Tritón

Él decía que yo era su Bailarina, pero él, aunque no lo sabía, era mi Tritón. Un ser mitológico capaz de aguantar la respiración por mí. Sé que ha tenido que cambiar para poder acercarse y protegerme, porque en mis vueltas me perdía y me encontraba en un entorno completamente ajeno. Y él, siempre, conseguía dar conmigo.

A veces hacía que no le veía. Le dejaba con la satisfacción de ver sin ser visto. Sabía que le gustaba cuando me sentía libre, porque pocas veces realmente lo sentía. Desplegaba mis pies en aquella colina bajo la luz de la luna y volaba. Me dejaba llevar por la brisa, la música que no sonaba, mi corazón que latía.

Quizá fuera egoísta al llegar el día, pues la magia escapaba de mis dedos, de mis pies. Me abandonaba en una realidad que me comía. Entonces corría hacia él como una ola letal, a sus brazos, a sus ojos, a sus manos siempre alerta para atraparme si caía. Y en mi impulso, sabía que a él también le arrastraba bajo el agua. Bajo las olas de lo que intentaba consumirme. Golpeándole con el vaivén terrible de mi tormenta.

Por eso mi hermano era mi tritón. Me mantenía a flote y me dejaba en ese montículo para verme bailar. Siempre unos pasos más atrás, oculto por unos árboles. Viendo sin ser visto.

Lo que él no sabía, era que su sonrisa iluminaba por entero el cielo nocturno. Y, así, mi noche era día y yo me recargaba con la energía que me proporcionaba ese pequeño sol.

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Estamos hechos de estrellas

Es extraño cómo nos centramos en nuestra propia oscuridad y nos dejamos consumir por ella. Es extraña la manera en la que egoístamente nos herimos a nosotros mismos. Cuando en realidad todos estamos hechos de pequeñas estrellas. Las intentamos apagar a placer sin ser conscientes del mal que aquel acto conlleva. Y no solo para uno mismo.

Porque tenemos el poder de crear luz, de que aquellos fragmentos salgan de nosotros brillando y contagiando su paz. Nos cuesta querer ver las luces de los demás, pero ahí están, bailando a nuestro alrededor buscando las grietas para colarse dentro.

Somos unos ridículos. Porque esos haces curan más que mil medicinas. Son unas manos que palian el daño, que sanan con su cercanía. Somos ciegos. Solo nos preocupa nuestro interior, cuando lo que nos da felicidad es el interior de las otras personas. ¿Qué hay mejor que una sonrisa de aquel al que quieres? ¿Saber que está bien?

Porque nos perdemos en nuestro dolor y solo necesitamos ser valientes para aceptar que alguien nos busque. Cuánto cuesta reconocerlo, ser consciente de que el bienestar no lo crea uno mismo. La paz se consigue con amor, si nos dejamos tocar por las luces de los demás. Porque no siempre es fácil la vida, pero así hace que merezca la pena.

Mientras el mundo cae

Hay una triste canción en tu mirada, que son dos joyas pálidas. Crueles a veces, pero mágicos. Podría dejar el cielo en tus ojos porque no necesito mirar nada más.

Hay un corazón tonto e ingenuo latiendo rápido por un amor que podría durar por siempre. Y este dolor, que empieza a asomar, no tiene sentido para ti. Al final no va a ser tan divertido amar.

Pero si el mundo se derrumbara, yo seguiría cayendo en tu embrujo. Seguiría cayendo por ti.

Te pintaría las mañanas de oro, las tardes serían siempre San Valentín. Elegiríamos un camino para los dos. Pero tu corazón es frío como la luna, que podría bajar si me la pidieras. Porque no he movido las estrellas antes por nadie más.

Y es allí donde lo dejaré. Dejaré mi amor entre las estrellas sólo para poderte contemplar.

Perderme en el infinito

El cielo nocturno se abre ante mí como una masa oscura e impenetrable. Inmenso. Parece comerse todo lo que cruza por él, y que no hay nada más allá. Como un monstruo voraz que se sostiene sobre nuestras cabezas. Y sin embargo me trae destellos lejanos. De luces que ya ha devorado, de luces que agonizan y sufren por no apagarse. Por no ser sepultadas en la negrura.

Lo contemplo con la mirada vacía, tal y como me siento por dentro. Por muchas estrellas que pueda tragarme no creo que pueda volver a brillar. No creo que pueda recuperar aquella luz que decían que tenía. No volverán los tambores a sonar en mi pecho ni deslumbraré cuando sonría.

Siento que piso el mundo. Con estos pies torpes y desnudos. Que soy un titán aplastando tejados, parques, fábricas de sueños. Siento que puedo saltar a esa espesura infinita y perderme. Dejar de seguir contemplándola y moverme de una vez. De nada me sirve coleccionar estrellas para que no mueran. Yo no puedo protegerlas, solo me sale mirar el cielo y verlas apagarse irremediablemente.

Pedir un deseo

Me conoció en una época fría. En la que me mostraba de lo más reticente porque estaba desalentada. No tenía ni ilusiones ni esperanzas en mi vida. Pero siempre he estado hambrienta de curiosidad, por eso fue fácil convencerme de que alejarnos de la ciudad me vendría bien.

Estoy segura de que no fue una coincidencia, las estrellas nunca brillaban tanto ni el cielo se me había mostrado tan azul en vez de negro. Él sabía que allí encontraría de nuevo un sueño. Y mirando aquel firmamento agarrados de la mano apareció de la nada mi deseo. Brotó de nuevo ese tallo que me empeñaba en tapar bajo el hielo para que muriese.

Le miré esperando que estuviese con sus ojos puestos en las estrellas, pero me observaba a mí. Sus labios se movieron y su boca habló “¿Sabes que brillas mucho más que ellas? Eres mucho más que ellas. Porque eres real y a ti te puedo tocar”. Y el deseo latió con estrépito en mi pecho y me ruboricé. Entonces fue cuando mis capas congeladas se quebraron ante su beso y me deshice entre sus brazos.

Luz sin gravedad

Había nacido con un miedo irracional. Tenía vértigo cuando se asomaba a alguna ventana a partir del tercer piso. Sentía ansiedad a los sitios estrechos, a no poder moverse. Temía la oscuridad en todas sus formas de representación. Y ella sabía que tener miedo no era práctico, que cercenaba oportunidades, que eliminaba cualquier atisbo de avanzar.

No pensó en ninguno de sus miedos cuando se vio envuelta en esa profunda oscuridad, flotando a una inmensa altura, atrapada en aquel pesado traje. Hasta ese momento.

El vello se le erizó y contuvo la respiración. Una sensación empezó a abrumarla. El cristal del casco se le empezaba a empañar. Abrió los brazos en un intento de darse la vuelta y volver a la nave. No sabía cómo había sido tan insensata, sabía de sobra que aquella misión no era para ella. Pero todos estaban tan entusiasmados… Se dijo que cuanto más lo pensara, peor sería. Y se dejó elevar por las voces que le contaban las grandezas que podría conseguir. Dejó que envenenaran sus oídos. Ahora ese veneno le quemaba por debajo de la piel, deshacía sus sentidos y se agarraba a su garganta ahogándola.

Sus ojos se quedaron quietos, parecían perdidos observando el infinito. Las estrellas llenaban todo su campo de visión. Pero su mirada se quedó fija en una luz que sufría y se sintió identificada. Una estrella moría lentamente. Perdiendo su haz, desvaneciéndose en el silencio pétreo.

Ella lo sabía y tendría que haberlo evitado. No era la persona indicada. Temía demasiado, y cuando el miedo se libera, al final te paraliza.