Revoltijo

Has puesto mis palabras boca arriba
y boca abajo,
y las has mezclado,
y desordenado.
Has revuelto mi mente y mis sentidos,
los has despertado,
he sucumbido.

De mis labios han salido mis anhelos:
de tus ojos, de tus manos,
de tus besos,
de tu risa,
de todos tus te quiero.

Has tirado así de mi lengua,
como si con un hilo pudieras
sacar mi corazón y dejarlo en la mesa,
leerlo como si fuera un libro,
y a ciegas pintarle mariposas,
hasta hacerle sentir correspondido.

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Mentes ruidosas

Dicen que las personas calladas son las que tienen una mente más ruidosa. Empecé a creerlo cuando la vi. Llevaba todo el pelo echado hacia delante, como si quisiese ocultarse al mundo. Quedarse tras las lianas que la protegían de las fieras de esta selva en la que vivimos. Aprisionada en su celda, su recodo personal, su pequeño espacio de seguridad.

Normalmente no me quedo observando a las personas en el tren, pero ella estaba sentada justo en frente. Miraba hacia el suelo, y yo no podía apartar mis ojos de aquella expresión imperturbable. Y justo cuando me dirigía a desviar mi mirada, sus ojos me atraparon. Se alzaron con una contundencia que jamás había experimentado. Como si una fuerza externa me hubiese pegado al asiento, como cuando despega un avión y se aprieta tu espalda contra el respaldo. Sentía mis pupilas estar ligadas a las suyas, a esos ojos que se hacían cada vez más grandes, como si quisiesen devorarme, introducirme en el mundo que tan solo ellos podían ver.

Entonces caí como caía Alicia por aquel agujero en la tierra. Caí asombrado por lo que iba encontrando, porque más que la realidad al revés, era otra completamente cuerda y diferente. No comprendí dónde me encontraba pues daba exactamente igual. Aquel increíble lugar me tenía aferrado a sus detalles. A la frondosidad de su ternura, a la fiereza de sus colores.

La confusión llegó cuando ella se levantó del asiento y se bajó en su parada. Me había quedado completamente en blanco, vacío y rígido. Como si se hubiese llevado mi alma, mis sueños, mi vida entera. Como si todo lo que yo era se hubiese caído realmente en su mirada y a mí ya no me quedara nada.

Mientras el mundo cae

Hay una triste canción en tu mirada, que son dos joyas pálidas. Crueles a veces, pero mágicos. Podría dejar el cielo en tus ojos porque no necesito mirar nada más.

Hay un corazón tonto e ingenuo latiendo rápido por un amor que podría durar por siempre. Y este dolor, que empieza a asomar, no tiene sentido para ti. Al final no va a ser tan divertido amar.

Pero si el mundo se derrumbara, yo seguiría cayendo en tu embrujo. Seguiría cayendo por ti.

Te pintaría las mañanas de oro, las tardes serían siempre San Valentín. Elegiríamos un camino para los dos. Pero tu corazón es frío como la luna, que podría bajar si me la pidieras. Porque no he movido las estrellas antes por nadie más.

Y es allí donde lo dejaré. Dejaré mi amor entre las estrellas sólo para poderte contemplar.

Aunque tú no lo sepas

Aunque tú no lo sepas, hoy he estado contigo.

Te he sentido aquí conmigo, recorriéndome la piel con una caricia lenta y tierna, con tu respiración rozando la mía. He aprovechado este sueño para enredarme en tí un poco más. Insistiendo en que me vengas a buscar de nuevo en otra ilusión, en un encuentro ideal. No sé si puedo convertir esto en amor, este instante en que parece tan real que te tengo delante, en el que todo mi corazón te grita “pídeme más”.

Aunque tú no lo sepas, a veces pronuncio tu nombre en alto y te miro a los ojos. Intento no dejar huellas en estas fantasías para que no te des cuenta de los latidos que te quito y me quedo. A veces me acuesto a tu espalda y te hablo en bajito con promesas. Algo parecido a tu olor sigue impregnando mi melena, me esfuerzo en emularlo pero ya no puedo recordarlo con tanta nitidez.

Reconozco que guardo fotos de instantes que hemos y que nunca hemos vivido. Los he congelado en el tiempo con una polaroid azul. Los he mirado hasta la saciedad. Y aunque no es bueno vivir en el pasado, siento algo parecido a la calma. Después llega el pinchazo de realidad. Despierto y me doy cuenta de que tenía los ojos abiertos.

Aunque tú no lo sepas, hoy has estado conmigo.

Delirios

Tiene unos ojos mágicos que cambian de color. De marrón a verde cuando les da el sol y cuando una telilla de lágrimas los cubre se aclaran aún más. Si los miras encuentras la orilla del mar y el fondo donde hundirte si no te andas con cuidado. Te encuentras atrapada entre la maleza y los suaves destellos de canela. Te abren el espacio donde la gravedad se anula y ves las estrellas sobrecogida.

Ojalá que el tiempo no los cambie. Que sigan conteniendo esa magia que los hace especiales. Ojalá pudiera verlos casi cada día, como antes. Los echo en falta.

El hilo de la vida

Cogió del cesto un ovillo de lana del color de mis ojos. Miró hacia el infinito y allí lo lanzó sin esfuerzo. Sujetó la punta del inicio con sus dedos y me lo pasó diciendo que debía recorrerlo hasta dar con el final. Era un circuito cerrado que, una vez terminado, me dejó de nuevo a su lado.

“¿Y ahora?” le pregunté.

“Ahora puedo lanzar otro destino, pero a lo mejor te gusta menos. A lo mejor te gusta más. Lo que es cierto es que no vas a poder traspasar los límites de lo escrito. Estos son tus deseos frustrados, estos son tus sueños cumplidos.”

“Puedo tirar del hilo” reflexioné “así podría conseguir lo que en otra vida no tendría. Me daría más amplitud de movimiento para alcanzar mis otras metas.”

“Si tiras del hilo, llegarás al final antes de tiempo.”

Así fue como la vida me dijo “no, no todo lo puedes tener”.