Piscinas liberadoras

Se miró en el reflejo que le devolvía el agua. Una amplia sonrisa. Decididamente estaba guapo a rabiar cuando sonreía. Incluso con el gorro de piscina y las gafas puestas. Sus ojos azules se diluían en aquel líquido y no sabías si eran parte del agua también, o quizá del cielo.

Al fin había encontrado la manera de canalizar sus sentimientos. De dejar de sentirse tan vacío y de rellenar su alma con algo que no fuera ese hastío.

Nadar.

Era liberador.

No sabía si tenía que ver con el hecho de no escuchar nada cuando se sumergía o por hacer ejercicio, por tener que centrarse en mantenerse a flote o por prestar atención a su respiración para no ahogarse. Pero impregnaba su corazón de algo parecido a la tranquilidad.

Le venía bien nadar. Y eso que le costaba hacer cualquier cosa. Levantarse, vestirse, salir… Todo lo cotidiano era cargante, solitario y se preguntaba que de qué servía nada de lo que hacía. Había perdido el sentido de su vida, el rumbo de sus pasos. Pero había encontrado que su camino no estaba dibujado en tierra, si no en agua.

Incluso a veces se sentía perder las ganas mientras avanzaba por la calle de siempre. Como si su cuerpo no respondiese y su pecho se volviese de piedra. Sentía que se hundía sin remedio, y era en ese momento cuando se detenía. Respiraba lentamente. Y volvía a sumergirse. Poco a poco, se decía. Un brazo tras otro, una patada tras otra, cabeza arriba y  cabeza abajo.

Sus dedos, leales, nunca fallaban. Daban al final con la pared y lo alzaban. Siempre acababa por salir. No siempre iba a sentirse así.

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La isla donde siempre llueve

Cuando alguien se queda como ausente, es porque sus ojos están fijos en mi isla. Cuando alguien parece tener la mirada perdida, es porque me contempla.
En mi pequeña isla siempre llueve. Y hace un frío glacial. Da igual cuántos abrigos te pongas, cuántos paraguas sujetes. Tiritarás empapado sin remedio. Es sólo un círculo de hielo, tan blanco y duro como unos dientes de leche.
No llevo mucho viviendo aquí, pero ya estoy hecha al clima. No siento el agua, ni siento el frío. Puedo estar de pie en su centro mientras me sacude la peor de las tormentas, y seguir inmutable. Me he vuelto insensible. No soy capaz de sentir nada más que esta pasividad. No tengo nada dentro.
Así que cuando tu mente se desconecta y miras hacia mi isla, lo que contemplas es la nada. El vacío que he creado.

La casa de miniatura

Él la quería de una manera especial, propia y a veces invisible. Por eso le regaló una casa de muñecas, una réplica de la que tenían. Pero ella tenía que llenar los huecos que había en ella. Se la había entregado vacía para que la completara con sus sueños y anhelos. Sin embargo se sentaba frente a ella y al ver esos espacios se sentía identificada. ¿Qué hay de bueno en enamorarse de alguien que se aleja cada vez más? Dejando esas grandes habitaciones como huecos en el alma para intentar llenarlos sola.

Contempló el ventanal de su habitación. Definitivamente, por ahí cabía. Lanzó todo ese vacío al jardín, fragmentándose y explotando como un fuego artificial.