El chico cactus y la chica sombra

Era una extraña figura. De tacto suave como la seda, del color del aloe vera y de pestañas largas y gruesas. Era un chico que soñaba y quería, de latidos rápidos, de cabeza ingeniosa. Era un chico con el corazón roto.
De su piel sobresalían unas largas espinas que recorrían todo su cuerpo. El “niño cactus” lloraba porque no podía abrazar.

Ella, un día, despertó de su letargo. Su pelo lacio enmarcaba un rostro enfermizo. Miraba a su alrededor con ojos saltones, temiendo que hubiese alguien sentado al lado de su cama. Pero, por supuesto, no había nadie. Sus padres bien sabían que debían apartarse para que no se echara a temblar. Su piel era traslúcida y parecía que nunca estaba en ningún sitio. Tampoco salía a la calle porque le aterraba el exterior.

Era cuestión de suerte que estas dos personas se encontrasen. La una, para enseñar que el afecto también se puede dar sin caricias, y el otro, para que comprendiera que el aire fresco hace crecer flores hasta de los corazones más secos.

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