Tritón

Él decía que yo era su Bailarina, pero él, aunque no lo sabía, era mi Tritón. Un ser mitológico capaz de aguantar la respiración por mí. Sé que ha tenido que cambiar para poder acercarse y protegerme, porque en mis vueltas me perdía y me encontraba en un entorno completamente ajeno. Y él, siempre, conseguía dar conmigo.

A veces hacía que no le veía. Le dejaba con la satisfacción de ver sin ser visto. Sabía que le gustaba cuando me sentía libre, porque pocas veces realmente lo sentía. Desplegaba mis pies en aquella colina bajo la luz de la luna y volaba. Me dejaba llevar por la brisa, la música que no sonaba, mi corazón que latía.

Quizá fuera egoísta al llegar el día, pues la magia escapaba de mis dedos, de mis pies. Me abandonaba en una realidad que me comía. Entonces corría hacia él como una ola letal, a sus brazos, a sus ojos, a sus manos siempre alerta para atraparme si caía. Y en mi impulso, sabía que a él también le arrastraba bajo el agua. Bajo las olas de lo que intentaba consumirme. Golpeándole con el vaivén terrible de mi tormenta.

Por eso mi hermano era mi tritón. Me mantenía a flote y me dejaba en ese montículo para verme bailar. Siempre unos pasos más atrás, oculto por unos árboles. Viendo sin ser visto.

Lo que él no sabía, era que su sonrisa iluminaba por entero el cielo nocturno. Y, así, mi noche era día y yo me recargaba con la energía que me proporcionaba ese pequeño sol.

Amanecer

Amanecer ha abierto tanto los ojos que el sol le ha cegado al instante. Pestañea repetidamente y empieza a ver manchas de colores a su alrededor. Ahí están otra vez, piensa para sí misma. Se da la vuelta en la hierba y contempla el gran lago que se abre ante ella. Se frota los ojos para contemplarlo por entero, pero es incapaz de abarcarlo todo. Su mirada recorre la superficie de un azul verdoso y observa que se escapan unas burbujas desde el centro del inmenso charco. Se pone en pié sin apartar la vista y avanza hasta el borde para ver mejor. Poco a poco, como si no quisiese asustarle, sumerge sus pies en el agua. Está tibia. Él sale disparado hacia su dirección a una velocidad de vértigo. Una cresta cristalina salpica y se abre hueco a través del lago directa a su posición. Con el corazón en un puño y la respiración cortada, el ser se detiene justo en frente de Amanecer, sumergido. Vuelve el aire a sus pulmones y decide descubrir quien se esconde, por lo que hunde su mano y algo suave la rodea con cuidado.

La textura suave se vuelve rugosa y violenta. Aprieta su mano y tira de ella hacia el fondo con mucha fuerza. Amanecer sabe nadar, pero ese ser no pretende que vuelva a salir a la superficie a respirar. Ella sabe que las sirenas y los tritones son muy celosos, seguro que le dió envidia el poder mirar al sol y sentir ese calor en la piel. El ver las formas que dibuja luego en tu mirada. Ellos no pueden salir a la superficie, viven en las profundidades, donde el sol no les pueda quemar con sus rayos. ¿Qué les impulsa entonces a acercarse tanto a la orilla si no es por un fin suficientemente justificado? ¿Serán temerarios? ¿O solo será que este en especial, es diferente?

La fuerza con la que empuja a Amanecer hacia el fondo es tremenda y ella no puede resistirse más. En un último vistazo al sol, puede ver que ha cambiado de color por ella, ahora se viste de rojo intenso, llorando de angustia. Adios papá, se despide. Sumergida ve su semblante alejarse. Siente compasión, o quizás… temor. Lo cierto es que le ha soltado finalmente. Amanecer nada hasta llegar a la orilla, donde empapada, relaja al sol con una mirada superviviente. Estoy bien, ya sabes como son. Tu culpa por darme cabida en un cuerpo humano tan apetitoso.