Injusticia

A veces el suelo cruje bajo nuestros pies, como si hubiésemos llegado de pronto a un invierno y el lago en el que flotábamos se hubiese congelado. Cruje como si la capa de hielo no fuese lo suficientemente gruesa. Ese eco que retumba al agrietarse nos sacude por dentro y despierta todas las palabras de ruego que conocemos. No queremos caer. No queremos que nuestro mundo se rompa. Pero, inevitablemente, a veces lo hace y nos lanza a la incertidumbre, a la desolación, al vacío.

Y pensamos que la vida no es justa. Que siempre está preparada para el golpe. Para dar. Para arrebatar y dañar.

Quizás sí que esté siempre preparada. Pero no solo para borrar un día del calendario, si no para regalar, a veces, uno más.

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La isla donde siempre llueve

Cuando alguien se queda como ausente, es porque sus ojos están fijos en mi isla. Cuando alguien parece tener la mirada perdida, es porque me contempla.
En mi pequeña isla siempre llueve. Y hace un frío glacial. Da igual cuántos abrigos te pongas, cuántos paraguas sujetes. Tiritarás empapado sin remedio. Es sólo un círculo de hielo, tan blanco y duro como unos dientes de leche.
No llevo mucho viviendo aquí, pero ya estoy hecha al clima. No siento el agua, ni siento el frío. Puedo estar de pie en su centro mientras me sacude la peor de las tormentas, y seguir inmutable. Me he vuelto insensible. No soy capaz de sentir nada más que esta pasividad. No tengo nada dentro.
Así que cuando tu mente se desconecta y miras hacia mi isla, lo que contemplas es la nada. El vacío que he creado.

Pedir un deseo

Me conoció en una época fría. En la que me mostraba de lo más reticente porque estaba desalentada. No tenía ni ilusiones ni esperanzas en mi vida. Pero siempre he estado hambrienta de curiosidad, por eso fue fácil convencerme de que alejarnos de la ciudad me vendría bien.

Estoy segura de que no fue una coincidencia, las estrellas nunca brillaban tanto ni el cielo se me había mostrado tan azul en vez de negro. Él sabía que allí encontraría de nuevo un sueño. Y mirando aquel firmamento agarrados de la mano apareció de la nada mi deseo. Brotó de nuevo ese tallo que me empeñaba en tapar bajo el hielo para que muriese.

Le miré esperando que estuviese con sus ojos puestos en las estrellas, pero me observaba a mí. Sus labios se movieron y su boca habló “¿Sabes que brillas mucho más que ellas? Eres mucho más que ellas. Porque eres real y a ti te puedo tocar”. Y el deseo latió con estrépito en mi pecho y me ruboricé. Entonces fue cuando mis capas congeladas se quebraron ante su beso y me deshice entre sus brazos.