Lengua equivocada

Salí de clase con la extraña sensación de lo improbable, de aquella oportunidad fallida que te da la vida, del azar ante que ya hubiese llegado a la parada y que, quizá, hubiese cogido ya el autobús.

Llegué con la lengua fuera y el corazón contoneándose en mi pecho a ritmo de salsa. Cogí aire y solté mi decepción al no ver a nadie esperando. Me detuve finalmente y me apoyé en la parada de mal humor. Me observé los pies maldiciendo otro día en el que la suerte no había estado de mi lado. Si el profesor Trevor se hubiese dado más prisa en explicar el trabajo…

Entró en mi campo de visión la figura de alguien más que se acercaba. No era nunca la única persona que cogía ese autobús. Sin embargo reparé que aquella sí que era la persona por la que había corrido hasta allí. Cabizbaja, tapándose con el flequillo y con expresión neutra. Si levantara más lo ojos, el mundo podría ver lo bonitos que los tenía. De pestañas oscuras y pecas que surcaban su nariz y sus mejillas. A su espalda, una mochila roja que parecía pesar. Ese día yo no llevaba material, así que se me ocurrió que podía ofrecerme… Se puso a mi lado sin inmutarse. ¿Cómo era capaz de no ver que estaba mirando hacia allá?

Volví la vista al frente y sentí mi valor menguar. Negué reprochándome haber pensado que podría fijarse en mí, que podría empezar una conversación. ¿Para qué tanto esfuerzo si ni siquiera me había mirado una sola vez? Porque coincidíamos cada día y, las pocas veces que su mirada y la mía se cruzaron, sentí que saltaron chispas. Porque hacía una semana me había sonreído al ceder mi puesto para que subiera primero. Porque el corazón me dolía de angustia al no saber siquiera su nombre.

Apreté los puños, dejando que el momento heroico penetrara por mis poros y llegara a mi sangre. Ese era el día. Me había preparado para ello. Me giré para enfrentar su mirada. Había estado practicando frente al espejo. Esperaba hacerlo bien.

La música en mis oídos estaba increíblemente alta, como cada día. Benditos auriculares de última generación. Aislaban cada sonido y desde fuera no se filtraban las notas incómodas para quien no las quisiera oír. No me gustaba ver el desdén en los ojos de la gente que se ponía a mi lado, ni sus muecas de disgusto.

Mi introversión era una lacra que me acompañaba y se agarraba a mi pierna como una sombra. Si tan solo tuviera un mundo interior maravilloso… Pero no merecía la pena mi propio silencio. Pasaba tan desapercibido como un fantasma.

La mochila me pesaba más que de costumbre porque llevaba varios libros de la biblioteca para un trabajo donde necesitaba demasiada documentación. A veces odiaba de veras haber escogido esa carrera.

Captó mi atención el chico que esperaba en la parada conmigo. Siempre era el mismo. Parecía que necesitaba ayuda porque gesticulaba en mi dirección. Me quité uno de los auriculares.

―Disculpa, no sé lengua de signos ―vocalicé lo mejor posible.

Él se quedó sumamente sorprendido. Tenía un rostro muy equilibrado. Los colores de sus mejillas encendidas me enternecieron.

―Será posible ―exclamó―. Pensaba que eras sordo. ¿Y ahora para qué me sirve a mí haber aprendido esto?

―Espera, ¿pensabas que era sordo?

Apagué la música y guardé los cascos.

―Alguna vez te he saludado y no me has dicho nada ―Su cara enrojeció como un tomate―. Pensaba que no podías oír. ¿Cómo iba a saber que llevabas auriculares por bluetooth?

―Lo… siento.

Me quedé en silencio mientras él se reía de sí mismo.

―¿Has aprendido algunos signos por mí? ¿Para hablar conmigo? ―pregunté finalmente. Él asintió con una amplia sonrisa que ocultaba su vergüenza―. Pues gracias.

―No hay de qué. Solo quería saber quién eras. Nos vemos siempre en el autobús y parece que nos ignoremos. Y vivimos bastante cerca. A una parada de distancia.

―Lo sé… ―murmuré mirando hacia mis pies―. Soy muy tímido. Demasiado como para tener iniciativa.

―Podríamos haber tomado algo algún día si me hubieses dado alguna muestra de interés…―Se rascó la nuca.

Le miré perplejo. ¿Eso estaba ocurriendo de verdad? ¿Me estaba ocurriendo a mí? Mi corazón latió frenético. Jamás había sentido la adrenalina recorrer mi cuerpo y subir hasta mi lengua. Se apoderó de mí un valor repentino:

―Tengo interés ―dije tragando saliva―. Sobre todo por la persona que se ha tomado la molestia de aprender lengua de signos solo por decirme hola.

Cuando el autobús llegó a la parada frente a la universidad, solo bajaron un par de personas y nadie subió esta vez.

Para Fiyero

Sin buscarlo y sin pensarlo,
andando por este camino al que llamamos vida.
Sin razón y sin sentido,
llegué a ti siguiendo mis baldosas amarillas.

Y mi mundo pequeño,
plagado de matices y de estrambóticas fantasías
fue haciéndose más grande,
consistente, me descubriste nuevas maravillas.

Ya no hay magos que perturben mi mente,
esa que a veces se da la vuelta y se oscurece,
que cree ver leones cobardes y niñas en globo,
ahora estalla en colores si te mira a los ojos.

Ya no hay casas arrancadas por vientos violentos,
ni miedo ante los huracanes que el cielo traiga,
has desplegado tus alas como si fuera magia,
iluminando mi piel al estar cuerpo con cuerpo.

Ya no hay brujas verdes, ni malvadas hadas,
me has puesto los zapatos rojos para ahuyentarlas,
y este poema, como un conjuro, es un anhelo
porque a veces se queda corto decir un simple te quiero.

Mis certezas

Tengo un te quiero en la garganta,
rebotando en las paredes
y dividiéndose como un fuego artificial.

Tengo las ganas de quererte multiplicándose en mi estómago
y lanzando luces de neón de lo que te quiero abrazar.

Tengo tantos besos con los que recorrer tu piel
que dudo que jamás me llegue a cansar.

Tengo mis manos temblorosas
deleitándose con el pensamiento de volverte a tocar.

Tengo el corazón en llamas,
henchido,
orgulloso de poderte amar
y ser correspondido.

Tengo la certeza del destino,
del camino que nos une,
tanto del tuyo como del mío.

No te acabes nunca

Esta mañana, al irte, me ha entrado una nostalgia que hacía tiempo no sentía. Por eso me he sentado en las escaleras de la entrada de nuestro modesto piso y me he puesto a escribirte las palabras que ahora anegan mi corazón. Porque verte alegra el día más nublado, y aunque llueva, al irte me dejas el sol más brillante. No puedo estar más agradecida por tenerte, aunque no te lo diga nunca. Qué idiota soy, ¿no te lo parece? Por la persona que dejaría todo e iría hasta el fin del mundo, es a la que menos le digo cuánto me hace sentir.

Porque eres como un buen libro, uno al que solo quieres añadir más y más páginas de lo que te está gustando; como cuando quieres leer mucho y rápido para saber más pero temes acabarlo demasiado pronto; sí, así siento que es nuestro tiempo juntos. Como una preciosa historia en la que me entretengo saboreándola lentamente, y otras veces, directamente la devoro como el chocolate. A mordiscos, rápido y de forma salvaje.

Pero sé que hay mucho más que no sé, que siempre existirá ese misterio ante lo incierto, esa inseguridad ante lo que ocurrirá entre nosotros. Con bastante frecuencia te extraño, aunque no lo oigas de mis labios. Sobre todo cuando se acerca el momento de separarnos, porque va creciendo una nostalgia terrible. No he soltado tus manos y ya lamento estar separados.

Es como cuando te observo a escondidas y me doy cuenta de esos detalles que a veces paso por alto por la costumbre. La manera en la que te peinas, en la que te das el visto bueno frente al espejo, tus gestos al decidir qué pedir de una carta, cuando asoma la madurez en tus aspiraciones y elecciones y me hace sentir orgullosa de la persona que eres… Son micro expresiones que me enamoran incesantemente. Y tu forma de reír, que me da la vida. Si te añoro teniéndote, sin sonrisa no sé qué haría.

Porque como todo lo bueno, temo que te extingas. Que la mano que nos escribe un camino juntos decida dividirlo. Que un día algo dentro deje de latirte como lo hace ahora. Que no se acelere al acercarme a besarte o al rozarte, que no quieras verme ni hablarme. Que no sepa qué hacer para retenerte como antes.

Eres un gran libro. Con la mayor de mis aventuras, con el amor del que siempre he oído hablar y con la suerte de estarlo sintiendo. Eres la mejor de las historias.

Y es lo que te pido. Que no te acabes nunca.

Eurus

Juguemos a un juego, a uno de esos que a mí me enloquecen y a ti te ponen de los nervios.
Juguemos a que he encerrado dentro de mí un secreto, uno oscuro y siniestro.
Finjamos que mis costillas son la caja fuerte, y la llave un desgastado hueso.
Finjamos que alguien puede perecer si no lo desvelas, si no abres mi cuerpo.

Mantienes fija tu mirada, sin comprender, pero ya irás comprendiendo.
Mantienes tensa la mandíbula, pues se va haciendo hueco un pensamiento.
Y te adelantas, llamándome loca, al fin hablas mostrándote no tan cuerdo,
Y me golpeas contra la pared, con tu mano en mi garganta, levantándome del suelo.

Me miras con tu corazón frenético latiendo en mis oídos, alborozando mi pecho.
Me miras con la determinación de matarme, de lanzarme por los cielos.
Pero no sabes aún que ya eres mío, que eres parte de mi juego.
Pero no sabes que en realidad, soy yo quien está agarrando tu cuello.

Far Away

Otra vez aquel sueño terrible, en el que te vas y yo me quedo. He empezado a tenerlos hace muy poco tiempo, pero se repiten como el traqueteo de un tren que no se detiene. Sé que es inminente que vas a desaparecer de mi lado, y eso me tiene intranquila. Sopeso las posibilidades de lo extraordinario y los milagros, pero son ínfimas. Polillas que han sucumbido al contacto con aquella luz que les ha llevado a su fin.

Me pregunto si tú también tienes pesadillas en las que me pierdes. Si sientes el dolor inmenso que cargo en mi pecho y que me mantiene vagando en pena durante estos últimos instantes.

No sé cuándo ocurrirá, pero creo que dejaré de respirar. A veces me tiemblan las manos de pensar que no van a volver a tocarte.

Así que he atrapado tus dedos y me los he llevado a los labios. Me dan igual el resto. Que nos miren. Que murmuren. Qué más da. En este momento, en este lugar, a pesar de no reconocer absolutamente nada de mi alrededor, de no saber si es de día o de noche, no podía aguantar más las palabras atravesadas en mi garganta y te he dicho que te quiero. Que no te has ido y ya te echo de menos. Que no quiero despertarme de este sueño. Que no quiero estar tan lejos que no pueda siquiera recordar tu rostro. Sé que no puedo pedirte que me esperes, que es muy tarde para intentar planear una posibilidad juntos. Por eso te he repetido que te quiero.

Y entonces

me has besado.

El castillo de la colina

Con zancadas largas y presurosas, sus pies embutidos en unas botas de goma negras ascienden por la ladera de la colina. La hierba, bajo sus pasos, se comba. Como si por propia voluntad se tumbara al sol y quisiese broncearse. O como si se inclinara ante la presencia de un rey que vuelve al reino tras una ardua batalla y una gloriosa victoria.

Pero Selene, a pesar de regresar, no siente que haya nada glorioso en haber dejado pasar tanto tiempo para volver. Para situarse en aquella ladera que sintió sus primeros pasos y los últimos. En la que bajan a una velocidad pasmosa los miles de recuerdos, tan nítidos como si pudiera ver cada una de las veces que Leo, Santi, Laura y ella se dejaron caer rodando por la hierba.

Aquellos amigos habían quedado atrás al mismo tiempo que ella le dio la espalda a la colina. Justo a aquella colina, la que sostenía el castillo. Un armatoste derruido que había perdido su forma. A través de uno de los boquetes abiertos en uno de los tejados, se filtraba un rayo de un intenso naranja. El atardecer siempre jugó con ella, y aún hoy la saluda con intensidad, como si la reconociera.

No niega que le gustaría regresar a aquel tiempo. En el que no tenían respuestas, dado que sus preguntas eran infinitas. En el que se sentaban a merendar, a jugar, a beber hasta altas horas de la madrugada. El aire arrastraba aquel olor familiar, fresco y lleno de añoranza. Echaba en falta a sus fantasmas, la inseguridad y la temeridad. Incluso si pudiera regresar al momento en el que se rompió la pierna con 15 años, habría dado cualquier cosa.

Porque había regresado a aquellos años conforme subía por las amplias carreteras, como si hubiese dado un salto en el tiempo. Pero sola. Como si hubiese dado a parar a un pueblo fantasma.

Descendió la ladera con el sol perdiéndose, rindiéndose. Llevándose con él su calor, los buenos recuerdos, la vez en la que allí le rompieron el corazón, su primer beso, los pasos inciertos, las risas, los sustos, las confidencias a media voz, la forma en que la juventud la hizo sentir.

Año nuevo

Dieron gracias al tiempo, al sol que les iluminaba,
a la primavera, que con su manto, su amor ocultaba.
Maldijeron septiembre y el otoño, las hojas que se secaban,
el manto, que de tanto esconderse, al final perdió su magia.

Maldijeron ser descubiertos y arrastrados a no verse,
y a las manos que alzaron muros, cárceles de meses.

Aquel día que acababa el año, acababan también sus vidas,
marchitadas por el dolor y sus recientes heridas;
abiertas por siempre, aunque pasaran cien años,
que un amor es eterno, aunque comience en verano.

Jamás cambió la suerte, y maldijeron su destino,
no cerraron sus puertas por si cambiaba su sino,
pero el tiempo, imparable en su avance, seguía su ritmo,
y los encontró en diferentes años y diferentes caminos.

A uno se lo llevó de pena, de los agujeros en su alma,
a ella de las arrugas que, una tras otra, inundaron su cara.

Hilos rojos

Dicen que el destino ha tejido las almas de las personas que están predestinadas con un hilo rojo. No se sabe con qué propósito ya que algunas, a pesar de todo, no podrán estar juntas.

Pero en mí ha dado unas puntadas tan exactas que puedo tocar los bordes y sentir su rugosidad. Y al mirarle a él veo claramente su halo tintado de pequeñas marcas rojas a su alrededor. Sin duda alguna aquello nos hace abrir los ojos ante el amor, querer sentirlo, querer tenerlo. Se dilatan nuestras pupilas. Nuestras manos tienen dependencia. Nuestra piel se queja.

Siento que en la distancia esas puntadas tiran. Y en la cercanía se sueltan para unirse. Y en esa fusión se desenredan los besos de quien extraña, los abrazos de quien ama, las palabras de quien venera. Y aunque aquel hilo nos pacifique y a veces nos duela, y aunque durante mi vida sea atravesada por mil cuerdas, mis manos solo se empeñarán en seguir una.

La nuestra.

No cruces la línea

Había nevado durante toda la noche, así que la plaza estaba cubierta de un manto blanco brillante. Sin embargo aquella franja negra quedaba a la vista, dividiendo las dos partes de la ciudad. El pequeño Klaus, con su pelo cortísimo y rubio, y sus grandes ojos azules, había salido despavorido de la escuela para poder jugar con la nieve que había visto desde las ventanas. Él vivía en la parte más amplia, la plaza que quedaba al otro lado era apenas del ancho de una acera.

Divisó a una niña mayor que él observándole quieta, pegada a la pared de la estrecha calle que daba a aquella diminuta porción de terreno. Klaus levantó la mano, envuelta en sus manoplas azules claro y sonrió. Tenía la nariz y las mejillas rojas del frío, pero eso le divertía. Sentía la piel extraña cuando se la tocaba, como adormilada.

Se acercó a la línea divisoria. Medía unos 30 cm de ancho, y su longitud no alcanzaba la vista. Era una enorme cicatriz cuyos lados no eran paritarios. La desigualdad era evidente. Otros niños aparecieron en la plaza, a espaldas del pequeño y comenzaron a jugar lanzándose nieve, haciendo muñecos tan blancos como sus dientes de leche y riendo a carcajadas.

Pero Klaus no les prestaba atención. Sus ojos, que parecían el océano, observaban a la niña del otro lado de la línea. Llevaba un abrigo gris y un gorro de lana con orejeras que caían sin gracia aplastando su melena castaña. Al cuello, como una serpiente escuálida, se disponía una bufanda de punto grueso por el que se colaba el frío viento.

El niño sabía que estaba prohibido cruzar aquella franja. El simple hecho de no haber quedado cubierta de nieve ya era un presagio. Cuando iba con su padre no le dejaba ni siquiera mirar hacia el otro lado. No entendía por qué los mayores hacían que no existía. Como si hubiese una pared.

“Hola”, saludó Klaus.

La niña se acercó con cautela, adentrándose en su reducida plaza de nieve virgen. Miró a ambos extremos de la calle antes de aproximarse más. Se quedó a un metro de la línea y observó a los niños del otro lado.

“Juega con nosotros”, le dijo Klaus sonriéndole.

“No puedo”, contestó ella. “Está prohibido cruzar la línea”.

Klaus bajó los ojos a la franja negra y apretó sus finos labios. Los tenía congelados. Entonces alzó su mirada traviesa y plantó su zapato en la franja. Los dos esperaron un instante conteniendo la respiración para ver si algo ocurría. Y como todo seguía igual, Klaus cruzó al otro lado, rodeó a la niña riendo y regresó poniéndose en frente de nuevo.

“¿Ves? Puedes venir”.

Ella alzó el brazo y le rozó la nariz enrojecida. No le dio tiempo a pronunciar nada, aunque abrió la boca para hablar. Aquel gesto tan inocente, fue lo que acabó con su vida. Cayó de espaldas, fulminada por una bala que vino de algún lugar. Klaus se apartó de la línea con los ojos como platos, contemplando el horror, el verdadero horror de quien no entiende la desigualdad. El por qué para unos hacer algo prohibido no tiene consecuencias y para otros les supone su fin.