El negocio de los lobos

Había amanecido hacía unas dos horas. Ella ya se había levantado y se disponía a preparar café. Miró a través de la ventana de la cocina que daba al patio delantero. El coche de Remus seguía aparcado justo delante de la casa. Parecía que tenía un pequeño arañazo en la parte de atrás. A lo mejor era el mismo que llevaba ahí 3 años. Su chico era tan despistado que nunca recordaba llevarlo al taller a que le dieran una mano de pintura. La cafetera comenzó a pitar y ella se dirigió a su llamada. Apagó el fuego y cogió una taza del armario situado a la altura de su cabeza. Una sombra oscureció durante menos de un segundo la cocina. Se giró hacia la ventana. Alguien acababa de atravesar su patio y había pasado por delante de la fachada. En seguida, dieron unos pequeños golpes en la puerta. Dejó la taza en la encimera y corrió en dirección del sonido de unos nudillos en la madera.
– Buenos días, Nataly.- Le saludó con una tímida sonrisa, como si se disculpara. 
Remus tenía la ropa rasgada y estaba sucio. Había ido dejando un reguero de pelos negros. Su camisa blanca tenía cortes y desgarros por todas partes. El pantalón tenía las costuras como si hubiesen estallado. El pelo castaño le goteaba y le caía en la cara. Parecía cansado y su cuerpo temblaba, como si no pudiera mantenerse en pie. Apoyó una de sus manos en el marco de la puerta y la miró a través de su flequillo lacio. Sus ojos verdes eran intensos y estaban enrojecidos. Debajo se le habían formado dos surcos grises. Pestañeaba como si le escocieran. Las piernas las tenía algo curvadas, las rodillas casi se rozaban. Respiraba dando fuertes bocanadas de aire, como si hubiese estado corriendo toda la noche.
– Voy a por una toalla. Esta noche ha debido de caer un diluvio.- Comentó ella yendo hacia el baño. Le colocó una toalla por los hombros, puso otra en el suelo para que pasara y la más pequeña la usó para secarle el pelo.- ¿Cómo te encuentras?
– Me pica el cuerpo. Tengo demasiado pelo.- Dijo casi en un murmullo.- Tengo demasiada hambre, demasiados nervios y un extraño cambio de humor.
– Voy a prepararte un baño y luego te voy a preparar huevos con bacon, ¿de acuerdo?- Le dio un tierno beso y le ayudó a cruzar el pasillo.
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