El castillo de la colina

Con zancadas largas y presurosas, sus pies embutidos en unas botas de goma negras ascienden por la ladera de la colina. La hierba, bajo sus pasos, se comba. Como si por propia voluntad se tumbara al sol y quisiese broncearse. O como si se inclinara ante la presencia de un rey que vuelve al reino tras una ardua batalla y una gloriosa victoria.

Pero Selene, a pesar de regresar, no siente que haya nada glorioso en haber dejado pasar tanto tiempo para volver. Para situarse en aquella ladera que sintió sus primeros pasos y los últimos. En la que bajan a una velocidad pasmosa los miles de recuerdos, tan nítidos como si pudiera ver cada una de las veces que Leo, Santi, Laura y ella se dejaron caer rodando por la hierba.

Aquellos amigos habían quedado atrás al mismo tiempo que ella le dio la espalda a la colina. Justo a aquella colina, la que sostenía el castillo. Un armatoste derruido que había perdido su forma. A través de uno de los boquetes abiertos en uno de los tejados, se filtraba un rayo de un intenso naranja. El atardecer siempre jugó con ella, y aún hoy la saluda con intensidad, como si la reconociera.

No niega que le gustaría regresar a aquel tiempo. En el que no tenían respuestas, dado que sus preguntas eran infinitas. En el que se sentaban a merendar, a jugar, a beber hasta altas horas de la madrugada. El aire arrastraba aquel olor familiar, fresco y lleno de añoranza. Echaba en falta a sus fantasmas, la inseguridad y la temeridad. Incluso si pudiera regresar al momento en el que se rompió la pierna con 15 años, habría dado cualquier cosa.

Porque había regresado a aquellos años conforme subía por las amplias carreteras, como si hubiese dado un salto en el tiempo. Pero sola. Como si hubiese dado a parar a un pueblo fantasma.

Descendió la ladera con el sol perdiéndose, rindiéndose. Llevándose con él su calor, los buenos recuerdos, la vez en la que allí le rompieron el corazón, su primer beso, los pasos inciertos, las risas, los sustos, las confidencias a media voz, la forma en que la juventud la hizo sentir.

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Dormir en tu ombligo

Me gusta enroscarme en tu ombligo. Saber que es tan mío como lo eres tú. Sé que puedo deslizarme por él con total libertad, como si fuese un desagüe. Que me acoge y me brinda la oportunidad de dejarme llevar.

Al acariciarte siento que es la abertura para levantar tu piel y encontrar debajo infinidad de tesoros. A veces me apetece hacerlo, a veces quiero verte por dentro. Descubrir de qué estás hecho y si brillas tanto como lo haces por fuera. Resolver mis dudas más viscerales y perturbadoras. Pero me quedo con ese misterio ante el vaivén de tus dedos enrrollándose en los tirabuzones de mi pelo.

Podría quedarme a vivir en tu calidez. En ese tacto solo tuyo, en ese olor a casa, en esa idea de ser un todo y un uno. Podrías pedirme que me quede ahí por siempre, porque en estos momentos juro que lo haría. Encogerme, enroscarme en ti y mimetizarme.