. Nos cuesta querer ver las luces de los demás, pero ahí están, bailando a nuestro alrededor buscando las grietas para colarse dentro.

Somos unos ridículos. Porque esos haces curan más que mil medicinas. Son unas manos que palian el daño, que sanan con su cercanía. Somos ciegos. Solo nos preocupa nuestro interior, cuando lo que nos da felicidad es el interior de las otras personas. ¿Qué hay mejor que una sonrisa de aquel al que quieres? ¿Saber que está bien?

Porque nos perdemos en nuestro dolor y solo necesitamos ser valientes para aceptar que alguien nos busque. Cuánto cuesta reconocerlo, ser consciente de que el bienestar no lo crea uno mismo. La paz se consigue con amor, si nos dejamos tocar por las luces de los demás. Porque no siempre es fácil la vida, pero así hace que merezca la pena.

En Diciembre

Es extraño que alguien que lo era todo, se vuelva nada y acabe por convertirse en recuerdos. No estamos acostumbrados a dejar ir, no queremos que las personas que más queremos nos abandonen porque se llevan gran parte de nosotros mismos. Perdemos un trocito de alma, otro trocito de corazón y se forma una barrera que se interpone en lo que pudo pasar y nunca sucederá.

Al abrir las ventanas esta mañana, he mirado al cielo. Le he contado lo bonito que está el sol, he inventado las formas que tenían las nubes, le he explicado el olor que me traía el gélido viento. Sé que me escucha. Sé que se imagina lo que le digo. Sé que sonríe.

Puedo asegurar que se cumple aquello que dicen de que “quien nos deja, nunca nos abandona del todo”. Puede sentirse en cada lugar, como una presencia. En su sillón leyendo el periódico, de pie en la cocina, dando un beso de buenas noches. Sé que cuando se recuerda todo esto él también lo ve. También sé que cuando se ponen tristes, él mitiga sus lágrimas con un abrazo que sienten desde el interior.

Y es que todos damos lo mejor de nosotros, descargamos nuestros mejores sentimientos en las personas que más apreciamos. Por eso nadie se va del todo. Somos el legado que deja, quienes debemos continuar con su historia donde puso un punto final. Luchar por ellos, vivir por ellos, compartir con ellos nuestras aventuras. Llegará un momento en que podremos soltar su pluma, porque estemos preparados para seguir escribiendo nuestra propia historia. Porque todos nos volvemos niños a los que hay que llevar de la mano, aunque solos nos damos cuenta de que debemos crecer, soltarnos de aquel cálido tacto. Vamos a necesitar nuestras manos para agarrar otras. Las de los que nos necesitan en sus vidas. Y todas ellas serán diferentes, la de una madre, una amiga, una hermana, un sobrino y por qué no, la de un hijo. Y nuestros trazos se mezclarán con otros trazos y escribiremos relatos con otras personas. Es inevitable, nadie lo puede detener. Las letras se seguirán sucediendo en este arduo camino al que llamamos vida.

Pero de algo estamos completamente seguros, y es que al mirar al cielo y al contar cómo es el sol y a qué huelen estos días, nos escuchan y sonríen. Porque aunque estamos sin ellos, ellos nos acompañan.

Te echamos de menos

Sabina se ha despertado después de una larga noche escuchando solo su respiración. El sol parece querer entrar rasgando las cortinas. Uno de sus rayos se ha escapado y alumbra directamente sus ojos. Esa noche ha hecho más frío que de costumbre y se ha echado la manta de pelo por encima de las sábanas inmaculadas. Se sienta apoyando la espalda en la almohada y se frota los ojos. Después desliza sus manos hacia su nuca y se para en los huecos de detrás de las orejas. La fiesta de ayer fue lo más especial y maravilloso que le ha ocurrido nunca, pero se siente tan fatigada hoy… Desvía su atención hacia la mesilla. El móvil ha empezado a vibrar.

“¿Sí?… Hola mi sol, ¿cómo estás…? Yo bien, un poco cansada, pero ya sabíamos que esto pasaría… Sí, muchas emociones fuertes… Ya, soy consciente del paso que hemos dado… A mí también se me hace extraño pensar en que ahora soy tu mujer… Sí, la mujer más preciosísima del mundo [Jaime no hace más que decirme todos los días lo mucho que me quiere y lo guapa que soy. Supongo que nunca me cansaré de sus valoraciones]… ¿Hoy vas a venir a verme? Mi madre no me deja moverme de la cama, me ha subido la fiebre unas décimas… sí, claro que el médico lo sabe, ha sido el que me ha aconsejado tumbarme… ¿Pero vas a venir a verme hoy?… sí, sí, ya me acuerdo, ¿pero no puedes sacar unos minutos?… Vale, no pasa nada, yo también te quiero, adiós.”

Sabina pinta una media sonrisa triste y deja el móvil encima de la mesilla. Se vuelve a recostar y se da la vuelta para que el sol no le moleste. No parece que hoy vaya a ser un día productivo, ni siquiera feliz… Debería de sentirse dichosa. No muchos pueden cumplir tantas cosas en tan poco tiempo. En la tienda de ropa donde trabaja ha duplicado sus ventas, su novio le propuso matrimonio en el mismo parque donde se conocieron hacía apenas año y medio, y supo preparar en menos de quince días una boda con todo lujo de detalles. Flores blancas decorando los bancos de la Iglesia y el altar, banquete con primero, segundo, postre, champán y café para unas cincuenta personas, baile en una carpa cercana al lugar de la comida… Aunque ella después del banquete tuvo que marcharse por órdenes médicas. Había cogido un catarro y eso no le beneficiaba en su enfermedad.

Se acordaba en ese momento del día que se fue a por su vestido de boda. Lo quería blanco y ceñido al abdomen. Siempre se imaginó con uno de esos vestidos vaporosos, con una cola de seis metros y un velo que compitiese a su vez con el mismo. Sin embargo se enamoró de la más sencilla vestimenta. Sin cola, pero largo; ceñido a la cintura, pero dejando respirar y moverse con comodidad; en vez de blanco brillante, tiraba a un tono hueso, mate. Pero ella sabía que ese era el suyo. Y supo que acertó cuando entró por la puerta de la Iglesia y Jaime no consiguió quitar los ojos de ella ni un momento. Cuando llegó a su lado y en vez de decirle lo guapa que estaba, enmudeció.

Se revolvió entre las sábanas. Los pies se le habían quedado fríos. Oyó la puerta de su habitación abrirse. Una sombra se desplazó hacia su lado, le tocó la frente y se quedó un rato a su lado. Supuso que sería su madre, no hacía más que repetir la misma acción cada hora. “¿Mamá?””¿Te he despertado? Lo siento cariño, vuelve a dormirte, solo quería ver cómo iba la fiebre”. Sabina abrió los ojos y miró a su madre con ojos tiernos. “Para eso están las enfermeras, deberías irte a casa y descansar allí, sabes que aquí estoy bien. ¿Dónde mejor que aquí?”. Su madre bajó la mirada y un par de lágrimas recorrieron su rostro. Precipitadamente estampó su mano para frenarlas. “En casa, con tu marido, o con tu familia… ahí es donde deberías estar”. “Mamá, ya lo hemos hablado, no me apetece que carguéis conmigo”. Con las manos se irguió en la cama y volvió a apoyar la espalda en la almohada. Mientras su madre le colocaba las sábanas para mantenerla abrigada replicaba: “Este es un lugar frío. Para hacer lo que hacen las enfermeras, lo puedo hacer yo en casa…”. Sabina negó con la cabeza. Se sentía tan débil ahora que le costaba incluso hablar. A veces sentía que había olvidado como poner sus labios para producir sonidos. “Mamá…” murmuró “no me apetece que cada vez que entres a casa te acuerdes de mí y te pongas a llorar. Aquí estoy bien… pero por favor, ¿puedes taparme los pies con algo? Se me han quedado fríos”. Su madre se levantó mientras se sorbía la tristeza y le puso por encima una pequeña manta. Era con la que se arropaba ella cuando se quedaba a dormir allí. Había un sillón replegable al lado de la ventana.

Se sentó en el taburete de al lado de su cama y le cogió la mano. “¿Hoy no va a venir Jaime?” Le preguntó mientras besaba su frágil mano. “No, tiene que encargarse del pago del banquete, de arreglar cosas con la capilla y recoger las flores. Quería traerme todas las margaritas y ponerlas por toda la habitación. ¿Te imaginas? Qué locura.” Su madre sabía que era un buen chico, pero las últimas semanas parecía que intentaba evitar a su hija. Entendía que no era sencillo, que no era fácil. Y que todo sería mucho más doloroso después. Tanto que no quería ni imaginarlo. Sin embargo ahora estaba ahí, sujetando la mano de su hija, con esa ilusión en sus ojos de una chica feliz, al menos eso parecía. “Es un buen chico”. Es lo único que podía decir, lo que repetía una y otra vez. Un chico joven, tan joven como ella, sin apenas saber de la vida, sin haberla vivido aun. “Mamá, no te pongas triste, aún estoy aquí. Dime cosas, que no quiero que pasen estos días como si fueran una espera. Quiero que si me pilla, que sea por sorpresa. Que no note que se espera el final. Soy consciente de lo que pido y no me parece tan difícil fingir un poco, por parte de todos.” Su madre volvió a repetir la misma operación, más lágrimas y más secarse rápidamente las huellas del recorrido de estas.

Sabina veía que el dolor cada día se agudizaba más, el suyo propio y el de los demás. Y tenía tanto miedo, tantísimo pavor… ¿sufriría tanto como para pedirles a los médicos que la durmieran y que se esperara hasta que su cuerpo decidiera apagarse? ¿Sería lo suficientemente valiente de afrontar el paso con entereza? ¿Cómo sería, qué habría después? Ella no quería creer en el más allá como otro lugar parecido a este, porque si era así, también habría gente que lo pasaría mal, gente que como ella debería de afrontar el siguiente paso. Uno tan oscuro, tan inquietante, tan incomprensible.

Estabas preciosa, cariño” Le dijo su madre cuando se volvió a despertar de su sueño. “Ya han traído las fotos, y sales radiante. Mira, tu padre cuando pronunció el discurso. Qué orgulloso se sentía de ti. Sabes que no suele expresar lo que siente, pero yo sé que le habría encantado poder abrazarte delante de todos y ponerse a llorar allí mismo. Sé que le encantaría haberte dicho a gritos todo lo que sentía en ese momento en vez de soltar las cuatro palabras tan bien medidas que se preparó.” Sabina asintió. Mientras su madre le pasaba las fotos y las comentaba una a una, sonreía. Esa era ella, había podido cumplir su deseo. Se detuvo en la imagen en la que Jaime se disponía a ponerle el anillo. Su mirada nerviosa, su corazón desbocado, sus palabras temblorosas. Fue mágico, y la foto retrataba perfectamente el momento. “Me hubiese gustado tener un bebé” murmuró. Su madre detuvo sus manos y dejó el paquete de fotos encima de la cama. “Cielo, no tienes tanta fuerza…” “Lo que no tengo es tiempo.

Se quedó absorta imaginando una posible vida futura. Con Jaime, en su propia casa, con dos retoños correteando por el salón. Soplando las velas de sus cumpleaños, un año, dos años, tres… y viéndolos crecer, pasando las navidades con ellos, haciendo las compras de Reyes, la compra de la semana, teniendo riñas con los pequeños por algo que no les gustara comer, llevándolos al colegio… Recuesta la cabeza, parece que todo empieza a darle vueltas. “¿Te encuentras mal, cielo?” “Me mareo un poco, déjame un rato, estoy cansada.” Su madre asintió y le acomodó la almohada. Recogió las fotos y bajó la persiana. Llamó también a una enfermera, pero no le dio ninguna solución de qué hacer al respecto. “Déjela descansar” le dijo.

Llegó la noche y un par de visitas. Al parecer los que asistieron ayer a su enlace, habían hecho ya la buena acción de verla y despedirse, por lo que ya solo les quedaba esperar a que sonara el teléfono para comunicarles de la próxima visita sería a las 7 en el tanatorio. Solo te das cuenta de quienes son seres humanos y quienes no cuando se dan este tipo de circunstancias. La mayoría te abrirá los ojos con sus acciones y observarás que realmente no tienen corazón, si no corcho en su lugar.

La tía Belén y la prima Esther le han traído bombones, ya que flores le debían de sobrar ahora. Ellas esperaban encontrarse la habitación como dijo Jaime, llena de margaritas hasta los topes, sin embargo encontraron una muchacha blanquecina echada con su madre mordiéndose la tristeza. La hora que estuvieron con Sabina fue muy amena, pasó rápido. Al marcharse se hizo el silencio y aún más cuando su madre no pudo soportarlo más y decidió, al fin, irse a dormir a su casa.

La noche entera pasó de puntillas y amaneció a las siete. Sabina se despertó con esa sensación, esa que todos sienten al finalizar todo, la que se teme. Ella tragó saliva y levantó la mano para coger su móvil encima de la mesilla. Buscó con toda la rapidez que pudo el número de Jaime. Sonaron cuatro largos pitidos hasta que lo descolgaron. “¿Sabina? ¿Ocurre algo? Es muy temprano” Sabina abrió la boca pero no produjo ningún sonido. Había olvidado cómo pronunciar vocales y consonantes. “¿Sabina? ¿Estás ahí? ¿Qué ocurre amor? ¿Sabina?” Colgó. Al menos había oído su voz, y sabía que estaba bien. Había pasado la noche en casa de sus padres, en su cuarto, en su cama y había conciliado el sueño sin problemas. Más o menos como ella, omitiendo lo de su casa, aunque se había acostumbrado tanto a este lugar que ya lo sentía como suyo. Por eso tampoco había querido pasar estos últimos días en su casa, con sus padres. Supuso que cuando volviese a cruzar la puerta de entrada de ese sitio en el que había crecido, le resultaría tan extraño como le pareció el hospital cuando ingresó, y le dio miedo. Miedo a volver y no encontrar nada suyo, nada que le perteneciera ya. Que no corrieran recuerdos por su mente nada mas mirar una foto, un cuadro o su propio cuarto. Respiró hondo y se le escaparon las lágrimas que tanto había estado reprimiendo. Ahora, que sentía tanto miedo, el mismo que su madre había estado sintiendo estos días y ella había intentado ocultar. Ahora, que no sabía si podría volver a tomar otra bocanada de aire, estaba sola, muda. Ahora, que su cuerpo no era suyo, que ya no le obedecía, que hasta sus propios recuerdos no le parecían propios. Ahora, ahora era el momento. Ese, el decisivo, el que parecía prolongarse tantísimo… Qué miedo sentía.

Una enfermera cruzó la puerta de la habitación 137. Allí había una chica de dieciséis años, tumbada, sudorosa, con borbotones de lágrimas, pero serena. Descansando. Le costó reconocer, mientras le pasaba un pañuelo por la frente, que el alma de aquella chiquilla había volado lejos de esa habitación. Tan lejos que era imposible de alcanzar.

Al día siguiente fue el funeral y acudió la familia. Los únicos seres humanos que había, eran cinco. Jaime llenó la sala de margaritas blancas y le puso una a Sabina en el pelo cuando se acercó al ataúd. Besó sus ojos con dulzura y acarició su semblante gélido. Realmente en ese momento podía contemplar a la mujer más hermosa, que al fin, descansaba. Y se lo susurró y le pidió perdón por no habérselo podido decir en su boda. Había sentido miedo durante tanto tiempo… le pidió perdón por ser tan cobarde, por no haber ido a verla, por no querer abrir los ojos a lo que ocurría. Se acercó aún más a su cara y le prometió que se reuniría con ella dondequiera que estuviera. Que sería siempre lo que más había querido.
En algún lugar cercano, sin embargo, está surgiendo la vida. Una nueva, una diferente, pequeña, una tan especial como se quisiese ser. Y cuando su madre la mantiene entre sus manos, cuando la apoya en su pecho, ya sabe como se llama. Sabina.

Angelitos de ojos azules danzarines

– ¿Realmente quieres correr el riesgo? ¿Realmente? ¿Lo has pensado bien?
– Sí, una vida sin riesgo no tiene sentido.- John le cogió las manos delicadamente. La piel traslúcida de Ari brillaba con el sol y las puntitas azules de sus ojos danzaban de felicidad. Cada segundo que pasaba con él se le quedaba grabado en las retinas como si fuera un nuevo color, un nuevo sabor, una nueva textura… cada instante que se quedaba mirándolo embobada su corazoncito bombeaba con fuerza y tan rápido como un colibrí mueve sus alas. Dicen que es capaz de aletear 24 veces por segundo. Pero un corazón no puede later tan desbocadamente.
– ¿Entonces quieres correr el riesgo?
– Amarte no es ningún riesgo, es un seguro de vida.
– ¿Un seguro?- Preguntó John.
– Me aseguras mil aventuras y mil experiencias nuevas cada vez que estoy contigo. Es lo que tiene ser tú. La gente con tus dones… no deben de tener una vida muy pasiva.
– No, no la tenemos.- Se quedó muy callado.
– ¿Qué ocurre?- Preguntó Ari. Se aferró a sus manos. John se acercó al borde de la gran azotea y miró hacia abajo con mucha lentitud. – Están aquí.- John miró compungido su rostro. – No pasa nada, no tengo miedo a las alturas.
Y saltaron mientras Ari expandía sus alas blancas al cielo.