La tormenta perfecta

Se despertó antes que ella y se quedó mirando su espalda desnuda. Al contrario que la suya, era robusta, con unos lunares que descendían perdiéndose por las sábanas. Como una pequeña constelación que señalara su destino. Aproximó su mano sin llegar a tocarla y comparó sus colores. El contraste era bonito, pensó. La noche y el día. Se le dibujó una sonrisa tímida.

Entonces bajó la vista y contempló una pequeña franja de luz que intentaba tocarla, sin éxito. Aunque poco le faltaba. Se imaginó que era un pequeño fuego, y su piel un bosque frondoso en peligro. Muy despacio se incorporó, intentando no despertarla. Estiró de la cortina mugrienta y acabó con esa rendija. Sin embargo otro destello captó su atención. El de la calle. Los adoquines relucían con los rayos que despedía el amanecer. El cielo estaba despejado, de un azul intenso. La noche anterior fue terrible. Hubo una tormenta que levantó tejas de sus tejados y que rompió cristales. Por suerte para su negocio, muchos buscaron refugio en su posada. Demasiado antigua y maciza como para sucumbir a un temporal así.

Y fue una suerte para ella que Lily se viera en ese aprieto también. Se quedó sin habitaciones justo cuando ella llegó. Abriendo el portón con ímpetu, dejando a su paso las huellas húmedas de las suelas de sus botas. Con su melena oscura y revuelta, empapada hasta los huesos, exponiendo con su voz grave y sin aliento que necesitaba hospedarse por una noche. Y se le ocurrió la perversa idea de que durmieran juntas. Al fin y al cabo ella iba a estar despierta casi toda la noche para avisar de que no podía albergar a nadie más.

Pero no tuvo que enfrentarse a esa situación, la calle se inundó y no volvió a entrar nadie. Así que regresó a su cuarto con la única luz de los relámpagos colándose por los huecos en las ventanas tapadas de mala manera, escuchando los truenos, oliendo la mezcla de tierra y hierba mojada. Abrió la puerta para encontrarse con una Lily borracha como una cuba, tambaleándose por el cuarto, revolviéndole sus cosas. Intentó que se calmara. Sabía que tenía problemas, que alguien la seguía, pero eso no le daba derecho a actuar así. Casi recibió un par de puñetazos antes de asirla por las muñecas y quitarle la botella de ron. Lily empezó a gimotear y entonces la tumbó en la cama para que se relajara.

Así que al final, acabó abrazándola. Y como no sucumbió a la tormenta, sucumbió a ella.

<<Esto no debería haber ocurrido>>, murmuró Lily casi para sí misma.

Fue su saludo al despertar y girarse sobre su hombro. La fina sábana le cubría a su compañera únicamente a partir del ombligo. No tenía ningún reparo en que la viera, pero Lily se sentía cohibida y expuesta. Como forzada a reaccionar sin histerismos en una situación que no llegaba a comprender. Volvió el rostro sintiendo su propia desnudez. Notando empequeñecer.

<<Me iré en cuanto amanezca>>, decidió con un temblor en la voz.

Danna asintió, ajena al torbellino de sensaciones que experimentaba Lily. Se escurrió entre las sábanas y la abrazó por detrás.

<<Por suerte, aún no ha amanecido>>, contestó besando su nuca.

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