Revoltijo

Has puesto mis palabras boca arriba
y boca abajo,
y las has mezclado,
y desordenado.
Has revuelto mi mente y mis sentidos,
los has despertado,
he sucumbido.

De mis labios han salido mis anhelos:
de tus ojos, de tus manos,
de tus besos,
de tu risa,
de todos tus te quiero.

Has tirado así de mi lengua,
como si con un hilo pudieras
sacar mi corazón y dejarlo en la mesa,
leerlo como si fuera un libro,
y a ciegas pintarle mariposas,
hasta hacerle sentir correspondido.

No quiero dejar que esto se vaya

No logro encontrar las palabras adecuadas, aquellas que se agolpan en mi mente y me oprimen por dentro. No soy capaz de formular una frase entera mientras te miro. Sería más fácil si no lo hiciera. Pero estás delante, contemplándome con tu rostro transformado en una mueca que denota impaciencia e incomprensión.

¿Es tan complicado decir que no quiero dejar que esto se vaya? Este sentimiento que me provocas cuando te veo o te pienso. Esta aceleración de mis latidos y de mi respiración. Esta sensación de ingravidez, de dolor y placer. De morir un poco más cada día por ti. Porque daría todo mi oxígeno para que se avivaran las llamas. Para que la ceniza en tu interior explotara y lograras sentir lo mismo por mí.

No quiero estar solo.
Eso es lo que quiero decirte.
No quiero estar eternamente solo.

Pero sé que tu respuesta desembocará en que deba responder a las preguntas de los demás, confesar que no hay esperanza. Y no me veo con fuerzas.

Preferiría que mi corazón se detuviera
a que muriera lo que me hace sentir tan vivo.

Porque tú dejarías que todo esto se fuera. Y yo no puedo permitir que me abandone. No lo soportaría.

Pero sigo sin encontrar las palabras para decirte que no quiero estar solo. Que lo único que he querido siempre has sido tú. Que me des la oportunidad.

Pero el miedo me amordaza y no consigo decir nada.

Mentes ruidosas

Dicen que las personas calladas son las que tienen una mente más ruidosa. Empecé a creerlo cuando la vi. Llevaba todo el pelo echado hacia delante, como si quisiese ocultarse al mundo. Quedarse tras las lianas que la protegían de las fieras de esta selva en la que vivimos. Aprisionada en su celda, su recodo personal, su pequeño espacio de seguridad.

Normalmente no me quedo observando a las personas en el tren, pero ella estaba sentada justo en frente. Miraba hacia el suelo, y yo no podía apartar mis ojos de aquella expresión imperturbable. Y justo cuando me dirigía a desviar mi mirada, sus ojos me atraparon. Se alzaron con una contundencia que jamás había experimentado. Como si una fuerza externa me hubiese pegado al asiento, como cuando despega un avión y se aprieta tu espalda contra el respaldo. Sentía mis pupilas estar ligadas a las suyas, a esos ojos que se hacían cada vez más grandes, como si quisiesen devorarme, introducirme en el mundo que tan solo ellos podían ver.

Entonces caí como caía Alicia por aquel agujero en la tierra. Caí asombrado por lo que iba encontrando, porque más que la realidad al revés, era otra completamente cuerda y diferente. No comprendí dónde me encontraba pues daba exactamente igual. Aquel increíble lugar me tenía aferrado a sus detalles. A la frondosidad de su ternura, a la fiereza de sus colores.

La confusión llegó cuando ella se levantó del asiento y se bajó en su parada. Me había quedado completamente en blanco, vacío y rígido. Como si se hubiese llevado mi alma, mis sueños, mi vida entera. Como si todo lo que yo era se hubiese caído realmente en su mirada y a mí ya no me quedara nada.