No te acabes nunca

Esta mañana, al irte, me ha entrado una nostalgia que hacía tiempo no sentía. Por eso me he sentado en las escaleras de la entrada de nuestro modesto piso y me he puesto a escribirte las palabras que ahora anegan mi corazón. Porque verte alegra el día más nublado, y aunque llueva, al irte me dejas el sol más brillante. No puedo estar más agradecida por tenerte, aunque no te lo diga nunca. Qué idiota soy, ¿no te lo parece? Por la persona que dejaría todo e iría hasta el fin del mundo, es a la que menos le digo cuánto me hace sentir.

Porque eres como un buen libro, uno al que solo quieres añadir más y más páginas de lo que te está gustando; como cuando quieres leer mucho y rápido para saber más pero temes acabarlo demasiado pronto; sí, así siento que es nuestro tiempo juntos. Como una preciosa historia en la que me entretengo saboreándola lentamente, y otras veces, directamente la devoro como el chocolate. A mordiscos, rápido y de forma salvaje.

Pero sé que hay mucho más que no sé, que siempre existirá ese misterio ante lo incierto, esa inseguridad ante lo que ocurrirá entre nosotros. Con bastante frecuencia te extraño, aunque no lo oigas de mis labios. Sobre todo cuando se acerca el momento de separarnos, porque va creciendo una nostalgia terrible. No he soltado tus manos y ya lamento estar separados.

Es como cuando te observo a escondidas y me doy cuenta de esos detalles que a veces paso por alto por la costumbre. La manera en la que te peinas, en la que te das el visto bueno frente al espejo, tus gestos al decidir qué pedir de una carta, cuando asoma la madurez en tus aspiraciones y elecciones y me hace sentir orgullosa de la persona que eres… Son micro expresiones que me enamoran incesantemente. Y tu forma de reír, que me da la vida. Si te añoro teniéndote, sin sonrisa no sé qué haría.

Porque como todo lo bueno, temo que te extingas. Que la mano que nos escribe un camino juntos decida dividirlo. Que un día algo dentro deje de latirte como lo hace ahora. Que no se acelere al acercarme a besarte o al rozarte, que no quieras verme ni hablarme. Que no sepa qué hacer para retenerte como antes.

Eres un gran libro. Con la mayor de mis aventuras, con el amor del que siempre he oído hablar y con la suerte de estarlo sintiendo. Eres la mejor de las historias.

Y es lo que te pido. Que no te acabes nunca.

Anuncios

Certeza y flaqueza

No sé si puedo flaquear, tomarme esa licencia. No me gusta pensar que hoy me apetecería, de verdad, poder rendirme. Durante un rato. Tener la libertad de dejarme embargar por la melancolía. No sé en realidad por qué, si por añoranza, envidia o cansancio. Pero siento el corazón hundirse un poco en mi pecho.

Supongo que al final sí soy una ilusa. Pienso que todo va a ser como las historias de amor que leo en mis libros. Todo tan fácil, tan excitante y espontáneo, tan cierto. Pero no es así. Me gustaría amar como si nunca me hubiesen herido. Como si fuese la primera vez y sentir esa emoción. Saberme convencida de que donde me encuentro es la más maravillosa de las aventuras.

Me gustaría ser uno de esos personajes donde, a pesar de que estén hundidos, sabes por dentro que el narrador no les dejará sin su final feliz. Que amarán, que conseguirán sus objetivos, que nadie más les hará caer. Y que aunque caigan, se podrán levantar.

La columna blanca

Llegué temprano a la cafetería y decidí sentarme en la terraza.

Muy cerca, en la esquina de la calle, justo debajo del cartel de librería, había una chica que esperaba. Pelo largo y castaño, flequillo recto, ojos ansiosos y piernas nerviosas. Llevaba un vestido blanco ceñido, de tirantes anchos y vuelo ligero. Se colocaba una y otra vez la correa del bolso sobre el hombro. Debía pesarle. En cierto momento sacó de él un libro ancho de aspecto pesado. Lo observó, miró hacia la calle de su derecha y lo volvió a guardar soltando un largo suspiro.

Esperó durante un buen rato. Una media hora diría, ya que llegó mi cita y estuvimos tomando un café mientras ella seguía de pie en aquella esquina. Su rostro resplandeciente fue apagándose conforme el reloj avanzaba. Se había peinado, maquillado y vestido a conciencia. La curiosidad me picó y le comenté a mi cita el caso de esta chica. La observó justo cuando decidió, disgustada, abandonar su puesto. Él negó con la cabeza.

– Algunos esperan toda una vida lo que no llega. Y otros no tienen la paciencia necesaria cuando algo les viene lentamente.- Me dijo.- ¿Tú cómo sabías que yo iba a venir?

– Nunca te retrasas.- Le dije.- Y si lo hicieras, me llamarías.

– Claro, porque me importas.

Miré de nuevo hacia la esquina. A aquella pobre muchacha entonces no la querían lo suficiente. Sentí pena por ella. Podría haberme levantado y haberle ofrecido una sonrisa. Yo y mi mala costumbre de preocuparme por los extraños.

La casa de miniatura

Él la quería de una manera especial, propia y a veces invisible. Por eso le regaló una casa de muñecas, una réplica de la que tenían. Pero ella tenía que llenar los huecos que había en ella. Se la había entregado vacía para que la completara con sus sueños y anhelos. Sin embargo se sentaba frente a ella y al ver esos espacios se sentía identificada. ¿Qué hay de bueno en enamorarse de alguien que se aleja cada vez más? Dejando esas grandes habitaciones como huecos en el alma para intentar llenarlos sola.

Contempló el ventanal de su habitación. Definitivamente, por ahí cabía. Lanzó todo ese vacío al jardín, fragmentándose y explotando como un fuego artificial.

Lazos de arena

En el momento en el que te conocí se giraron todos los relojes de arena y el tiempo se detuvo. Por un momento el mundo enloqueció y se cambiaron las tornas. Las mariposas volvían a tejer sus capullos para hacerse gusanos, los ratones perseguían a los gatos, los libros se compactaban para formar árboles… Y por un segundo tú y yo también nos dimos la vuelta y no nos vimos.

Tú te introdujiste en mi estómago dejando aquellas mariposas crecer. Quisiste que me invadiera aquella sensación tan extraña pero reconfortante. Sembraste los motivos por los que el tiempo debía volver hacia delante. Para conocernos y unirnos en unos lazos gigantes. Aquellos que nos dieran la libertad de andar por todo el mundo sin dejar de estar unidos.