Cuentos de monstruitos

El pequeño Haymitch se removía inquieto en su nueva cama. No estaba acostumbrado a ella y temía caerse por alguno de los costados. Llevaba un pijama de esos de una pieza que te tapan los pies y tienen en la parte delantera una cremallera. Además, este era su favorito porque tenía una pequeña capucha con dos cordones y era de color verde.
De repente, le pareció escuchar algo debajo de su cama. Como un golpe y un a alguien quejándose. Como era un niño curioso, se levantó y tiró de las sábanas. Justo entre el somier y el suelo había unos cuantos pares de ojos enormes mirándole.
– ¿Y este quien es?- Preguntó uno con mucho pelo y de color berenjena.
– El Rey de Arriba, ¿no lo ves?- Contestó otro que tenía tres ojos y un gorro hecho de paja.
– ¿El Rey de Arriba? ¿De verdad? Yo pensaba que sería más grande.- Dijo el que llevaba margaritas y hojas pegadas en la cara de haber estado revolcándose por la Colina.
– Puede que no sea el Rey y sea uno de esos monstruos que vienen de vez en cuando a llevarse nuestro oro.- Repuso el que tenía la cara enorme y roja.
– O tal vez un tritón. ¡Mirad su color de piel! ¡Es verde!- Una mano con unas uñas marrones se acercaron al niño, que no se movió. ¿Qué criaturas eran aquellas?
– Yo no soy un tritón, ni un monstruo, ni tampoco un Rey.- Les dijo el pequeño.
– Ah, ¿no? ¿Entonces qué eres?- Le preguntó el del gorro de lana.
– Soy Haymitch. Solo Haymitch.
– ¿Hay muchos Haymitch aquí arriba?- Continuó el de color berenjena.
– Creo que no. Yo no conozco más. ¿Acaso vivís allí abajo?- Levantó más las sábanas y vio que estaban apoyados en el borde de un gran agujero hecho en tierra. Si mamá lo viese, seguro que le mandaba volver a taparlo.
– ¿Quieres nuestro oro?- Repuso el de la cara roja acercándose un poco. Apenas se podían mover porque eran enormes y casi estaban encajados en aquel agujero. Si hubiesen entrado uno a uno, seguramente habrían podido sentarse en su sillita o encima de la alfombra.
– ¿Para qué voy a querer yo oro?- Repuso el niño.- Además, es tarde y tengo que estar acostado. Si mamá viene y os ve, se asustará. Es mejor que no subáis más.
– Vale.- Contestó el de los tres ojos.- Pero que sepas que no nos iremos de aquí.
Los cinco monstruos volvieron a su mundo debajo de la cama del niño. Alguna noche, mientras él durmiera, ellos saldrían a curiosear. Mientras viviera Haymitch, nunca lo abandonarían.
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