Por fin la vi

No la esperaba pero la vi, ahí delante de mí, tan hermosa como siempre. Hacía tiempo que no aparecía y por fin pude ver su rostro de nuevo. Fue como ver una luz en medio de un túnel largo y oscuro, como contemplar una estrella fugaz y ver cumplido tu deseo, fue una alegría inesperada que hizo latir más fuerte mi corazón.

―Qué guapa estás ―le dije acariciándole la mejilla.

Ella sonrió. Tenía una sonrisa que te calmaba el alma.

No tenía palabras para expresar lo que suponía ese reencuentro, sólo me quedé observándola, memorizando cada facción, cada gesto, cada movimiento. No quería perderme nada. Pero entonces me di cuenta. Una sensación de tristeza comenzó a recorrer cada parte de mi cuerpo haciendo que las lágrimas brotasen sin control por mis ojos.

¿Por qué? ¿Por qué te tienes que marchar? Quédate un rato más, por favor.

Inevitablemente su imagen se esfumó. En ese mismo instante desperté, sintiendo un fuerte dolor en el corazón, de esos que te destrozan más que cualquier dolencia física. Ella ya no estaba, y yo apenas la sentía ya.

Se había pasado a verme para que pudiese continuar un tiempo más sin ella, se había pasado a verme para que no se me olvidase su cara, se había pasado a verme porque nunca se ha ido de mi lado. Se mantiene ahí como un ángel de la guarda, aislada para que la nostalgia no se convierta en un dolor insoportable y permanente, para que el tiempo calme su ausencia y su presencia no duela sino cure.

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Certeza y flaqueza

No sé si puedo flaquear, tomarme esa licencia. No me gusta pensar que hoy me apetecería, de verdad, poder rendirme. Durante un rato. Tener la libertad de dejarme embargar por la melancolía. No sé en realidad por qué, si por añoranza, envidia o cansancio. Pero siento el corazón hundirse un poco en mi pecho.

Supongo que al final sí soy una ilusa. Pienso que todo va a ser como las historias de amor que leo en mis libros. Todo tan fácil, tan excitante y espontáneo, tan cierto. Pero no es así. Me gustaría amar como si nunca me hubiesen herido. Como si fuese la primera vez y sentir esa emoción. Saberme convencida de que donde me encuentro es la más maravillosa de las aventuras.

Me gustaría ser uno de esos personajes donde, a pesar de que estén hundidos, sabes por dentro que el narrador no les dejará sin su final feliz. Que amarán, que conseguirán sus objetivos, que nadie más les hará caer. Y que aunque caigan, se podrán levantar.

Traspasar muros

De una vez por todas, al fin,

el latido de la vida que me llama,

la piel que busca otra piel por el placer,

la sonrisa en mi comisura que no se quita.

 

Un segundo de felicidad merecida,

mi boca callando pensamientos en tu boca,

una caricia simple en unos labios ansiosos,

un sentimiento firme cuando se cerraron mis ojos.

 

Con suavidad, lento,

que no pase el tiempo.

El tacto de un deseo liberado,

un sueño cumplido:

Tu beso dado, el mío devuelto.

Nieve por dentro

Cae la nieve con lentitud. Dejándose mecer con suavidad por la brisa invernal. Cae sutil, ajena al resto del mundo. Cae, como cae el mundo.
Quisiera que se detuviera. Porque ahora, justo ahora, quiero derretirme. Arder y hundirme hasta que mis pies toquen fondo. Dejar de sentir este frío extremo.
Que el tiempo pase, y no lo note.

This close

La historia que voy a contaros es la más triste que he narrado jamás. Es el cuento de dos enamorados. Dos personas tan aferradas al amor y viviendo tan fervientemente su romance que cuando ella murió no se dieron ni cuenta. Solo cuando el dolor se interpuso en el corazón de James, vio lo que ocurría a su alrededor y entendió que Victoria no volvería jamás a la Tierra. Ya nunca respiraría, no comería, no sentiría. Sin embargo su amor rompió las barreras de la muerte y ella siempre permaneció con él. Seguían haciendo lo mismo. Él parecía verla, y ella no sabía que eso era imposible. Así siguió vistiéndose con su ropa, desordenando la cocina buscando galletas y azúcar. Siguió acudiendo a clase, y como nunca se había relacionado con nadie, no echó de menos una conversación.

Pero al volver a casa cada vez se sentía más sola, más triste, desencajada, como si no perteneciera a ese mundo. Y James la ignoraba cada vez más. Ya no le lloraba, ya no hablaba con ella. Había quitado sus fotos y había metido su ropa en cajas. Además, ahora si dormía.

Y Victoria era la que lloraba. Y no sabía que hacer. Había sacado cuatro veces su ropa de las cajas, le había colgado la foto de cuando se fueron de viaje juntos en el frigorífico miles de veces… Para que se diera cuenta que ella estaba allí, que era real y que era lo más cerca que podía estar de él. Estar alrededor viéndole vivir. Andando moribunda, viéndole, sabiendo que sin él no podía continuar.

Y así siguió durante mucho tiempo. Hasta que se sentó en la esquina del pasillo que daba a la entrada y se quedó ahí. Viendo pasar las vidas por la casa, como si no viera, porque no vivía.

No me conformo

Estoy dentro de un grupo al que llamo inconformistas. Los inconformistas nunca tenemos suficiente, siempre algo puede hacerse mejor, siempre algo puede salir mejor, siempre creemos que hay algo mejor y que no se nos proporciona lo suficiente. Nunca es bastante.
Quizás exista otro lugar para nosotros, otro en el que sí que estemos conformes. Quizás esté en otro mundo, otra galaxia… quizás al otro lado de este país… o en una esfera de vida paralela a este planeta llamado Tierra.
Allí lo más seguro es que fuéramos felices. Todos los inconformistas viviendo juntos, intentando por todos los medios sobresalir y hacer lo mejor, algo mejor que lo que haga el otro. Siempre se puede mejorar.
Pero nos mataríamos. Los unos a los otros. La envidia tambien existe en nuestros cuerpos. Y como el deseo de estar conformes es tan grande, la envidia se propagaría más rápidamente. Observamos más, nos damos cuenta de más cosas. Nos entran los celos.
Quizás exista un mundo nuestro. Pero quizás no. Quizás debamos vivir en este lugar. No es perfecto, ni el mejor. Pero bueno, es más que nada. Suficiente.