Por fin la vi

No la esperaba pero la vi, ahí delante de mí, tan hermosa como siempre. Hacía tiempo que no aparecía y por fin pude ver su rostro de nuevo. Fue como ver una luz en medio de un túnel largo y oscuro, como contemplar una estrella fugaz y ver cumplido tu deseo, fue una alegría inesperada que hizo latir más fuerte mi corazón.

―Qué guapa estás ―le dije acariciándole la mejilla.

Ella sonrió. Tenía una sonrisa que te calmaba el alma.

No tenía palabras para expresar lo que suponía ese reencuentro, sólo me quedé observándola, memorizando cada facción, cada gesto, cada movimiento. No quería perderme nada. Pero entonces me di cuenta. Una sensación de tristeza comenzó a recorrer cada parte de mi cuerpo haciendo que las lágrimas brotasen sin control por mis ojos.

¿Por qué? ¿Por qué te tienes que marchar? Quédate un rato más, por favor.

Inevitablemente su imagen se esfumó. En ese mismo instante desperté, sintiendo un fuerte dolor en el corazón, de esos que te destrozan más que cualquier dolencia física. Ella ya no estaba, y yo apenas la sentía ya.

Se había pasado a verme para que pudiese continuar un tiempo más sin ella, se había pasado a verme para que no se me olvidase su cara, se había pasado a verme porque nunca se ha ido de mi lado. Se mantiene ahí como un ángel de la guarda, aislada para que la nostalgia no se convierta en un dolor insoportable y permanente, para que el tiempo calme su ausencia y su presencia no duela sino cure.

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En Diciembre

Es extraño que alguien que lo era todo, se vuelva nada y acabe por convertirse en recuerdos. No estamos acostumbrados a dejar ir, no queremos que las personas que más queremos nos abandonen porque se llevan gran parte de nosotros mismos. Perdemos un trocito de alma, otro trocito de corazón y se forma una barrera que se interpone en lo que pudo pasar y nunca sucederá.

Al abrir las ventanas esta mañana, he mirado al cielo. Le he contado lo bonito que está el sol, he inventado las formas que tenían las nubes, le he explicado el olor que me traía el gélido viento. Sé que me escucha. Sé que se imagina lo que le digo. Sé que sonríe.

Puedo asegurar que se cumple aquello que dicen de que “quien nos deja, nunca nos abandona del todo”. Puede sentirse en cada lugar, como una presencia. En su sillón leyendo el periódico, de pie en la cocina, dando un beso de buenas noches. Sé que cuando se recuerda todo esto él también lo ve. También sé que cuando se ponen tristes, él mitiga sus lágrimas con un abrazo que sienten desde el interior.

Y es que todos damos lo mejor de nosotros, descargamos nuestros mejores sentimientos en las personas que más apreciamos. Por eso nadie se va del todo. Somos el legado que deja, quienes debemos continuar con su historia donde puso un punto final. Luchar por ellos, vivir por ellos, compartir con ellos nuestras aventuras. Llegará un momento en que podremos soltar su pluma, porque estemos preparados para seguir escribiendo nuestra propia historia. Porque todos nos volvemos niños a los que hay que llevar de la mano, aunque solos nos damos cuenta de que debemos crecer, soltarnos de aquel cálido tacto. Vamos a necesitar nuestras manos para agarrar otras. Las de los que nos necesitan en sus vidas. Y todas ellas serán diferentes, la de una madre, una amiga, una hermana, un sobrino y por qué no, la de un hijo. Y nuestros trazos se mezclarán con otros trazos y escribiremos relatos con otras personas. Es inevitable, nadie lo puede detener. Las letras se seguirán sucediendo en este arduo camino al que llamamos vida.

Pero de algo estamos completamente seguros, y es que al mirar al cielo y al contar cómo es el sol y a qué huelen estos días, nos escuchan y sonríen. Porque aunque estamos sin ellos, ellos nos acompañan.

Angelitos de ojos azules danzarines

– ¿Realmente quieres correr el riesgo? ¿Realmente? ¿Lo has pensado bien?
– Sí, una vida sin riesgo no tiene sentido.- John le cogió las manos delicadamente. La piel traslúcida de Ari brillaba con el sol y las puntitas azules de sus ojos danzaban de felicidad. Cada segundo que pasaba con él se le quedaba grabado en las retinas como si fuera un nuevo color, un nuevo sabor, una nueva textura… cada instante que se quedaba mirándolo embobada su corazoncito bombeaba con fuerza y tan rápido como un colibrí mueve sus alas. Dicen que es capaz de aletear 24 veces por segundo. Pero un corazón no puede later tan desbocadamente.
– ¿Entonces quieres correr el riesgo?
– Amarte no es ningún riesgo, es un seguro de vida.
– ¿Un seguro?- Preguntó John.
– Me aseguras mil aventuras y mil experiencias nuevas cada vez que estoy contigo. Es lo que tiene ser tú. La gente con tus dones… no deben de tener una vida muy pasiva.
– No, no la tenemos.- Se quedó muy callado.
– ¿Qué ocurre?- Preguntó Ari. Se aferró a sus manos. John se acercó al borde de la gran azotea y miró hacia abajo con mucha lentitud. – Están aquí.- John miró compungido su rostro. – No pasa nada, no tengo miedo a las alturas.
Y saltaron mientras Ari expandía sus alas blancas al cielo.